sabinosobretti
Member
- Registrado
- 26/2/25
- Mensajes
- 127
- Likes recibidos
- 402
- Puntos
- 22
Conocí a "Pepita" ( nombre inventado) hace algunos años. La vi publicada y, desde el primer momento, fue la mujer de mis sueños. Era mi primera vez en este mundo. Me tomó casi dos meses poder concretar algo con ella. Era muy popular y tenía muchos clientes; cada vez que le hablaba me decía que no tenía cupo o que no quería conocer gente nueva, que con los clientes que ya tenía le bastaba. Se daba el lujo de ella elegir a quien ver.
Insistí tanto que un día me dijo:
—¿Sabes? Me acaba de cancelar alguien. ¿Quieres venir? Pero tienes que estar acá en 25 minutos.
Acepté altiro, aunque sabía que no llegaría jamás en ese tiempo. Pensé que, aunque fuera media hora, al menos nos conoceríamos y después podría volver a verla. Al final llegué 40 minutos tarde, y aun así me hizo pasar, con la condición de que le pagara la hora completa. No hubo problema.
Subí, la vi… y era aún más hermosa que en las fotos. Quedé en shock. Wow, pensé. Pero también noté que tenía los ojos rojos. Imaginé que quizá había fumado algo, no sé. La verdad es que la historia es muy larga para contarla toda, pero cuando pasamos a la pieza la llamaron por teléfono.
—Déjame contestar y vuelvo —me dijo.
Desde adentro escuché que discutía con alguien y luego se puso a llorar. Cuando volvió, le pregunté si estaba bien. Me dijo que no.
—Si quieres, puedes contarme y desahogarte —le dije—, total no me conoces.
Me contó el drama que estaba viviendo y conversamos largo rato. Poco a poco empecé a hacerla reír con mis tonteras. Mi hora ya se había pasado hace rato cuando me preguntó:
—¿Tienes algo que hacer ahora?
Tratando de subirle el ánimo le respondí:
—Tengo todo el día para ti… y la vida, si quieres.
Se rió. Esperó un momento y publicó en su estado de WhatsApp que se retiraba por problemas personales.
—Listo, tengo todo el día para ti —me dijo—. (Para las que me conocen, saben que no tengo ni un brillo como para que alguien haga eso por mí,ni menos plata).
Reímos y pasamos todo el día juntos: conversando, comiendo, tomando algo y riéndonos muchísimo. Llegué cerca de las tres de la tarde y, como a la una de la mañana, me dijo:
—Oooh, mira la hora… tengo que irme. Se me pasó volando el día.
Nos fuimos. Me besó de despedida y me dijo:
—Gracias por todo.
Yo me fui feliz. Feliz de haberla conocido de otra forma, y por la extraña y hermosa experiencia de compartir con alguien así.
(Obviamente, no me cobró nada).
Al otro día le escribí para saber si estaba bien, porque tenía que resolver algo importante con el problema que estaba viviendo. Me respondió que sí, que muchas gracias por lo de ayer, que se notaba que yo no era como los demás y que otro día siguiéramos conversando. Ok, pensé.
Dos días después me llamó y conversamos horas por teléfono. Al día siguiente lo mismo, y así por varios días. Hasta que un día me dijo:
—¿Por qué no me vienes a buscar y nos vemos un ratito?
Yo, feliz.
Desde ese día no nos separamos más. Nos veíamos todos los días. Nos volvimos pareja, nos enamoramos, éramos los 2 contra el mundo. Conocí a su familia, a su hija. Nos fuimos de vacaciones como familia. Ella me decía que era la primera vez que se enamoraba, y yo era el tipo más feliz del mundo, a pesar de lo difícil que era aceptar su trabajo.
Conocí su lado B… el lado humano, el real. Pasaron los meses y empezamos a buscar departamentos para vivir juntos los tres. Creo que si alguien me hubiera visto en esa época, brillaba. De verdad era muy feliz. Teníamos planes, pensábamos en otros negocios, incluso hablamos de casarnos al año siguiente. Todo iba bien… hasta que llegó ese día.
Ya había firmado los papeles del arriendo del departamento. Faltaban dos semanas para irnos a vivir juntos cuando la llamé y no me contestó. Le escribí. Nada. Al día siguiente lo mismo. Empecé a preocuparme. Pensé que le había pasado algo.
Fui a su casa: no había nadie. Fui a su departamento donde trabajaba: todo oscuro. Yo ya estaba en pánico, pensando lo peor. Al tercer día seguía sin responder. Estaba a punto de llamar a los pacos cuando, en la noche, me llegó un mensaje:
“Hola, tengo algo que decirte.”
La llamé al tiro.
—¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿La niña está bien?
—Sí —me dijo—. Mira, sé que me vas a odiar, pero prefiero cortar por lo sano. Desde hace un mes viene un cliente todos los días a verme. Está muy enamorado de mí y tiene muchas lucas. Me ofreció muchas cosas para que me quede con él: auto, departamento, un negocio y plata mensual. Así que acepté.
Me dijo que sabía que teníamos planes, pero que no quería esperar tanto. Que ella quería retirarse hace rato de ser escort , que esto era una oportunidad y que no la iba a desaprovechar por mí.
—Yo te quiero mucho —me dijo—, pero la plata manda.
Literalmente me destruyó el corazón.
Me sentí la peor basura del mundo. Humillado. Tonto por haber creído. No podía entender cómo alguien podía ser así de frío, cómo podía borrar todo por plata, como si nada de lo que vivimos hubiera importado.
Al día siguiente me bloqueó. También se bajó de la página. No supe nunca más de ella. Asumí que debía haberse casado con el tipo, que tendría otra vida, otro mundo… y yo quedé afuera.
Yo seguía destrozado. Pasaron siete años desde ese día y, aunque volví a tener otras pololas, jamás he vuelto a confiar de verdad en nadie, ni tampoco a enamorarme. Hasta el día de hoy me duele la forma en que pasó todo.
Al menos, el tipo al que le había arrendado el departamento entendió que no lo iba a ocupar y solo tuve que pagar dos meses por la molestia. Fue lo único “amable” dentro del desastre.
Entré en una depresión tan profunda que me tomó varios años volver a recomponerme. Años. Pensé que ese capítulo estaba cerrado… hasta que hace unas semanas, comprando regalos en el mall, la vi.
Estaba dentro de una tienda.
Mi corazón casi explotó. Me puse muy nervioso. No sabía si acercarme o simplemente arrancar. Estaba muy cambiada: ya no tenía su figura, se veía descuidada, mal vestida en comparación a cómo era antes. Aunque en mis ojos seguía igual de hermosa. Andaba con su hija, ya toda una adolescente.
Las quedé mirando sin que se dieran cuenta, y entonces me di cuenta de algo que jamás imaginé: estaban robando cosméticos de la tienda.
No podía creerlo. La sorpresa fue tan grande que preferí alejarme y seguir con lo mío, como si no las hubiera visto. Pero más tarde, cuando me iba… me las encontré de frente.
Cuando me vieron, sus caras se llenaron de alegría. Me abrazaron como si nada hubiera pasado. Ella me abrazó fuerte, como si no quisiera soltarme nunca. Volví a sentir su perfume, ese que jamás olvidé. Me acarició la cara y me dijo:
—Vamos a comer algo para conversar, hay mucho que hablar.
No sé por qué acepté. Tal vez los nervios, tal vez el golpe de volver a verla después de tantos años.
Cuento corto, me dijo que se había separado del tipo hacía cuatro meses y que había sido el peor error de su vida. Jamás puso nada a su nombre: ni el auto, ni el departamento, ni los negocios. Todo estaba a nombre de él. Inteligente el tipo, pensé.
Nunca me dijo que se arrepentia de haberme dejado. Nunca una disculpa. Nada. Solo hablaba de plata y odio hacia este tipo.
Según ella, el tipo estaba enamorado de cómo se veía cuando era escort: siempre arreglada, maquillada, con un cuerpo de infarto. Pero cuando dejó el gimnasio, subió de peso y ya no se arreglaba igual, él simplemente se aburrió. Les dijo que se fueran, que estaba cansado de estar con alguien que no lo quería y que no se cuidaba.
Yo solo escuchaba.
Me contó que hacía tres meses había vuelto a ser escort, pero que ya no tenía plata para publicarse como antes. Que ahora estaba en un WhatsApp de rifas, cobrando un cuarto de lo que cobraba antes. Que andaban de mecheras para ahorrar en maquillaje, como si fuera lo más normal del mundo… incluso con la hija. Que además usaba su propio departamento para trabajar, y que la niña tenía que salir a dar vueltas mientras ella atendía.
Yo solo pensaba en el karma. Nunca le deseé el mal, pero ahí estaba, frente a mí.
Me preguntó por mi vida. Le conté que había vuelto a estudiar y que me iba muy bien. Entonces me pidió mi número para “retomar lo que dejamos”, nuestra historia, dijo. Al tiro me mandó un mensaje para que lo guardara.
Nunca una palabra de arrepentimiento. Nunca un perdón.
Nos despedimos quedando supuestamente en vernos al día siguiente.
Llegué a mi casa, bloqueé su número y lo borré.
Insistí tanto que un día me dijo:
—¿Sabes? Me acaba de cancelar alguien. ¿Quieres venir? Pero tienes que estar acá en 25 minutos.
Acepté altiro, aunque sabía que no llegaría jamás en ese tiempo. Pensé que, aunque fuera media hora, al menos nos conoceríamos y después podría volver a verla. Al final llegué 40 minutos tarde, y aun así me hizo pasar, con la condición de que le pagara la hora completa. No hubo problema.
Subí, la vi… y era aún más hermosa que en las fotos. Quedé en shock. Wow, pensé. Pero también noté que tenía los ojos rojos. Imaginé que quizá había fumado algo, no sé. La verdad es que la historia es muy larga para contarla toda, pero cuando pasamos a la pieza la llamaron por teléfono.
—Déjame contestar y vuelvo —me dijo.
Desde adentro escuché que discutía con alguien y luego se puso a llorar. Cuando volvió, le pregunté si estaba bien. Me dijo que no.
—Si quieres, puedes contarme y desahogarte —le dije—, total no me conoces.
Me contó el drama que estaba viviendo y conversamos largo rato. Poco a poco empecé a hacerla reír con mis tonteras. Mi hora ya se había pasado hace rato cuando me preguntó:
—¿Tienes algo que hacer ahora?
Tratando de subirle el ánimo le respondí:
—Tengo todo el día para ti… y la vida, si quieres.
Se rió. Esperó un momento y publicó en su estado de WhatsApp que se retiraba por problemas personales.
—Listo, tengo todo el día para ti —me dijo—. (Para las que me conocen, saben que no tengo ni un brillo como para que alguien haga eso por mí,ni menos plata).
Reímos y pasamos todo el día juntos: conversando, comiendo, tomando algo y riéndonos muchísimo. Llegué cerca de las tres de la tarde y, como a la una de la mañana, me dijo:
—Oooh, mira la hora… tengo que irme. Se me pasó volando el día.
Nos fuimos. Me besó de despedida y me dijo:
—Gracias por todo.
Yo me fui feliz. Feliz de haberla conocido de otra forma, y por la extraña y hermosa experiencia de compartir con alguien así.
(Obviamente, no me cobró nada).
Al otro día le escribí para saber si estaba bien, porque tenía que resolver algo importante con el problema que estaba viviendo. Me respondió que sí, que muchas gracias por lo de ayer, que se notaba que yo no era como los demás y que otro día siguiéramos conversando. Ok, pensé.
Dos días después me llamó y conversamos horas por teléfono. Al día siguiente lo mismo, y así por varios días. Hasta que un día me dijo:
—¿Por qué no me vienes a buscar y nos vemos un ratito?
Yo, feliz.
Desde ese día no nos separamos más. Nos veíamos todos los días. Nos volvimos pareja, nos enamoramos, éramos los 2 contra el mundo. Conocí a su familia, a su hija. Nos fuimos de vacaciones como familia. Ella me decía que era la primera vez que se enamoraba, y yo era el tipo más feliz del mundo, a pesar de lo difícil que era aceptar su trabajo.
Conocí su lado B… el lado humano, el real. Pasaron los meses y empezamos a buscar departamentos para vivir juntos los tres. Creo que si alguien me hubiera visto en esa época, brillaba. De verdad era muy feliz. Teníamos planes, pensábamos en otros negocios, incluso hablamos de casarnos al año siguiente. Todo iba bien… hasta que llegó ese día.
Ya había firmado los papeles del arriendo del departamento. Faltaban dos semanas para irnos a vivir juntos cuando la llamé y no me contestó. Le escribí. Nada. Al día siguiente lo mismo. Empecé a preocuparme. Pensé que le había pasado algo.
Fui a su casa: no había nadie. Fui a su departamento donde trabajaba: todo oscuro. Yo ya estaba en pánico, pensando lo peor. Al tercer día seguía sin responder. Estaba a punto de llamar a los pacos cuando, en la noche, me llegó un mensaje:
“Hola, tengo algo que decirte.”
La llamé al tiro.
—¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿La niña está bien?
—Sí —me dijo—. Mira, sé que me vas a odiar, pero prefiero cortar por lo sano. Desde hace un mes viene un cliente todos los días a verme. Está muy enamorado de mí y tiene muchas lucas. Me ofreció muchas cosas para que me quede con él: auto, departamento, un negocio y plata mensual. Así que acepté.
Me dijo que sabía que teníamos planes, pero que no quería esperar tanto. Que ella quería retirarse hace rato de ser escort , que esto era una oportunidad y que no la iba a desaprovechar por mí.
—Yo te quiero mucho —me dijo—, pero la plata manda.
Literalmente me destruyó el corazón.
Me sentí la peor basura del mundo. Humillado. Tonto por haber creído. No podía entender cómo alguien podía ser así de frío, cómo podía borrar todo por plata, como si nada de lo que vivimos hubiera importado.
Al día siguiente me bloqueó. También se bajó de la página. No supe nunca más de ella. Asumí que debía haberse casado con el tipo, que tendría otra vida, otro mundo… y yo quedé afuera.
Yo seguía destrozado. Pasaron siete años desde ese día y, aunque volví a tener otras pololas, jamás he vuelto a confiar de verdad en nadie, ni tampoco a enamorarme. Hasta el día de hoy me duele la forma en que pasó todo.
Al menos, el tipo al que le había arrendado el departamento entendió que no lo iba a ocupar y solo tuve que pagar dos meses por la molestia. Fue lo único “amable” dentro del desastre.
Entré en una depresión tan profunda que me tomó varios años volver a recomponerme. Años. Pensé que ese capítulo estaba cerrado… hasta que hace unas semanas, comprando regalos en el mall, la vi.
Estaba dentro de una tienda.
Mi corazón casi explotó. Me puse muy nervioso. No sabía si acercarme o simplemente arrancar. Estaba muy cambiada: ya no tenía su figura, se veía descuidada, mal vestida en comparación a cómo era antes. Aunque en mis ojos seguía igual de hermosa. Andaba con su hija, ya toda una adolescente.
Las quedé mirando sin que se dieran cuenta, y entonces me di cuenta de algo que jamás imaginé: estaban robando cosméticos de la tienda.
No podía creerlo. La sorpresa fue tan grande que preferí alejarme y seguir con lo mío, como si no las hubiera visto. Pero más tarde, cuando me iba… me las encontré de frente.
Cuando me vieron, sus caras se llenaron de alegría. Me abrazaron como si nada hubiera pasado. Ella me abrazó fuerte, como si no quisiera soltarme nunca. Volví a sentir su perfume, ese que jamás olvidé. Me acarició la cara y me dijo:
—Vamos a comer algo para conversar, hay mucho que hablar.
No sé por qué acepté. Tal vez los nervios, tal vez el golpe de volver a verla después de tantos años.
Cuento corto, me dijo que se había separado del tipo hacía cuatro meses y que había sido el peor error de su vida. Jamás puso nada a su nombre: ni el auto, ni el departamento, ni los negocios. Todo estaba a nombre de él. Inteligente el tipo, pensé.
Nunca me dijo que se arrepentia de haberme dejado. Nunca una disculpa. Nada. Solo hablaba de plata y odio hacia este tipo.
Según ella, el tipo estaba enamorado de cómo se veía cuando era escort: siempre arreglada, maquillada, con un cuerpo de infarto. Pero cuando dejó el gimnasio, subió de peso y ya no se arreglaba igual, él simplemente se aburrió. Les dijo que se fueran, que estaba cansado de estar con alguien que no lo quería y que no se cuidaba.
Yo solo escuchaba.
Me contó que hacía tres meses había vuelto a ser escort, pero que ya no tenía plata para publicarse como antes. Que ahora estaba en un WhatsApp de rifas, cobrando un cuarto de lo que cobraba antes. Que andaban de mecheras para ahorrar en maquillaje, como si fuera lo más normal del mundo… incluso con la hija. Que además usaba su propio departamento para trabajar, y que la niña tenía que salir a dar vueltas mientras ella atendía.
Yo solo pensaba en el karma. Nunca le deseé el mal, pero ahí estaba, frente a mí.
Me preguntó por mi vida. Le conté que había vuelto a estudiar y que me iba muy bien. Entonces me pidió mi número para “retomar lo que dejamos”, nuestra historia, dijo. Al tiro me mandó un mensaje para que lo guardara.
Nunca una palabra de arrepentimiento. Nunca un perdón.
Nos despedimos quedando supuestamente en vernos al día siguiente.
Llegué a mi casa, bloqueé su número y lo borré.