Esta columna la leí hace unos días, en la tercera y copié una parte. Tocaba este tema como "Mi marido brilla en la oficina pero vive angustiado en la casa" Ya bordeando la cincuentena, muchos ejecutivos relatan experimentar los efectos del embudo de la organización; las oportunidades de ascenso están fuertemente limitadas y los fantasmas de la obsolescencia profesional se agravan. Si a este panorama profesional le sumamos el natural declive físico, la aparición de enfermedades, el deterioro de la vida sexual y la satisfacción conyugal, será fácil comprender por qué, después de una aparente estabilidad, se crean las condiciones para una tormenta perfecta.
La creciente independencia de los hijos -o el hecho de que nunca se vayan de la casa- facilita muchos divorcios tardíos. Las peleas matrimoniales -debido a las dependencias fallidas de los hijos- cargan el ambiente de miedos y rabias, emociones que suelen transformarse en estados depresivos o de profunda insatisfacción una vez que el divorcio es una realidad.