Capuccino
Member
- Registrado
- 9/5/23
- Mensajes
- 230
- Likes recibidos
- 720
- Puntos
- 23
Cuando miro hacia atrás y trato de recordar mi primer amor de verano, recuerdo ese verano en Algarrobo cuando tenía 13 años. Arrendábamos una cabaña y nos reuníamos en una pandilla, que revoloteaba por el litoral en las lánguidas tardes de febrero. Éramos 4 chicos y 6 chicas que veníamos de distintos lados de Santiago. Algarrobo eran el centro de nuestras aventuras: playas, bosques, roqueríos, casas abandonadas, juegos, plazas.
Una mañana la vi por primera vez. Era morena, lindo cuerpo, y una mirada que me atravesó de lado a lado. Tenía 15 años. No podría decir qué fue lo que vi en esos ojos, pero no pude dejar de mirarla durante todo ese verano.
Su familia arrendaba una casa cerca de la nuestra así que la veía cuando salía a pasear al perro, o cuando salía de compras. Un día ella y su hermana se unieron a la pandilla, y comenzaron a compartir con nosotros cada tarde. Nos hicimos cercanos. Me encantaba. Memorizaba sus gestos, sus palabras y sus historias, y luego repasaba por las noches esos recuerdos. Interpretaba sus gestos hacia mi, e imaginaba qué le diría al día siguiente.
Un día, la pandilla salió de excursión por los bosques cercanos a nuestra cabaña. Exploramos quebradas y senderos. Tomé su mano por primera vez, con la excusa de ayudarla a bajar de un árbol atravesado en el bosque. Ella me tomó firme y bajó. Pero no me soltó. Continuamos enlazados caminando a la sombra tenue de un atardecer que no quería que terminara. Me contó sus sueños, su vida de ciudad, y los problemas que tenía con su hermana.
Desde ese día, si no estábamos cerca, nos buscábamos con la mirada, y parecía que nos desafiábamos a ver quién desviaba la vista primero. Todos los días hacíamos nuevas excursiones, a los pueblos del sector, sus playas, embarcaderos. Nadábamos hacia las boyas, o íbamos a jugar ping-pong al local de la Tía Mónica.
Me gustaba, pero no sabía qué hacer. No sabía cómo avanzar. Un día que me contaba de su colegio, me atreví a pedirle su dirección y su teléfono -me gustaría llamarte cuando lleguemos a Santiago, o quizás escribirte una carta- Ella sonrió, y dijo que me lo daría. Que le gustaría mucho encontrarse conmigo cuando volviéramos a la normalidad. Al día siguiente me dio un papel con sus datos. Lo guardé como un tesoro en mi billetera, y me imaginé recorriendo Santiago tomados de la mano.
La última semana de ese verano fuimos a recorrer un edificio en construcción. Llevaba varios días planeando besarla. Quería decirle lo que sentía. Ese día, ella se apartó del grupo para subir al tercer piso y mirar el mar. El resto organizábamos un juego de pelota. Parecía ser mi oportunidad, pero no quería que el resto de los chicos supiera que iba a ir por ella. Esperé unos minutos y con la excusa de ir al baño, me escabullí en el bosque, y corrí hacia la parte de atrás del edificio. Subí las escaleras despacio. Quería sorprenderla. Pero el sorprendido fui yo. Me asomé al tercer piso, y ella estaba en los brazos de otro chico. Besándose. Recuerdo que ella estaba en punta de pies, su pelo agitado por el viento. Él era un chico nuevo que había llegado esa semana. Un flaco de 18 años desgarbado, hablador, fantoche y sin gracia. Un hijo de puta, por supuesto.
Desanduve mis pasos en silencio, y volví corriendo donde el resto del grupo. No podía respirar bien, y no tenía ganas de estar con nadie, así que fingiendo una molestia en mi pie, me senté solo a mirarlos jugar.
Al atardecer, caminamos a casa mirando la puesta de sol. Con la excusa de haber olvidado algo, le dije al grupo que volvía y que luego los alcanzaría. Volví a subir a ese tercer piso. Saqué el papel con sus datos. Lo abrí y lo volví a leer. Recordé sus ojos y lo solté. El viento se lo llevó hacia el mar.
Tres días después nos despedimos. Me pidió que le escribiera una carta o que la llamara. Me invitó a su casa. Sus ojos brillaban cuando me decía que podíamos ir al cine, comer helados y otras cosas que no quise escuchar. Yo asentí en silencio con una sonrisa fingida, y mi corazón destrozado. Partió mirando hacia atrás y saludando con una mano. Nunca la volví a ver.
Si miro hacia atrás, no la culpo. Así son las oportunidades en la vida. Las tomas u otro las toma, o nadie las toma. Pero no son tuyas sólo porque están ahí. Hay que reclamarlas y hacerlas propias.
Una mañana la vi por primera vez. Era morena, lindo cuerpo, y una mirada que me atravesó de lado a lado. Tenía 15 años. No podría decir qué fue lo que vi en esos ojos, pero no pude dejar de mirarla durante todo ese verano.
Su familia arrendaba una casa cerca de la nuestra así que la veía cuando salía a pasear al perro, o cuando salía de compras. Un día ella y su hermana se unieron a la pandilla, y comenzaron a compartir con nosotros cada tarde. Nos hicimos cercanos. Me encantaba. Memorizaba sus gestos, sus palabras y sus historias, y luego repasaba por las noches esos recuerdos. Interpretaba sus gestos hacia mi, e imaginaba qué le diría al día siguiente.
Un día, la pandilla salió de excursión por los bosques cercanos a nuestra cabaña. Exploramos quebradas y senderos. Tomé su mano por primera vez, con la excusa de ayudarla a bajar de un árbol atravesado en el bosque. Ella me tomó firme y bajó. Pero no me soltó. Continuamos enlazados caminando a la sombra tenue de un atardecer que no quería que terminara. Me contó sus sueños, su vida de ciudad, y los problemas que tenía con su hermana.
Desde ese día, si no estábamos cerca, nos buscábamos con la mirada, y parecía que nos desafiábamos a ver quién desviaba la vista primero. Todos los días hacíamos nuevas excursiones, a los pueblos del sector, sus playas, embarcaderos. Nadábamos hacia las boyas, o íbamos a jugar ping-pong al local de la Tía Mónica.
Me gustaba, pero no sabía qué hacer. No sabía cómo avanzar. Un día que me contaba de su colegio, me atreví a pedirle su dirección y su teléfono -me gustaría llamarte cuando lleguemos a Santiago, o quizás escribirte una carta- Ella sonrió, y dijo que me lo daría. Que le gustaría mucho encontrarse conmigo cuando volviéramos a la normalidad. Al día siguiente me dio un papel con sus datos. Lo guardé como un tesoro en mi billetera, y me imaginé recorriendo Santiago tomados de la mano.
La última semana de ese verano fuimos a recorrer un edificio en construcción. Llevaba varios días planeando besarla. Quería decirle lo que sentía. Ese día, ella se apartó del grupo para subir al tercer piso y mirar el mar. El resto organizábamos un juego de pelota. Parecía ser mi oportunidad, pero no quería que el resto de los chicos supiera que iba a ir por ella. Esperé unos minutos y con la excusa de ir al baño, me escabullí en el bosque, y corrí hacia la parte de atrás del edificio. Subí las escaleras despacio. Quería sorprenderla. Pero el sorprendido fui yo. Me asomé al tercer piso, y ella estaba en los brazos de otro chico. Besándose. Recuerdo que ella estaba en punta de pies, su pelo agitado por el viento. Él era un chico nuevo que había llegado esa semana. Un flaco de 18 años desgarbado, hablador, fantoche y sin gracia. Un hijo de puta, por supuesto.
Desanduve mis pasos en silencio, y volví corriendo donde el resto del grupo. No podía respirar bien, y no tenía ganas de estar con nadie, así que fingiendo una molestia en mi pie, me senté solo a mirarlos jugar.
Al atardecer, caminamos a casa mirando la puesta de sol. Con la excusa de haber olvidado algo, le dije al grupo que volvía y que luego los alcanzaría. Volví a subir a ese tercer piso. Saqué el papel con sus datos. Lo abrí y lo volví a leer. Recordé sus ojos y lo solté. El viento se lo llevó hacia el mar.
Tres días después nos despedimos. Me pidió que le escribiera una carta o que la llamara. Me invitó a su casa. Sus ojos brillaban cuando me decía que podíamos ir al cine, comer helados y otras cosas que no quise escuchar. Yo asentí en silencio con una sonrisa fingida, y mi corazón destrozado. Partió mirando hacia atrás y saludando con una mano. Nunca la volví a ver.
Si miro hacia atrás, no la culpo. Así son las oportunidades en la vida. Las tomas u otro las toma, o nadie las toma. Pero no son tuyas sólo porque están ahí. Hay que reclamarlas y hacerlas propias.