Capuccino
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(Este cuento no es real, y los personajes son ficticios. Es una historia inventada. Publicaré una parte cada día hasta terminar)
Punto de vista 5: Eric
Claudia me esperaba en la puerta de mi oficina con cara de pocos amigos. La invité a pasar y cerré la puerta. Comenzó a retarme, con el mismo tono despreciativo de siempre. Me dijo que me había propasado, que no tenía derecho a darle órdenes, que ella era supervisora del área y podía despedirme cuando quisiera, que merecía un mínimo de respeto, que esto, que aquello. Habló por 10 minutos quejándose. Yo no le respondí nada. De hecho la miraba a los ojos, sin mostrar ningún tipo de reacción. La perfecta cara de póker. Al principio sentí un poco de incomodidad, pero luego sentí tristeza, sentí pena de haber puesto mis ojos en una persona con una personalidad tan frágil que tenía que acosar a los demás para sentirse superior. Siempre tuve un corazón frágil y me dolía no haber hecho nada para merecer la mierda que ahora recibía. No entendía esa animosidad. Esta chica me gustaba, y había intentado de todo para acercarme a ella, pero siempre me encontré con un muro de hielo. Indiferencia y desprecio fueron hasta ahora su respuesta hacia mi. Ahora se agregaba su rabia.
Ya había recibido tres mensajes de texto de July durante la mañana. Me preguntaba cómo estaba, si tendría un día muy ocupado, y si quería acompañarla a cenar esta noche. Suspiré pensando que a veces se cierra una puerta y se abre una ventana.
Pero me dolía lo de Claudia. Yo no era un mal tipo, y no había hecho nada para merecer ese trato. ¿Sería mi ego dolido esa incomodidad que sentía con ella?, ¿sería que me gustaba pero nunca había logrado una respuesta positiva de su parte y eso me ofendía?
Miré a Claudia con pena, pero no dije nada. Esperé a que terminara de hablar. Sentí que lo mejor sería dejar que se desahogara hasta botar todo lo que tenía acumulado. Cuando finalmente dejó de alegar, la miré a los ojos y le pedí disculpas si en algo la había ofendido. Le dije que no volvería a hablarle de nada que no fuera relacionado a la empresa, y siempre con otras personas presentes. Luego me paré y caminé hacia la puerta. Me volví y le dije que me iba a tomar un café. Que cerrara la oficina al salir. Tenía una sensación ardiente en mi pecho. Una mezcla de rabia e impotencia que me provocaba una gran incomodidad.
Con mi café en mano, caminé hacia la sala de computadores. Ahí podría estar tranquilo un rato sin que nadie me molestara. Se había convertido en mi lugar favorito, ya que todas las tardes terminaba mi jornada allí. Tenía acceso restringido y a esa hora de la tarde solo estaría el operador de turno. Al entrar vi un bulto en el suelo y un revolver apuntándome a la cara. No alcance a decir nada. El bulto era el operador que yacía inconciente en el suelo. El revolver era sostenido de manera nerviosa por Michael. Le pedí que se calmara, le dije que lo que quisiera era de él, que no necesitaba apuntarme. El sonrío y me obligó a sentarme en una silla del rincón. Me dijo que si hablaba me haría dormir a golpes como había hecho con el operador, y si intentaba pararme de la silla, me dispararía. Se sentó frente al terminal del operador y conectó un dispositivo USB en la consola. Dejó el arma sobre la mesa, mientras me miraba de reojo. Tecleó una serie de comandos en la consola, y la pantalla empezó a mostrar una serie de frases que indicaban que un programa estaba corriendo. Una par de luces amarillas se encendieron en la consola, alertando al sistema de alguna intrusión de seguridad, pero Michael volvió a teclear y las apagó. Llevábamos diez minutos cuando se escuchó el ruido del ascensor abriéndose y unos pasos acercándose a la puerta. El monitor de cámaras mostraba a Claudia caminando con paso firme hacia la sala de operadores. Tocó a la puerta y Michael le abrió con una sonrisa boba en su cara: “Hola Claudia!, cómo estás linda. Pasa amor, qué sorpresa más agradable e inesperada”. Tomó su brazo y la forzó a entrar al mismo tiempo que le apuntaba al estómago. “Ven aquí querida, cómo has estado?. No me has llamado, ya te olvidaste de mi?”. Claudia lo miraba con ojos incrédulos. El rodeo su cintura con su mano libre, le agarró uno de sus glúteos y la atrajo hacia si. “Parece que esta será nuestra despedida querida. He venido a finiquitar mis negocios aquí, para después desaparecer definitivamente”. Claudia intentó zafarse pero el la agarró mas firme. Intenté moverme, pero Michael giró su brazo apuntándome.
Claudia le arañó el rostro al mismo tiempo que le tomaba el brazo con el revolver. Dos disparos llenaron la sala del ocre aroma de la pólvora, y dos agujeros aparecieron en el techo. Me lancé de la silla hacia Michael. Con mi mano derecha le tomé el hombro al tiempo que con la izquierda le tiraba el brazo para hacerlo caer de espaldas. Crucé mi pierna para hacerle una zancadilla y voló hacia atrás abrazado con Claudia. Al caer, le di una patada en la mano que sostenía el revolver, lanzándo el arma a un extremo del salón. Claudia cayó sobre él, pero se retorció para salirse de encima y apartarse. Tomé a Michael de la solapa y lo levanté para darle un golpe a la traquea. Sus ojos se abrieron y sus ojos casi se salieron de sus órbitas. Se llevó las manos a su garganta mientras abría su boca tratando de encontrar aire. Lo tome de un brazo, y de la cintura, me giré y lo lancé al otro extremo de la pieza. Se golpeó la cabeza en una mesa con un ruido sordo y quedó tendido en el suelo. Corrí a ver al operador que yacía inconciente, al tiempo que miraba a Claudia y le preguntaba si estaba lastimada. Ella no apartó la mirada de Michael, mientras sus lágrimas rozaban sus mejillas.
Epílogo: Jimmy
El capitán de policía se dirigió a mi, apartándome a un lado, indicándome que debía dar una declaración extensa. Cuando nos apartamos del resto de las personas, me guió a una sala de conferencias y entramos. Cerró la puerta y mirándome, me preguntó cómo estaba. “Todo bien, jefe” le respondí. “Miguel trató de abrir la brecha de seguridad en la sala de operadores, tal como lo esperaba, y logré capturarlo sin problemas. El revolver no era algo que esperara, pero pude controlarlo”.
“Mantendremos tu fachada para cubrir tu identidad. La empresa te trasladará a Europa en cinco días como premio por haber descubierto el fraude. Luego de eso, renunciarás y desaparecerás, entendido?”. “Tómate unos días de descanso, te quiero de vuelta en la Base a comienzos de Noviembre, entendido?”. “Claro capitán”. Me hizo un movimiento de cabeza para indicar que había concluido, pero al salir se volvió y me preguntó “Tanner!, qué pasa con esa chica?, será un problema?”. “No creo”, respondí.
Yo era un analista que se había convertido en operativo. Trabajaba encubierto, y esta misión había sido solicitada hacia unos meses cuando la empresa de Claudia detectó algunos problemas de seguridad informática. Como era un delito grave, y yo era bueno con problemas graves, me asignaron a mi como agente de campo. James Tanner era mi nombre en la Base. Un nombre prestado, como cualquier otro.
July fue atrapada a la salida del Hotel. Seguramente harían un trato con ella a cambio de delatar a sus contactos. Era una chica valiente, pero algo torpe. El primer día se delató al usar su celular para escribirme, siendo que en su relato, se lo habían robado. Asociarla con Miguel no fue difícil, después de una vigilancia intensiva de sus movimientos.
Claudia y el resto de los empleados dieron sus declaraciones y fueron enviados a sus casas. La empresa me dio libre el día siguiente, pero igual fui a la oficina a ordenar y recoger mis cosas.
Claudia llegó como al mediodía a la puerta de mi oficina. Me miró con ojos tristes. “Gracias” me dijo. Yo detuve lo que estaba haciendo y le pedi que se sentara. Me senté en una silla frente a ella. “Me disculpo por todo lo que ha pasado entre nosotros desde que llegaste. Nunca me gustó que reemplazaran a Miguel y supongo que por eso te traté mal. Ayer salvaste mi vida, y vi la verdadera cara de Miguel. Y pensé que lo menos que debía hacer era darte una disculpa.”
La miré a los ojos y le dije: “A veces una disculpa no es suficiente para reparar el daño. El trato que recibí no solo fue injusto, sino que malintencionado. Tú y tus amigos siempre se ensañaron conmigo.”
“Nunca pensé que te había dolido tanto”, me dijo. “Nunca nos dijiste nada, yo pensé que era la culpa la que te mantenía en silencio”.
“La culpa?, pero de qué culpa me hablas.” repliqué. “Yo nunca les hice nada a ti, Miguel o a tus amigos. Al contrario, traté de tender puentes, pues entendía que pudieran estar molestos porque se había ido Miguel. Inclusive te invité a salir a comer para conversar al respecto.”
“Lo siento. De verdad que lo siento.” me dijo mientras se limpiaba la cara de las lágrimas.
“Ya no vale la pena llorar Claudia, lo que ya sucedió…”
Se paró de la silla y se acercó interrumpiéndome: “Pero puede ser diferente desde ahora. Por favor”.
Me paré frente a ella y suspiré: “Ahora me trasladan, y dentro de poco creo que dejaré esta empresa. Fue interesante esta experiencia, pero tuve que aguantar lo peor de ti durante mucho tiempo. A lo mejor tú lo veías desde tu punto de vista como algo justo, no tengo idea. Para mi fue dificil, y prefiero dar vuelta la página. Cada persona ve las cosas desde su vereda, y cada uno aguanta con paciencia las cosas que le pasan. Algunos aguantamos más, otros menos. Pero cuando superas un límite de tolerancia, lo único que quieres es dejar atrás todo. Y yo estoy en ese tren ahora.”
Caminé hacia la puerta, y la oí por última vez: “Pero me siento muy mal, qué voy a hacer ahora?”. Me paré y respondí: “Francamente querida, eso ya no me importa.”
FIN
Punto de vista 5: Eric
Claudia me esperaba en la puerta de mi oficina con cara de pocos amigos. La invité a pasar y cerré la puerta. Comenzó a retarme, con el mismo tono despreciativo de siempre. Me dijo que me había propasado, que no tenía derecho a darle órdenes, que ella era supervisora del área y podía despedirme cuando quisiera, que merecía un mínimo de respeto, que esto, que aquello. Habló por 10 minutos quejándose. Yo no le respondí nada. De hecho la miraba a los ojos, sin mostrar ningún tipo de reacción. La perfecta cara de póker. Al principio sentí un poco de incomodidad, pero luego sentí tristeza, sentí pena de haber puesto mis ojos en una persona con una personalidad tan frágil que tenía que acosar a los demás para sentirse superior. Siempre tuve un corazón frágil y me dolía no haber hecho nada para merecer la mierda que ahora recibía. No entendía esa animosidad. Esta chica me gustaba, y había intentado de todo para acercarme a ella, pero siempre me encontré con un muro de hielo. Indiferencia y desprecio fueron hasta ahora su respuesta hacia mi. Ahora se agregaba su rabia.
Ya había recibido tres mensajes de texto de July durante la mañana. Me preguntaba cómo estaba, si tendría un día muy ocupado, y si quería acompañarla a cenar esta noche. Suspiré pensando que a veces se cierra una puerta y se abre una ventana.
Pero me dolía lo de Claudia. Yo no era un mal tipo, y no había hecho nada para merecer ese trato. ¿Sería mi ego dolido esa incomodidad que sentía con ella?, ¿sería que me gustaba pero nunca había logrado una respuesta positiva de su parte y eso me ofendía?
Miré a Claudia con pena, pero no dije nada. Esperé a que terminara de hablar. Sentí que lo mejor sería dejar que se desahogara hasta botar todo lo que tenía acumulado. Cuando finalmente dejó de alegar, la miré a los ojos y le pedí disculpas si en algo la había ofendido. Le dije que no volvería a hablarle de nada que no fuera relacionado a la empresa, y siempre con otras personas presentes. Luego me paré y caminé hacia la puerta. Me volví y le dije que me iba a tomar un café. Que cerrara la oficina al salir. Tenía una sensación ardiente en mi pecho. Una mezcla de rabia e impotencia que me provocaba una gran incomodidad.
Con mi café en mano, caminé hacia la sala de computadores. Ahí podría estar tranquilo un rato sin que nadie me molestara. Se había convertido en mi lugar favorito, ya que todas las tardes terminaba mi jornada allí. Tenía acceso restringido y a esa hora de la tarde solo estaría el operador de turno. Al entrar vi un bulto en el suelo y un revolver apuntándome a la cara. No alcance a decir nada. El bulto era el operador que yacía inconciente en el suelo. El revolver era sostenido de manera nerviosa por Michael. Le pedí que se calmara, le dije que lo que quisiera era de él, que no necesitaba apuntarme. El sonrío y me obligó a sentarme en una silla del rincón. Me dijo que si hablaba me haría dormir a golpes como había hecho con el operador, y si intentaba pararme de la silla, me dispararía. Se sentó frente al terminal del operador y conectó un dispositivo USB en la consola. Dejó el arma sobre la mesa, mientras me miraba de reojo. Tecleó una serie de comandos en la consola, y la pantalla empezó a mostrar una serie de frases que indicaban que un programa estaba corriendo. Una par de luces amarillas se encendieron en la consola, alertando al sistema de alguna intrusión de seguridad, pero Michael volvió a teclear y las apagó. Llevábamos diez minutos cuando se escuchó el ruido del ascensor abriéndose y unos pasos acercándose a la puerta. El monitor de cámaras mostraba a Claudia caminando con paso firme hacia la sala de operadores. Tocó a la puerta y Michael le abrió con una sonrisa boba en su cara: “Hola Claudia!, cómo estás linda. Pasa amor, qué sorpresa más agradable e inesperada”. Tomó su brazo y la forzó a entrar al mismo tiempo que le apuntaba al estómago. “Ven aquí querida, cómo has estado?. No me has llamado, ya te olvidaste de mi?”. Claudia lo miraba con ojos incrédulos. El rodeo su cintura con su mano libre, le agarró uno de sus glúteos y la atrajo hacia si. “Parece que esta será nuestra despedida querida. He venido a finiquitar mis negocios aquí, para después desaparecer definitivamente”. Claudia intentó zafarse pero el la agarró mas firme. Intenté moverme, pero Michael giró su brazo apuntándome.
Claudia le arañó el rostro al mismo tiempo que le tomaba el brazo con el revolver. Dos disparos llenaron la sala del ocre aroma de la pólvora, y dos agujeros aparecieron en el techo. Me lancé de la silla hacia Michael. Con mi mano derecha le tomé el hombro al tiempo que con la izquierda le tiraba el brazo para hacerlo caer de espaldas. Crucé mi pierna para hacerle una zancadilla y voló hacia atrás abrazado con Claudia. Al caer, le di una patada en la mano que sostenía el revolver, lanzándo el arma a un extremo del salón. Claudia cayó sobre él, pero se retorció para salirse de encima y apartarse. Tomé a Michael de la solapa y lo levanté para darle un golpe a la traquea. Sus ojos se abrieron y sus ojos casi se salieron de sus órbitas. Se llevó las manos a su garganta mientras abría su boca tratando de encontrar aire. Lo tome de un brazo, y de la cintura, me giré y lo lancé al otro extremo de la pieza. Se golpeó la cabeza en una mesa con un ruido sordo y quedó tendido en el suelo. Corrí a ver al operador que yacía inconciente, al tiempo que miraba a Claudia y le preguntaba si estaba lastimada. Ella no apartó la mirada de Michael, mientras sus lágrimas rozaban sus mejillas.
Epílogo: Jimmy
El capitán de policía se dirigió a mi, apartándome a un lado, indicándome que debía dar una declaración extensa. Cuando nos apartamos del resto de las personas, me guió a una sala de conferencias y entramos. Cerró la puerta y mirándome, me preguntó cómo estaba. “Todo bien, jefe” le respondí. “Miguel trató de abrir la brecha de seguridad en la sala de operadores, tal como lo esperaba, y logré capturarlo sin problemas. El revolver no era algo que esperara, pero pude controlarlo”.
“Mantendremos tu fachada para cubrir tu identidad. La empresa te trasladará a Europa en cinco días como premio por haber descubierto el fraude. Luego de eso, renunciarás y desaparecerás, entendido?”. “Tómate unos días de descanso, te quiero de vuelta en la Base a comienzos de Noviembre, entendido?”. “Claro capitán”. Me hizo un movimiento de cabeza para indicar que había concluido, pero al salir se volvió y me preguntó “Tanner!, qué pasa con esa chica?, será un problema?”. “No creo”, respondí.
Yo era un analista que se había convertido en operativo. Trabajaba encubierto, y esta misión había sido solicitada hacia unos meses cuando la empresa de Claudia detectó algunos problemas de seguridad informática. Como era un delito grave, y yo era bueno con problemas graves, me asignaron a mi como agente de campo. James Tanner era mi nombre en la Base. Un nombre prestado, como cualquier otro.
July fue atrapada a la salida del Hotel. Seguramente harían un trato con ella a cambio de delatar a sus contactos. Era una chica valiente, pero algo torpe. El primer día se delató al usar su celular para escribirme, siendo que en su relato, se lo habían robado. Asociarla con Miguel no fue difícil, después de una vigilancia intensiva de sus movimientos.
Claudia y el resto de los empleados dieron sus declaraciones y fueron enviados a sus casas. La empresa me dio libre el día siguiente, pero igual fui a la oficina a ordenar y recoger mis cosas.
Claudia llegó como al mediodía a la puerta de mi oficina. Me miró con ojos tristes. “Gracias” me dijo. Yo detuve lo que estaba haciendo y le pedi que se sentara. Me senté en una silla frente a ella. “Me disculpo por todo lo que ha pasado entre nosotros desde que llegaste. Nunca me gustó que reemplazaran a Miguel y supongo que por eso te traté mal. Ayer salvaste mi vida, y vi la verdadera cara de Miguel. Y pensé que lo menos que debía hacer era darte una disculpa.”
La miré a los ojos y le dije: “A veces una disculpa no es suficiente para reparar el daño. El trato que recibí no solo fue injusto, sino que malintencionado. Tú y tus amigos siempre se ensañaron conmigo.”
“Nunca pensé que te había dolido tanto”, me dijo. “Nunca nos dijiste nada, yo pensé que era la culpa la que te mantenía en silencio”.
“La culpa?, pero de qué culpa me hablas.” repliqué. “Yo nunca les hice nada a ti, Miguel o a tus amigos. Al contrario, traté de tender puentes, pues entendía que pudieran estar molestos porque se había ido Miguel. Inclusive te invité a salir a comer para conversar al respecto.”
“Lo siento. De verdad que lo siento.” me dijo mientras se limpiaba la cara de las lágrimas.
“Ya no vale la pena llorar Claudia, lo que ya sucedió…”
Se paró de la silla y se acercó interrumpiéndome: “Pero puede ser diferente desde ahora. Por favor”.
Me paré frente a ella y suspiré: “Ahora me trasladan, y dentro de poco creo que dejaré esta empresa. Fue interesante esta experiencia, pero tuve que aguantar lo peor de ti durante mucho tiempo. A lo mejor tú lo veías desde tu punto de vista como algo justo, no tengo idea. Para mi fue dificil, y prefiero dar vuelta la página. Cada persona ve las cosas desde su vereda, y cada uno aguanta con paciencia las cosas que le pasan. Algunos aguantamos más, otros menos. Pero cuando superas un límite de tolerancia, lo único que quieres es dejar atrás todo. Y yo estoy en ese tren ahora.”
Caminé hacia la puerta, y la oí por última vez: “Pero me siento muy mal, qué voy a hacer ahora?”. Me paré y respondí: “Francamente querida, eso ya no me importa.”
FIN