Ellie
Escort
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Algo en nosotros sí ocurrió y nos convertimos en eso que se busca sabiendo que duele… y aun así vuelve.
Lo supe porque cada regreso traía más de lo que no podía quedarse.
Entró por esa puerta y, como si mi cuerpo lo necesitara, me abalancé sobre él para recibirlo con un beso que se transformó de inmediato en intensidad pura. La humedad de sus labios fue bajando hasta mi cuello y empecé a respirar más profundo, disfrutando el roce de su lengua sobre mi piel. Mis manos se aferraban a su cabeza; las suyas recorrían mis pechos, jugando a desprenderme de la poca tela que me cubría.
Cuando lo logró, siguió bajando hasta encontrarse con mi piel desnuda y besar con calma cada espacio de mi cuerpo. Detuve el momento y lo guié hasta mi cama. Nos acostamos para seguir disfrutándonos y, como por arte de magia, desaparecieron todas nuestras prendas.
Era mi turno de darle placer.
Bajé hasta encontrarme con su pene: lo besé, lo lamí, lo chupé. Lo sentía mío. Subí y bajé las veces que quise, lento primero, luego rápido. Disfruté ese dominio.
Se encontraron nuestras miradas, cómplices de un momento largamente anhelado. Yo quería ser suya. Esa era la verdad.
Volvimos a encontrarnos en el cuerpo, entregándonos en cada movimiento toda la pasión contenida. En cada beso, en cada caricia y en cada gemido se revelaba el deseo del otro: una entrega total.
Y, de pronto, toda nuestra pasión se transformó en rabia pura. Nuestras miradas cambiaron y no hizo falta decir nada: lo entendí y él me entendió.
La rabia era compartida, aunque la causa fuera opuesta.
Él empezó a tomarme con violencia, como si así pudiera olvidar cómo me conoció.
Yo lo recibía con la misma intensidad y con la amargura de saber que nunca dejó de existir ese límite entre los dos.
Cada embestida era un desahogo.
Cada gemido, una forma de soltar la frustración.
Seguimos y seguimos, perdiendo la noción del tiempo, volviendo a la realidad solo después de haber alcanzado el punto máximo de placer, soltando al mismo tiempo todas nuestras emociones.
Sudados, cansados y en silencio, dejamos que nuestros cuerpos se recuperaran.
Lo miré vestirse con una nostalgia que invadía mi cuerpo. Una vez listo, lo acompañé a la puerta y lo besé sabiendo, sin que hiciera falta decirlo, que debía ser una despedida.
Se fue.
La puerta se cerró.
Y debo confesar que ya lo estaba extrañando otra vez.
Lo supe porque cada regreso traía más de lo que no podía quedarse.
Entró por esa puerta y, como si mi cuerpo lo necesitara, me abalancé sobre él para recibirlo con un beso que se transformó de inmediato en intensidad pura. La humedad de sus labios fue bajando hasta mi cuello y empecé a respirar más profundo, disfrutando el roce de su lengua sobre mi piel. Mis manos se aferraban a su cabeza; las suyas recorrían mis pechos, jugando a desprenderme de la poca tela que me cubría.
Cuando lo logró, siguió bajando hasta encontrarse con mi piel desnuda y besar con calma cada espacio de mi cuerpo. Detuve el momento y lo guié hasta mi cama. Nos acostamos para seguir disfrutándonos y, como por arte de magia, desaparecieron todas nuestras prendas.
Era mi turno de darle placer.
Bajé hasta encontrarme con su pene: lo besé, lo lamí, lo chupé. Lo sentía mío. Subí y bajé las veces que quise, lento primero, luego rápido. Disfruté ese dominio.
Se encontraron nuestras miradas, cómplices de un momento largamente anhelado. Yo quería ser suya. Esa era la verdad.
Volvimos a encontrarnos en el cuerpo, entregándonos en cada movimiento toda la pasión contenida. En cada beso, en cada caricia y en cada gemido se revelaba el deseo del otro: una entrega total.
Y, de pronto, toda nuestra pasión se transformó en rabia pura. Nuestras miradas cambiaron y no hizo falta decir nada: lo entendí y él me entendió.
La rabia era compartida, aunque la causa fuera opuesta.
Él empezó a tomarme con violencia, como si así pudiera olvidar cómo me conoció.
Yo lo recibía con la misma intensidad y con la amargura de saber que nunca dejó de existir ese límite entre los dos.
Cada embestida era un desahogo.
Cada gemido, una forma de soltar la frustración.
Seguimos y seguimos, perdiendo la noción del tiempo, volviendo a la realidad solo después de haber alcanzado el punto máximo de placer, soltando al mismo tiempo todas nuestras emociones.
Sudados, cansados y en silencio, dejamos que nuestros cuerpos se recuperaran.
Lo miré vestirse con una nostalgia que invadía mi cuerpo. Una vez listo, lo acompañé a la puerta y lo besé sabiendo, sin que hiciera falta decirlo, que debía ser una despedida.
Se fue.
La puerta se cerró.
Y debo confesar que ya lo estaba extrañando otra vez.