calleuque
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A diferencia de muchos de los que escriben aquí sus historias (no menciono a los que sólo copian relatos), no me jacto de ser guapo ni de tener una tremenda herramienta, aunque a juicio de algunas interesadas, está sobre el promedio chilensis. Así las cosas, he debido desarrollar algunas habilidades que me permitan tener acceso a algunas féminas, las que tampoco suelen ser modelos de playboy, pero que tampoco están tan mal, generalmente han sido mujeres atractivas y sensuales, por lo menos para el gusto del que escribe.
Esta historia tuvo su origen en una necesidad de la empresa en que trabajo por hacer algunos trabajos en las oficinas principalmente, para mejorar la imagen y el ambiente. Cuando se me planteó tal necesidad, recordé una chica que trabajaba como administrativa en una empresa en que había yo laborado hace algunos años. La chica en cuestión, tenía estudios en diseño y decoración y solía hacer algunos “pitutos” fuera de la hora de su trabajo.
Cuando la llamé, le gustó la idea, se podía ganar unas lucas haciendo algo que le gustaba. Lo primero, para hacer su trabajo, era visitar las instalaciones y conversar acerca de la idea que se quería desarrollar. Por razones de su trabajo, necesariamente la visita debía ser en fin de semana.
Nos pusimos de acuerdo y el sábado siguiente la pasé a buscar a un punto que acordamos. Ella, sin ser una beldad, es una mujer atractiva, morena con una mirada cautivante y, algo que a mí me llama la atención, con un estilo muy propio en el vestir.
Al encontrarnos, espontáneamente se dio la conversación, hacía tiempo que no nos veíamos y había mucho que contar. Llegamos a las instalaciones de la empresa y entramos, ese día no había nadie, así sería más fácil recorrer todo con calma y ella aprovecharía de tomar algunas fotos.
En la conversación, lo típico, el cansancio del trabajo, las jornadas largas, pocas posibilidades de otras actividades durante la semana, etc… hasta que llegamos al punto, para mí, de inflexión de la conversación, su dolor de espalda.
No había terminado de explicarme acerca de su dolencia, cuando yo ya estaba con mis manos en sus hombros aplicando un suave pero enérgico masaje. Ella se dejó, mientras seguía la conversación. Bajé entonces por su espalda, detectando y tratando de deshacer nudos a los lados de su columna. Luego de algunos minutos, ella dijo “qué rico, ¿dónde aprendiste a hacer masajes?” por ahí, respondí yo, sin dejar de masajear su espalda.
La tomé de los hombros y la dirigí hacia el costado de un escritorio que estaba casi vacío, salvo por un teléfono y una carpeta. Ella apoyó sus manos en el borde del escritorio y yo seguí con mi labor.
¿Cómo voy? Pregunté, “mmmhhh, muy bien” fue su respuesta. La invité a tenderse sobre el escritorio, se quitó la chaquetita que llevaba y quedó en blusa. Seguí trabajando en su espalda, luego me detuve, fui hacia sus pies y le bajé el cierre de una de sus botas, ella no chistó, le quité ambas botas y empecé un masaje por sus pies mientras le hablaba de la reflexología, cómo cada punto del pie estaba conectado con algún punto del resto del cuerpo. Luego de un rato en los pies, subí a sus pantorrillas, ella aún se dejaba. Sus piernas, no muy largas, están bastante bien torneadas.
Cuando llegué a sus corvas y era evidente que iba a seguir por sus muslos, levantó la cabeza y emitió un sonido como que iba a empezar una frase, “me va a parar aquí” pensé yo, pero ella volvió a bajar la cabeza y no dijo nada, lo interpreté como una aprobación al masaje de muslos. Subí por sus muslos hasta llegar al borde de su mini de mezclilla. Si lograba pasar esa frontera, pensé yo, ya estoy en la recta definitiva para tener sexo con ella, que era ya hace un rato mi objetivo. De a poco, en movimientos ascendentes y descendentes, iba introduciendo mis manos bajo su falda, con largos movimientos por el exterior e interior de sus muslos, ella seguía callada. Cuando llegué al tope de sus muslos ella volvió a levantar la cabeza y me miró, sonrió, sus ojos brillaban con algo de malicia, supongo que los míos también.
Volvió a bajar la cabeza y yo ya descaradamente levanté su falda, ella levantó levemente su pelvis para colaborar. Entonces, mis manos atacaron esas nalgas carnosas y tentadoras. Luego de unos minutos masajeando sus nalgas y tras algunas aproximaciones a su entrepierna, procedí a quitarle las panties y la invité a girarse y quedar de espaldas sobre el escritorio. Tomé un cojín de una silla cercana y lo puse bajo su cabeza. Desabroché su falda y se la quité, quedó a la vista un bonito calzón de encajes.
El masaje ahora pasó a su cara, frente, sienes, mejillas y sobre todo, labios. Ella se mojaba los labios con la lengua cada vez que mis dedos los recorrían. Ahora nos mirábamos fijo a los ojos, los dos sabíamos lo que vendría. Por el frente masajeé sus hombros, pasé raudamente por el lado de sus tetas, pequeñitas y duras y masajeé su vientre. Entonces decidí desabrochar su blusa, ella se dejaba. Ninguno de los dos decía una palabra. Metí mi mano por su espalda, ella se levantó un poco y con destreza desabroché su sostén que hacía conjunto con su calzón. Levanté el sostén sin quitárselo y quedaron a la vista sus tetitas, las que procedí a masajear también. Sus pezones se pusieron duros al primer roce.
Entonces, cuando ella seguramente esperaba el avance definitivo, bajé a sus pies, volví a masajear sus pies, sus piernas y llegué, ahora sí, a su entrepierna. Por sobre el calzón, acaricié su vagina. Ella tomó mi mano con sus manos como para detenerme, pero mi mano seguía moviéndose sobre su calzón y ella retiró las suyas. Mi mano acarició ahora su vientre y bajó para introducirse en su calzón. Mis dedos rozaron su clítoris y sin sacar mi mano de ahí, acerqué mi cara a ella que me miraba con cara de súplica, no sé qué sería lo que quería suplicar. Con mi labio inferior, acaricié el suyo, levemente, luego el labio superior, ella entreabrió levemente su boca, retrocedí un poco, la miré, ahora sonrió casi con vergüenza.
Entonces, procedí a besarla, mi lengua se introdujo en su boca y estuvimos varios minutos besándonos. Mi mano seguía acariciando su clítoris. Hasta que paré, le quité el calzón y me sumergí en su vagina. Mi lengua acariciaba su clítoris. Había una suave mezcla de su perfume con algo de sudor y los jugos vaginales. Mientras, mis manos acariciaban sus tetas y jugueteaban con sus pezones.
En algún momento, noté que su mano buscaba el bulto que se había formado bajo mi pantalón, como pudo, bajó el cierre e intentaba meter sus dedos para acariciar mi miembro.
Seguí aplicando cunnilingus por un largo rato, hasta que ella se estremeció y se empezó a mover como para intentar arrancarse de mi lengua, que ahora buscaba entre sus labios vaginales esos jugos de su orgasmo. Para cuando la solté, su rostro enrojecido y sus ojos brillantes. Me dijo “eres malo”, con una sonrisa que dejaba a la vista su calentura.
Con su mano en la pretina de mi jeans , me acercó hacia ella y manipuló para dar libertad a mi miembro, hinchado y enrojecido. Como todo buen scout, saqué un preservativo de mi portacarné y me lo enfundé. Tomé sus piernas y giré su cuerpo al mismo tiempo que la atraía hacia la orilla del escritorio. Puse sus piernas sobre mis hombros y la penetré. Su cara a esas alturas era de calentura total. Estuve un buen rato bombeando en esa posición, de vez en cuando, me acercaba a su cara y nos besábamos o le chupaba las tetas, el resto del tiempo le agarraba las tetas con ambas manos. Luego la hice girar y quedar de cara al escritorio, con el cuerpo ligeramente apoyado sobre la cubierta y la penetré desde atrás, una sensación muy agradable, chocar mi pelvis contra sus nalgas carnosas y firmes, por sus costados, introducía mis manos para agarrar sus tetas, ella colaboraba con cada movimiento mío. No sé cuánto rato estuvimos en esa posición pero me cansé, acerqué una silla y me senté, ella intentó montarse para quedar cara a cara, pero preferí ponerla de espaldas a mí y le indiqué que se moviera ella ahora. Parece que esa posición era nueva para ella, no se movía con mucha agilidad mientras yo con mi mano acariciaba su clítoris. Volvimos a la primera posición y esta vez, al tiempo que la penetraba, con mi pulgar derecho lubricado con harta saliva, le acariciaba su clítoris hasta que logré que acabara de nuevo. No pasó mucho rato hasta que mi cuerpo se estremeció en un rico orgasmo. Después que acabé de eyacular, me quedé unos instantes dentro de ella, nos miramos y sonreímos. ¿Cómo estuvo? Le pregunté, ella respondió “bien, pero eres un fresco, no era a esto a lo que yo venía”, “te prometo que yo tampoco, pero la ocasión la pintan calva le dije” contestó con una carcajada, al tiempo que me empujaba con sus piernas para que extrajera mi miembro, ya reblandecido, de su vagina.
Luego de eso, terminamos el recorrido de las oficinas, en la despedida hubo solo un beso en la mejilla, como en el encuentro. Días después ella presentó su propuesta de trabajo, yo tramité su pago y no la he vuelto a ver, aunque hemos hablado por teléfono un par de veces, de temas del trabajo y a la primera insinuación mía de tocar el tema, ella lo elude, como si nunca hubiera sucedido.
Esta historia tuvo su origen en una necesidad de la empresa en que trabajo por hacer algunos trabajos en las oficinas principalmente, para mejorar la imagen y el ambiente. Cuando se me planteó tal necesidad, recordé una chica que trabajaba como administrativa en una empresa en que había yo laborado hace algunos años. La chica en cuestión, tenía estudios en diseño y decoración y solía hacer algunos “pitutos” fuera de la hora de su trabajo.
Cuando la llamé, le gustó la idea, se podía ganar unas lucas haciendo algo que le gustaba. Lo primero, para hacer su trabajo, era visitar las instalaciones y conversar acerca de la idea que se quería desarrollar. Por razones de su trabajo, necesariamente la visita debía ser en fin de semana.
Nos pusimos de acuerdo y el sábado siguiente la pasé a buscar a un punto que acordamos. Ella, sin ser una beldad, es una mujer atractiva, morena con una mirada cautivante y, algo que a mí me llama la atención, con un estilo muy propio en el vestir.
Al encontrarnos, espontáneamente se dio la conversación, hacía tiempo que no nos veíamos y había mucho que contar. Llegamos a las instalaciones de la empresa y entramos, ese día no había nadie, así sería más fácil recorrer todo con calma y ella aprovecharía de tomar algunas fotos.
En la conversación, lo típico, el cansancio del trabajo, las jornadas largas, pocas posibilidades de otras actividades durante la semana, etc… hasta que llegamos al punto, para mí, de inflexión de la conversación, su dolor de espalda.
No había terminado de explicarme acerca de su dolencia, cuando yo ya estaba con mis manos en sus hombros aplicando un suave pero enérgico masaje. Ella se dejó, mientras seguía la conversación. Bajé entonces por su espalda, detectando y tratando de deshacer nudos a los lados de su columna. Luego de algunos minutos, ella dijo “qué rico, ¿dónde aprendiste a hacer masajes?” por ahí, respondí yo, sin dejar de masajear su espalda.
La tomé de los hombros y la dirigí hacia el costado de un escritorio que estaba casi vacío, salvo por un teléfono y una carpeta. Ella apoyó sus manos en el borde del escritorio y yo seguí con mi labor.
¿Cómo voy? Pregunté, “mmmhhh, muy bien” fue su respuesta. La invité a tenderse sobre el escritorio, se quitó la chaquetita que llevaba y quedó en blusa. Seguí trabajando en su espalda, luego me detuve, fui hacia sus pies y le bajé el cierre de una de sus botas, ella no chistó, le quité ambas botas y empecé un masaje por sus pies mientras le hablaba de la reflexología, cómo cada punto del pie estaba conectado con algún punto del resto del cuerpo. Luego de un rato en los pies, subí a sus pantorrillas, ella aún se dejaba. Sus piernas, no muy largas, están bastante bien torneadas.
Cuando llegué a sus corvas y era evidente que iba a seguir por sus muslos, levantó la cabeza y emitió un sonido como que iba a empezar una frase, “me va a parar aquí” pensé yo, pero ella volvió a bajar la cabeza y no dijo nada, lo interpreté como una aprobación al masaje de muslos. Subí por sus muslos hasta llegar al borde de su mini de mezclilla. Si lograba pasar esa frontera, pensé yo, ya estoy en la recta definitiva para tener sexo con ella, que era ya hace un rato mi objetivo. De a poco, en movimientos ascendentes y descendentes, iba introduciendo mis manos bajo su falda, con largos movimientos por el exterior e interior de sus muslos, ella seguía callada. Cuando llegué al tope de sus muslos ella volvió a levantar la cabeza y me miró, sonrió, sus ojos brillaban con algo de malicia, supongo que los míos también.
Volvió a bajar la cabeza y yo ya descaradamente levanté su falda, ella levantó levemente su pelvis para colaborar. Entonces, mis manos atacaron esas nalgas carnosas y tentadoras. Luego de unos minutos masajeando sus nalgas y tras algunas aproximaciones a su entrepierna, procedí a quitarle las panties y la invité a girarse y quedar de espaldas sobre el escritorio. Tomé un cojín de una silla cercana y lo puse bajo su cabeza. Desabroché su falda y se la quité, quedó a la vista un bonito calzón de encajes.
El masaje ahora pasó a su cara, frente, sienes, mejillas y sobre todo, labios. Ella se mojaba los labios con la lengua cada vez que mis dedos los recorrían. Ahora nos mirábamos fijo a los ojos, los dos sabíamos lo que vendría. Por el frente masajeé sus hombros, pasé raudamente por el lado de sus tetas, pequeñitas y duras y masajeé su vientre. Entonces decidí desabrochar su blusa, ella se dejaba. Ninguno de los dos decía una palabra. Metí mi mano por su espalda, ella se levantó un poco y con destreza desabroché su sostén que hacía conjunto con su calzón. Levanté el sostén sin quitárselo y quedaron a la vista sus tetitas, las que procedí a masajear también. Sus pezones se pusieron duros al primer roce.
Entonces, cuando ella seguramente esperaba el avance definitivo, bajé a sus pies, volví a masajear sus pies, sus piernas y llegué, ahora sí, a su entrepierna. Por sobre el calzón, acaricié su vagina. Ella tomó mi mano con sus manos como para detenerme, pero mi mano seguía moviéndose sobre su calzón y ella retiró las suyas. Mi mano acarició ahora su vientre y bajó para introducirse en su calzón. Mis dedos rozaron su clítoris y sin sacar mi mano de ahí, acerqué mi cara a ella que me miraba con cara de súplica, no sé qué sería lo que quería suplicar. Con mi labio inferior, acaricié el suyo, levemente, luego el labio superior, ella entreabrió levemente su boca, retrocedí un poco, la miré, ahora sonrió casi con vergüenza.
Entonces, procedí a besarla, mi lengua se introdujo en su boca y estuvimos varios minutos besándonos. Mi mano seguía acariciando su clítoris. Hasta que paré, le quité el calzón y me sumergí en su vagina. Mi lengua acariciaba su clítoris. Había una suave mezcla de su perfume con algo de sudor y los jugos vaginales. Mientras, mis manos acariciaban sus tetas y jugueteaban con sus pezones.
En algún momento, noté que su mano buscaba el bulto que se había formado bajo mi pantalón, como pudo, bajó el cierre e intentaba meter sus dedos para acariciar mi miembro.
Seguí aplicando cunnilingus por un largo rato, hasta que ella se estremeció y se empezó a mover como para intentar arrancarse de mi lengua, que ahora buscaba entre sus labios vaginales esos jugos de su orgasmo. Para cuando la solté, su rostro enrojecido y sus ojos brillantes. Me dijo “eres malo”, con una sonrisa que dejaba a la vista su calentura.
Con su mano en la pretina de mi jeans , me acercó hacia ella y manipuló para dar libertad a mi miembro, hinchado y enrojecido. Como todo buen scout, saqué un preservativo de mi portacarné y me lo enfundé. Tomé sus piernas y giré su cuerpo al mismo tiempo que la atraía hacia la orilla del escritorio. Puse sus piernas sobre mis hombros y la penetré. Su cara a esas alturas era de calentura total. Estuve un buen rato bombeando en esa posición, de vez en cuando, me acercaba a su cara y nos besábamos o le chupaba las tetas, el resto del tiempo le agarraba las tetas con ambas manos. Luego la hice girar y quedar de cara al escritorio, con el cuerpo ligeramente apoyado sobre la cubierta y la penetré desde atrás, una sensación muy agradable, chocar mi pelvis contra sus nalgas carnosas y firmes, por sus costados, introducía mis manos para agarrar sus tetas, ella colaboraba con cada movimiento mío. No sé cuánto rato estuvimos en esa posición pero me cansé, acerqué una silla y me senté, ella intentó montarse para quedar cara a cara, pero preferí ponerla de espaldas a mí y le indiqué que se moviera ella ahora. Parece que esa posición era nueva para ella, no se movía con mucha agilidad mientras yo con mi mano acariciaba su clítoris. Volvimos a la primera posición y esta vez, al tiempo que la penetraba, con mi pulgar derecho lubricado con harta saliva, le acariciaba su clítoris hasta que logré que acabara de nuevo. No pasó mucho rato hasta que mi cuerpo se estremeció en un rico orgasmo. Después que acabé de eyacular, me quedé unos instantes dentro de ella, nos miramos y sonreímos. ¿Cómo estuvo? Le pregunté, ella respondió “bien, pero eres un fresco, no era a esto a lo que yo venía”, “te prometo que yo tampoco, pero la ocasión la pintan calva le dije” contestó con una carcajada, al tiempo que me empujaba con sus piernas para que extrajera mi miembro, ya reblandecido, de su vagina.
Luego de eso, terminamos el recorrido de las oficinas, en la despedida hubo solo un beso en la mejilla, como en el encuentro. Días después ella presentó su propuesta de trabajo, yo tramité su pago y no la he vuelto a ver, aunque hemos hablado por teléfono un par de veces, de temas del trabajo y a la primera insinuación mía de tocar el tema, ella lo elude, como si nunca hubiera sucedido.