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La promotora y yo

Tio Tetera

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Era un día normal de diciembre… o eso creía yo. Todo comenzó a pocos días de Navidad cerca de las diez de la mañana, en mi lugar de trabajo. El que sabe, sabe.

Avancé por los pasillos pensando en lo que tenía que hacer. De pronto, casi al llegar al último —el de los aceites, fideos y salsas de tomate—, divisé fugazmente a una mujer de cabello negro y largo, camisa roja ajustada y pantalones de tela negros, también ajustados y más anchos al llegar a los pies. Al principio creí que era una clienta. Pero no. No llevaba carro ni observaba los productos con intención de llevárselos.

¿Qué estaba haciendo allí? Una segunda mirada, igual de veloz, me reveló que se trataba de una promotora, de entre veinte y veinticinco años.

Llegué a mi área de trabajo haciéndome muchas preguntas, algunas bastante inútiles. ¿Por qué había una promotora? Pues porque había llegado el verano y, posiblemente, era una universitaria buscando dinero para sus estudios o vacaciones. ¿De qué marca era? Vestía de rojo y negro. ¿De qué forma y tamaño tenía el trasero? No pude verlo bien, pero ciertas formas en sus piernas aventuraban que no era pequeño. ¿Cómo se llamaría? No vi credencial ni tarjeta. ¿Podría tener alguna interacción con ella? Imposible. ¿Escuchar su voz? Menos aún.

Me quedé en mi área, intentando concentrarme. Pero no podía. A unos veinte pasos detrás de mí estaba la promotora haciendo sus cosas de promotora. ¡Tenía preguntas y quería respuestas!

Entonces ocurrió lo típico… Aparecieron otros colegas y comenzó ese ritual poco disimulado: buscar cosas imaginarias rondando el pasillo, como lobos cazando un cervatillo.
«¡Váyanse de aquí, imbéciles! ¡Afuera! ¡Afuera!», pensaba.

No sé si fueron mis diálogos mentales, pero funcionaron. Ninguno se atrevió a hablarle; solo querían mirar. ¡Más les vale!

Pasaron otros minutos y salí de mi área. Tenía que pasar por el pasillo de la promotora. Mi corazón se aceleró. Su cabellera negra brillaba. Tenía solo unos segundos para girar la cabeza.

Uno… Dos… Tres… ¡No lo podía creer!

Allí, frente a las salsas de tomate, estaba el mejor trasero de toda mi maldita semana. Y no solo eso: un rostro bonito, cejas bonitas, nariz bonita… ¡todo rico! ¡Caramba! Tragué saliva, tratando de calmarme.

Llegué a otra área pensando en ella. ¿Quién diablos era? ¿Cómo una simple promotora podía vestirse así y tener ese cuerpo? No. Lo que había visto no podía ser real. Todo era un sueño… ¡Tenía que pasar de nuevo!

Entonces la volví a ver. No solo era real: era ultra rica. Una promotora de la marca Heinz, portando una bandeja con productos sujeta al cuello… ¡Amo esa marca! ¡Siempre la compro! ¡Deme dos salsas! ¡Deme un kétchup! ¡Dios mío! jajaja

Pasó media hora. Mi turno estaba por terminar. ¿Pensaba en ella? Sí. Pero ya no había nada que hacer. Yo me iría en diez minutos y ella se quedaría trabajando. Sus curvas quedarían para mi memoria. ¿Volvería a verla? No lo sabía.

Hasta que la magia ocurrió…

Estaba terminando de limpiar una vitrina, con diez minutos para retirarme, cuando escuché una voz dulce saliendo de un pasillo. Me giré y… Sí, era la mismísima llamándome. ¿Por qué yo? ¿Me había visto? Sí. ¿Pero llamarme? ¡Qué onda!

—Hola —me saludó—. ¿Puede ayudarme?

Dios mío, qué voz más deliciosa —pensé—. Sin exagerar. Tenía una voz rica; hasta gesticulaba rico.
—Hola… Sí, ¿qué necesita? —dije, haciéndome el loco.
—Mi jefa me pidió algunas fotos —explicó con una sonrisa—. ¿Puede ayudarme, porfis?
«Porfis». ¡Me dijo porfis! Dios mío. ¡Habla rico y es rica! ¡Esto tiene que ser una broma! ¿Dónde están las cámaras?
—Sí… ¿qué tengo que hacer?
Ella se llevó una mano hacia atrás y sacó su celular del pantalón. Sí, de ese lugar redondo y generoso que tenía.
—Deme un segundito —me dijo ella.
Me acerqué. Nos separaba solo un paso. Podía oler su perfume, ver el brillo de su pelo. Podía bajar la vista y ver ese trasero otra vez. ¿Podía? Sí. ¿Lo hice? Sí, ¿y qué? ¡Caramba!
Cuando creí que mi suerte no podía mejorar: desbloqueó su celular y abrió la galería de fotos para ir a la cámara. ¡Aquel segundo nunca lo olvidaré! Justo pero justo le alcancé a ver una selfie frente al espejo del baño, posando, con una faldita ajustada y una prenda superior más suelta. ¿Cómo resumirlo? Una selfie coqueta, sensual, ultra hot.

Dios mío. Habla rico, es rica y veo una foto rica por accidente… ¡Esto tiene que ser una broma!

La imagen desapareció al activar la cámara.
—Ya, mira —me pasó el celular—. Me voy a poner allá y…
Se detuvo. Llegó una pareja de adultos mayores con su carrito. Me hizo un gesto que le salió súper tierno.
—¿Puede esperar? Para que no salgan en la foto.
—Sí, no hay problema.
(Yo la esperaría toda la vida.)
—Gracias. Eres un amor.
«Amor». Dios mío… ¿por qué me habla así?
Entonces aproveché…

—¿Cuál es su nombre?
—Valentina Ormeño.
—Valentina… ¿y se va a quedar hasta fin de año?
—No. Mañana es mi último día. Estamos terminando la campaña.
—Aquí es tranquilo. Se va a aburrir.
Soltó una risita.
—Sí. He notado que pasa poquita gente.
—Es la hora igual.
Giró con su bandeja y aproveché de ver ese culito más de cerca. ¡Caramba!
—Sí, pero mejor —dijo—. Llegó un viejo rancio preguntándome tonteras.
—No faltan —respondí.
La pareja de ancianos llegó al final del pasillo.
—Ya se van —dijo ella, rápida.
Miré el celular que aún tenía en la mano: pantalla negra, bloqueada. Se lo hice notar. Ella lo tomó, rozando mis dedos, y lo desbloqueó. Yo recordé la foto que había visto y, justo entonces, me dijo mirándome con tono pícaro:
—Me gusta sacarme fotos.
Me pasó el celular, rozándome otra vez.
—Ese es el botón —indicó.
—Ok.
Se fue al centro del pasillo, donde las salsas se lucían en plenitud. Mientras posaba como modelo con su bandeja Heinz yo no podía creerlo. Hace menos de una hora me preguntaba quién era. Ahora sabía su nombre, había escuchado su voz, visto una foto prohibida por accidente y estaba sacándole fotos. ¿Podía pasar algo más?

Le tomé tres fotos y se las mostré. ¡Le gustaron!

—Oye, sacas buenas fotos.
—Hice un curso
(Dato real)
—¿En serio? Gracias. Eres un amor.

Llegó el momento de la despedida. ¿Pude haberle pedido sus redes? Sí. ¿Lo hice? No.

Miré la hora en mi celular: estaba pasado en dos minutos.
—Que tenga buen turno —le dije, tocándole suavemente el antebrazo.
Ella sonrió, me dio las gracias y dijo mi nombre.

Valentina, la promotora chilena de las salsas, alegraste mi semana.

IMPORTANTE: este relato tiene segunda parte. Por ahora solo puedo decir que nos volvimos a ver y ocurrió «algo».
 

ClaudeDV

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Jaja
Bendita fortuna
Espero que los nombres mencionados hayan sido modificados para proteger identidades
Verdad?
 

Halyna

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Que buena redacción 🥰 me gustó el estilo .. tiene eso que dan ganas de seguir leyendo jaja además que sexy eso de coquetear en el trabajo 😋🙊
 

Tio Tetera

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Que buena redacción 🥰 me gustó el estilo .. tiene eso que dan ganas de seguir leyendo jaja además que sexy eso de coquetear en el trabajo 😋🙊
Ay gracias 😌 Un culito hermoso mueve montañas! Quizá debería dedicarme a esto yo creo que me iría bien 😎 😘
 
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