Capuccino
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Visita inesperada.
Fue un sábado. Sonó el timbre de la casa de dos pisos. Estaba solo. Bajé corriendo las escaleras y abrí. Me sorprendí al ver a Claudia en el umbral.
Desde que había rechazado mi propuesta de ser novios, nos habíamos evitado. Yo, porque no quería sufrir al verla, y ella… no sé por qué. Nunca le pregunté. Luego, hace tres días, nos hemos encontrado en mi universidad. Ella iba de paso, y yo, saliendo a tomar un café. La invité por cortesía, sin mucha esperanza de que aceptara, pero aceptó. Conversamos. Nos reímos. Ella pidió un capuccino, yo también. Dejé atrás el nerviosismo y la invité a conocer mi lugar de trabajo. Quedó de ir otro día, porque ese día tenía otros compromisos. Supuse que era una excusa educada para seguir evitándome. Pero ahora estaba ante mí.
Era primavera y estaba soleado. Vestía minifalda y blusa floreada. Su sonrisa decía mucho y poco a la vez. La invité a pasar algo nervioso, más que nada por la sorpresa. Ella me dijo que lamentaba no haberme avisado, pero que creía que a veces las sorpresas eran un buen punto de partida para alivianar problemas.
Rechazó lo que le ofrecí para tomar, pero aceptó que le mostrara el lugar. El primer piso tenía la empresa donde trabaja. Un emprendimiento que había montado con un amigo. Recorrimos y escuchó mis planes y sueños, sonriendo y haciendo preguntas que mostraban interés.
Preguntó por el segundo piso, que era donde yo vivía. Me pidió conocerlo. La invité a subir, pero me retrasé, para mirarle las piernas y la ropa interior. Cuando iba llegando al primer descanso se dio cuenta. Se puso algo roja y me regañó. Le dije que no se preocupara, que el primer infarto ya había pasado. Revisamos las piezas del segundo piso con poco interés. Mientras ella miraba por una ventana, me puse a su lado y le dije que me alegraba que hubiera venido. Le tomé la mano, y giré para mirarla. Me incliné para besarla. Sus labios respondieron inmediatamente. Su cuerpo se pegó al mío, y sentí su respiración agitada. Besé su cuello despacio, dándome tiempo de usar mis manos para acariciar el fin de su espalda y su cabeza.
Pasamos a mi dormitorio sin separarnos. La tendí de espaldas en la cama y deslicé su ropa interior por sus piernas. Subí a la cama sobre ella, besándola y acariciándola, muy pendiente de sus reacciones. Abrí su blusa para dejar más piel al descubierto, y tener más lugares que explorar. Tocando. Besando. Claudia gemía y se retorcía. Sus manos tomaban mi cara, pero me invitaban a seguir bajando. Abrió sus piernas y no tuve dudas de a dónde me invitaba. Pero me tomé un tiempo en llegar. Quería que ella sintiera mi pasión, no sólo mi deseo evidente.
Llegar a su flor y comerla a besos ha sido un recuerdo que he atesorado en el tiempo. Sentía crecer su deseo, la humedad que brotaba de su cuerpo, sus quejidos y el goce. Su climax fue intenso. Su cuerpo tiritaba, pero sus ojos se mantenían cerrados y su boca solo dejaba escapar un largo gemido. Me arrastró a su lado con deseo. Nos besamos. Nos desnudamos con rapidez para explorar, tocar, besar.
No recuerdo cuántas posiciones hicimos porque sentía que, en ese momento, era más importante estar en ella, empujarla, hacerla estremecerse. Mirar sus curvas mientras nos movíamos. Ver el brillo de sus ojos, la redondez de sus senos, la curvatura de su espalda. Beber de su cuerpo, amar su piel, sus quejidos. Dejarnos llevar por la lujuria y el deseo.
Terminamos exhaustos esa tarde, sin despegarnos. Satisfechos. Somnolientos. Ella me miró y me dijo: ¿supongo que la oferta de ser novios sigue en pie? Yo le dije: Por supuesto, ¿y qué tal otro capuccino?
Fue un sábado. Sonó el timbre de la casa de dos pisos. Estaba solo. Bajé corriendo las escaleras y abrí. Me sorprendí al ver a Claudia en el umbral.
Desde que había rechazado mi propuesta de ser novios, nos habíamos evitado. Yo, porque no quería sufrir al verla, y ella… no sé por qué. Nunca le pregunté. Luego, hace tres días, nos hemos encontrado en mi universidad. Ella iba de paso, y yo, saliendo a tomar un café. La invité por cortesía, sin mucha esperanza de que aceptara, pero aceptó. Conversamos. Nos reímos. Ella pidió un capuccino, yo también. Dejé atrás el nerviosismo y la invité a conocer mi lugar de trabajo. Quedó de ir otro día, porque ese día tenía otros compromisos. Supuse que era una excusa educada para seguir evitándome. Pero ahora estaba ante mí.
Era primavera y estaba soleado. Vestía minifalda y blusa floreada. Su sonrisa decía mucho y poco a la vez. La invité a pasar algo nervioso, más que nada por la sorpresa. Ella me dijo que lamentaba no haberme avisado, pero que creía que a veces las sorpresas eran un buen punto de partida para alivianar problemas.
Rechazó lo que le ofrecí para tomar, pero aceptó que le mostrara el lugar. El primer piso tenía la empresa donde trabaja. Un emprendimiento que había montado con un amigo. Recorrimos y escuchó mis planes y sueños, sonriendo y haciendo preguntas que mostraban interés.
Preguntó por el segundo piso, que era donde yo vivía. Me pidió conocerlo. La invité a subir, pero me retrasé, para mirarle las piernas y la ropa interior. Cuando iba llegando al primer descanso se dio cuenta. Se puso algo roja y me regañó. Le dije que no se preocupara, que el primer infarto ya había pasado. Revisamos las piezas del segundo piso con poco interés. Mientras ella miraba por una ventana, me puse a su lado y le dije que me alegraba que hubiera venido. Le tomé la mano, y giré para mirarla. Me incliné para besarla. Sus labios respondieron inmediatamente. Su cuerpo se pegó al mío, y sentí su respiración agitada. Besé su cuello despacio, dándome tiempo de usar mis manos para acariciar el fin de su espalda y su cabeza.
Pasamos a mi dormitorio sin separarnos. La tendí de espaldas en la cama y deslicé su ropa interior por sus piernas. Subí a la cama sobre ella, besándola y acariciándola, muy pendiente de sus reacciones. Abrí su blusa para dejar más piel al descubierto, y tener más lugares que explorar. Tocando. Besando. Claudia gemía y se retorcía. Sus manos tomaban mi cara, pero me invitaban a seguir bajando. Abrió sus piernas y no tuve dudas de a dónde me invitaba. Pero me tomé un tiempo en llegar. Quería que ella sintiera mi pasión, no sólo mi deseo evidente.
Llegar a su flor y comerla a besos ha sido un recuerdo que he atesorado en el tiempo. Sentía crecer su deseo, la humedad que brotaba de su cuerpo, sus quejidos y el goce. Su climax fue intenso. Su cuerpo tiritaba, pero sus ojos se mantenían cerrados y su boca solo dejaba escapar un largo gemido. Me arrastró a su lado con deseo. Nos besamos. Nos desnudamos con rapidez para explorar, tocar, besar.
No recuerdo cuántas posiciones hicimos porque sentía que, en ese momento, era más importante estar en ella, empujarla, hacerla estremecerse. Mirar sus curvas mientras nos movíamos. Ver el brillo de sus ojos, la redondez de sus senos, la curvatura de su espalda. Beber de su cuerpo, amar su piel, sus quejidos. Dejarnos llevar por la lujuria y el deseo.
Terminamos exhaustos esa tarde, sin despegarnos. Satisfechos. Somnolientos. Ella me miró y me dijo: ¿supongo que la oferta de ser novios sigue en pie? Yo le dije: Por supuesto, ¿y qué tal otro capuccino?