EI Profesor
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Son las 7:30 de la mañana cuando suena el despertador, a duras penas abro un ojo y miro el calendario para corroborar que es miércoles, día de gimnasio. Ya me había propuesto desde el inicio a no fallar mi asistencia de tres días a la semana; así llevaba cuatro años de aplicado entrenamiento con la ayuda de mi personal trainer.
Aquella mañana estaba helada y tenía pocas ganas de levantarme, ¿y si hoy hago una excepción? Podría dormir dos horas más y así capear aquella fría mañana de mayo. Pero hoy es miércoles y va a estar la Francisca, la Pauli, la Vero y la otra chica nueva que no sé su nombre. Eso fue suficiente motivación para dar un salto fuera de mi cama y partir al gimnasio.
Mi profe me esperaba con su entusiasmo habitual, “¡Hoy nos toca piernas!”, me dijo, a lo cual yo respondí con una mueca de resignación. ¡Vamos! Me dije, y así partimos con la rutina. Veo entrar a la Fran, la milf más rica del gimnasio, me ve, se dirige hacia mí y me saluda entusiasta; intercambiamos un par de palabras, y cuando me dio la espalda, no pude evitar mirar esa maravillosa cola. Aquel día llevaba unas calzas blancas ¡Dios mío!, pensé. Al poco rato veo a la Pauli calentando para iniciar su rutina. Me acerco para saludarla y ella me abraza y me regala un beso bien calentón en la mejilla. ¡Qué pendeja más rica! pensé. Llevaba puesta una diminuta polerita que dejaba a la vista su minúscula cintura, aquel día se había colocado aquellas calzas grises que tanto me calentaban. Intercambiamos algunas palabras hasta que mi profe me llama para proseguir con la rutina. Me puso a hacer sentadillas, con dos discos de 45 libras por lado, “¡cuatro sesiones de diez repeticiones!” me dijo…
Aun no terminaba la primera sesión cuando veo entrar a la chica nueva. Llevaba un mes entrenando y venía los lunes, miércoles y viernes, igual que yo. Pasa por mi lado y me mira de reojo, luego baja la mirada y se instala a no más de cuatro metros de donde estaba yo. Se saca el polerón que llevaba puesto, dejando ver un minúsculo peto blanco con un generoso escote que dejaba ver bastante de aquellos maravillosos pechos. Comienza a estirar, y al poco rato se saca el pantalón de buzo, ¡uff! Pensé; llevaba puesto unas calzas rojas de media pierna, de aquellas que se meten entre las nalgas. No sé si lo hizo a propósito, pero comenzó a estirar al frente mío, elongando sus piernas, flectaba su cintura parando su cola al frente mío. A esas alturas ya había perdido la cuenta de cuántas sentadillas llevaba. Trataba de no ser tan evidente, pero era imposible despegar los ojos de aquella maravillosa cola. Ella se daba cuenta; se vez en cuando me miraba de reojo y sonreía. Claramente disfrutaba al verme sufrir.
Era de todo mi gusto: su estatura no superaba el metro sesenta (a los hombres altos nos gustan las pequeñas), su pelo castaño le llegaba hasta sus nalgas; me encantaba su rostro, no era precisamente linda, pero si atractiva. Era la típica compañera de trabajo con cara calentona. Su edad era un misterio, tal vez no superaba los treinta años, pero tenía mis dudas, pues perfectamente podría ser una teen. Su cuerpo era perfecto, porque si bien no era un cuerpo fitness, si se notaba que entrenaba bastante.
Eran cerca de las 10 am cuando termino mi rutina de ejercicios, parto a mi casa para ducharme y partir a mi oficina. Mientras manejaba mi auto, aun venían a mi mente flashback de aquella maravillosa cola.
Pasaron los días. Era viernes y pensé que sería bueno hacerme un “cariñito”. Me metí a la página de El Silencio y revisé el catálogo de chicas que estaban publicadas. Me fui directo al apartado de “Primera vez” y, sin saber por qué, una chica llamó poderosamente mi atención. Al revisar su perfil, sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda, ¡era igual a la chica nueva del gimnasio! Si bien en la publicación la musa ocultaba su rostro, su cuerpo, color de cabello, estatura, era exactamente igual. Lo único que me hizo dudar, es que en la publicación la chica no tenía tatuajes, pero la chica del gimnasio sí tenía uno en el brazo y en su pierna. Pensé que era bastante razonable que se borrara los tatuajes en la publicación para proteger su identidad.
Estaba seguro de que era ella, y acá surgió mi duda: ¿le escribo?, ¿qué va a pasar cuando ella me vea y me reconozca?, ¿querrá atenderme? Me hice un caldo de cabeza, y así estuve toda la tarde de aquel viernes dándole vueltas en mi mente. Así llegó el sábado, ya con la decisión tomada: le iba a escribir. Esperé hasta el mediodía y le mandé el mensaje por WhastApp. Pasaron 10 minutos, media hora, una hora… y no me respondía. Ya había asumido mi derrota; seguramente me había reconocido en mi foto de perfil y decidió no atenderme. Decidí salir al Mall Alto las Condes a almorzar, a ver si así logro distraerme un poco y así dejar de darle vueltas al asunto. Y así fue, llegué al mall y me dirigí directamente al boulevard a buscar algún restaurante donde almorzar. Logré olvidarme del asunto, y estaba pagando la cuenta cuando siento me llega una notificación al celular. Me saltó el corazón, aunque traté de no hacerme ilusiones, saqué el móvil de mi bolsillo y al revisarlo, efectivamente tenía una notificación de WhatsApp. Sentí un escalofrío en mi espalda cuando corroboré que era ella. Su respuesta era el típico mensaje de bienvenida con los detalles de sus servicios y adicionales. Nada más. Le respondo y en cosa de diez minutos logramos agendar para aquel mismo día a las 9 pm. No lo podía creer, ¿no me habrá reconocido? La verdad, sus mensajes habían sido bastantes escuetos, y para ser honestos, no quise arriesgarme con mensajes haciéndome el lindo o el chistoso.
A las 7 pm ya estaba de vuelta en mi casa, y dediqué toda esa tarde en ducharme, acicalarme y a prepararme para el encuentro con la chica. Se me hizo eterno todo ese rato. Recuerdo que eran las 20:30 hrs cuando decido partir en dirección a las famosas “torres del placer” de Avenida Kennedy. Llego quince minutos antes y me estaciono fuera del edificio para hacer tiempo. A las 20:55 le escribo para decirle que ya había llegado. Ella me responde inmediatamente y me da las indicaciones para ingresar al edificio. Una vez en el ascensor, marco el piso número 11 del edificio. Les juro que aquellos once pisos duraron una hora. Una vez frente a la puerta del departamento surgieron varias preguntas: ¿Y si no es ella?, ¿y si me reconoce una vez dentro y me manda de vuelta? Mi corazón latía a mil, toco el timbre y no pasaron más de unos segundos cuando se abre la puerta. Estaba aterrado, recuerdo que cuando ingresé al departamento no me atreví a verle la cara. Ella aparece detrás de la puerta, y yo, cabeza agacha miré sus pies. Llevaba unas zapatillas Adidas blancas con franjas negras. Comienzo lentamente a subir y veo un tatuaje en su pierna izquierda, al llegar a su cintura veo que llevaba puesto una calza de media pierna de color rojo, un pequeño peto blanco que dejaba a relucir unos maravillosos pechos erectos. En su brazo derecho, estaba el otro tatuaje. Sentía que el corazón se me iba a salir. Cuando la miro a su rostro, ella me sonríe, con la misma risa pícara que me lanzó tantas veces en el gimnasio. No supe que decir, pero ella se encargó de relajar el momento dándome un beso en la boca, para después decirme: “¿Estás listo para entrenar hoy?”.
Ella se empinó para besarme nuevamente; esta vez fue un beso bien apasionado y mojado. Yo bajé mis manos desde su cintura y la agarré de las nalgas para levantarla y besarla con mayor comodidad. Ella cruzó sus piernas alrededor mío y yo, sin dejar en ningún momento de agarrar su cola, la encaminé hacia el dormitorio. Ella quedó de pie sobre la cama, su rostro estaba apenas unos centímetros por sobre el mío. Ella, sin dejar de sonreír, me dice: “¿qué quieres hacer hoy?, ¿piernas, o tren superior?”. Lanza una carcajada, y me dice: “Te tenía loquito, no?”. No respondí, solo comencé a besar su cuello y después el lóbulo de su oreja. Ella acusó inmediatamente recibo con un gemido. Por primera vez desde que entré al departamento, separo mis manos de sus nalgas para proceder a sacarle el peto que llevaba puesto. Para sorpresa mía, no tenía ningún brasier debajo. Sus pechos eran perfectos; sus pezones eran erectos y sensibles. Comienzo suavemente a acariciar con la punta de mi lengua sus pezones. Ella gemía y a ratos tenía espasmos. En un momento, sin aviso, comencé a succionar sus pechos, ella lanzó un alarido de placer, yo lamía aquellos pechos como si en eso se me fuera la vida. A ratos mordía suavemente sus pezones, ella me decía: “¡Si, así me gusta!”. Mientras seguía en aquella afanosa tarea, bajé mis manos y comencé a acariciar aquella cola con el que tantas veces había fantaseado. Sin dejar de besar sus pechos, comencé a bajarle la calza. No llevaba nada debajo. Comencé a explorar con mis manos entre sus nalgas, ella separó un poco sus piernas, y yo, entendiendo perfectamente el mensaje, bajo un poco mi mano derecha hasta palpar su vulva húmeda. En ese momento, paro de succionar sus pechos, nos quedamos mirando a los ojos, ella con mirada suplicante, me pide que le meta los dedos. Aún ella no terminaba de decir “dedos” cuando yo tenía mis dedos en su vagina. Ella lanzó un alarido de placer para después comenzar a gemir. Yo podía sentir el fuego de su interior; estaba completamente lubricada y extasiada. Ella comienza a sacarme la camisa, yo tratando de desabrochar el cinturón para sacarme los pantalones. En cosa de segundos, los dos estábamos completamente desnudos, uno al frente del otro. Yo no podía creer lo que tenía al frente, esa chica era la perfección misma. Ella clavó su mirada en mi miembro erecto, y abrió enormemente sus ojos para después lanzar una risa nerviosa. No dijo nada, pero sabía perfectamente lo que estaba pensando. No me demoré mucho tiempo en tomarla en brazos y recostarla en la cama, dejándola boca arriba. La agarré de la cintura para arrastrarla al borde de la cama. La cama era alta, la altura perfecta para lo que vendría después. No tuve necesidad de decirle que abriera las piernas, ella me miraba a los ojos con expresión suplicante. Agarró mi miembro, su pequeña mano apenas podía con aquel monstruo, lo dirigió hacia su vulva y me dijo: “Métemelo despacito”. Ella temblaba, introduje solo el glande y ella lanzó un gemido de placer. Después me suplicó: “Métemelo entero”. A esas alturas ya no aguantaba más; apoyé mis manos en la cama para tomar impulso, e introduje completamente mi miembro en su estrecha vagina. Ella lanzó un alarido de placer y comenzó casi inmediatamente con espasmos. Yo no aflojé el ritmo y al poco rato acabamos los dos juntos, y al mismo tiempo.
No voy a entrar en detalles en lo que vino después. Solo decir que el segundo round fue memorable.
Son las 7:30 de la mañana cuando suena el despertador, a duras penas abro un ojo y miro el calendario para corroborar que es lunes, día de gimnasio. A pesar del frío, me levanté de un salto. Parto al gimnasio, mi profesor me esperaba, me saluda alegremente y me dice: “¡Hoy nos toca espalda!”. Y así parto mi rutina; aparece la Fran y me saluda. La Pauli me hace señas desde el otro extremo del gimnasio para saludarme. Andaba con unas calzas negras que se le veían espectacular. Ya había pasado media hora de entrenamiento, y me sorprendí al constatar que “la chica nueva” aún no llegaba. No llegó el lunes, ni el miércoles, y el viernes decido preguntar en la recepción. La respuesta me dejó helado: La chica estaba de vacaciones en Chile. Se volvió a EEUU. Una vez que termino de entrenar, me subo al auto e inmediatamente reviso la página de El Silencio. Mis peores sospechas se cumplían. La chica ya no estaba publicada.
Yo suelo borrar los contactos de las chicas una vez que las visito. Esta vez no fue la excepción. Nunca más supe de ella.
Pasaron varios meses. Estaba en una reunión de trabajo cuando recibo una notificación en mi celular. Era un mensaje de WhatsApp, un número desconocido. Reviso y había un escueto mensaje que decía:
“¿Estás listo para entrenar hoy?”
Aquella mañana estaba helada y tenía pocas ganas de levantarme, ¿y si hoy hago una excepción? Podría dormir dos horas más y así capear aquella fría mañana de mayo. Pero hoy es miércoles y va a estar la Francisca, la Pauli, la Vero y la otra chica nueva que no sé su nombre. Eso fue suficiente motivación para dar un salto fuera de mi cama y partir al gimnasio.
Mi profe me esperaba con su entusiasmo habitual, “¡Hoy nos toca piernas!”, me dijo, a lo cual yo respondí con una mueca de resignación. ¡Vamos! Me dije, y así partimos con la rutina. Veo entrar a la Fran, la milf más rica del gimnasio, me ve, se dirige hacia mí y me saluda entusiasta; intercambiamos un par de palabras, y cuando me dio la espalda, no pude evitar mirar esa maravillosa cola. Aquel día llevaba unas calzas blancas ¡Dios mío!, pensé. Al poco rato veo a la Pauli calentando para iniciar su rutina. Me acerco para saludarla y ella me abraza y me regala un beso bien calentón en la mejilla. ¡Qué pendeja más rica! pensé. Llevaba puesta una diminuta polerita que dejaba a la vista su minúscula cintura, aquel día se había colocado aquellas calzas grises que tanto me calentaban. Intercambiamos algunas palabras hasta que mi profe me llama para proseguir con la rutina. Me puso a hacer sentadillas, con dos discos de 45 libras por lado, “¡cuatro sesiones de diez repeticiones!” me dijo…
Aun no terminaba la primera sesión cuando veo entrar a la chica nueva. Llevaba un mes entrenando y venía los lunes, miércoles y viernes, igual que yo. Pasa por mi lado y me mira de reojo, luego baja la mirada y se instala a no más de cuatro metros de donde estaba yo. Se saca el polerón que llevaba puesto, dejando ver un minúsculo peto blanco con un generoso escote que dejaba ver bastante de aquellos maravillosos pechos. Comienza a estirar, y al poco rato se saca el pantalón de buzo, ¡uff! Pensé; llevaba puesto unas calzas rojas de media pierna, de aquellas que se meten entre las nalgas. No sé si lo hizo a propósito, pero comenzó a estirar al frente mío, elongando sus piernas, flectaba su cintura parando su cola al frente mío. A esas alturas ya había perdido la cuenta de cuántas sentadillas llevaba. Trataba de no ser tan evidente, pero era imposible despegar los ojos de aquella maravillosa cola. Ella se daba cuenta; se vez en cuando me miraba de reojo y sonreía. Claramente disfrutaba al verme sufrir.
Era de todo mi gusto: su estatura no superaba el metro sesenta (a los hombres altos nos gustan las pequeñas), su pelo castaño le llegaba hasta sus nalgas; me encantaba su rostro, no era precisamente linda, pero si atractiva. Era la típica compañera de trabajo con cara calentona. Su edad era un misterio, tal vez no superaba los treinta años, pero tenía mis dudas, pues perfectamente podría ser una teen. Su cuerpo era perfecto, porque si bien no era un cuerpo fitness, si se notaba que entrenaba bastante.
Eran cerca de las 10 am cuando termino mi rutina de ejercicios, parto a mi casa para ducharme y partir a mi oficina. Mientras manejaba mi auto, aun venían a mi mente flashback de aquella maravillosa cola.
Pasaron los días. Era viernes y pensé que sería bueno hacerme un “cariñito”. Me metí a la página de El Silencio y revisé el catálogo de chicas que estaban publicadas. Me fui directo al apartado de “Primera vez” y, sin saber por qué, una chica llamó poderosamente mi atención. Al revisar su perfil, sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda, ¡era igual a la chica nueva del gimnasio! Si bien en la publicación la musa ocultaba su rostro, su cuerpo, color de cabello, estatura, era exactamente igual. Lo único que me hizo dudar, es que en la publicación la chica no tenía tatuajes, pero la chica del gimnasio sí tenía uno en el brazo y en su pierna. Pensé que era bastante razonable que se borrara los tatuajes en la publicación para proteger su identidad.
Estaba seguro de que era ella, y acá surgió mi duda: ¿le escribo?, ¿qué va a pasar cuando ella me vea y me reconozca?, ¿querrá atenderme? Me hice un caldo de cabeza, y así estuve toda la tarde de aquel viernes dándole vueltas en mi mente. Así llegó el sábado, ya con la decisión tomada: le iba a escribir. Esperé hasta el mediodía y le mandé el mensaje por WhastApp. Pasaron 10 minutos, media hora, una hora… y no me respondía. Ya había asumido mi derrota; seguramente me había reconocido en mi foto de perfil y decidió no atenderme. Decidí salir al Mall Alto las Condes a almorzar, a ver si así logro distraerme un poco y así dejar de darle vueltas al asunto. Y así fue, llegué al mall y me dirigí directamente al boulevard a buscar algún restaurante donde almorzar. Logré olvidarme del asunto, y estaba pagando la cuenta cuando siento me llega una notificación al celular. Me saltó el corazón, aunque traté de no hacerme ilusiones, saqué el móvil de mi bolsillo y al revisarlo, efectivamente tenía una notificación de WhatsApp. Sentí un escalofrío en mi espalda cuando corroboré que era ella. Su respuesta era el típico mensaje de bienvenida con los detalles de sus servicios y adicionales. Nada más. Le respondo y en cosa de diez minutos logramos agendar para aquel mismo día a las 9 pm. No lo podía creer, ¿no me habrá reconocido? La verdad, sus mensajes habían sido bastantes escuetos, y para ser honestos, no quise arriesgarme con mensajes haciéndome el lindo o el chistoso.
A las 7 pm ya estaba de vuelta en mi casa, y dediqué toda esa tarde en ducharme, acicalarme y a prepararme para el encuentro con la chica. Se me hizo eterno todo ese rato. Recuerdo que eran las 20:30 hrs cuando decido partir en dirección a las famosas “torres del placer” de Avenida Kennedy. Llego quince minutos antes y me estaciono fuera del edificio para hacer tiempo. A las 20:55 le escribo para decirle que ya había llegado. Ella me responde inmediatamente y me da las indicaciones para ingresar al edificio. Una vez en el ascensor, marco el piso número 11 del edificio. Les juro que aquellos once pisos duraron una hora. Una vez frente a la puerta del departamento surgieron varias preguntas: ¿Y si no es ella?, ¿y si me reconoce una vez dentro y me manda de vuelta? Mi corazón latía a mil, toco el timbre y no pasaron más de unos segundos cuando se abre la puerta. Estaba aterrado, recuerdo que cuando ingresé al departamento no me atreví a verle la cara. Ella aparece detrás de la puerta, y yo, cabeza agacha miré sus pies. Llevaba unas zapatillas Adidas blancas con franjas negras. Comienzo lentamente a subir y veo un tatuaje en su pierna izquierda, al llegar a su cintura veo que llevaba puesto una calza de media pierna de color rojo, un pequeño peto blanco que dejaba a relucir unos maravillosos pechos erectos. En su brazo derecho, estaba el otro tatuaje. Sentía que el corazón se me iba a salir. Cuando la miro a su rostro, ella me sonríe, con la misma risa pícara que me lanzó tantas veces en el gimnasio. No supe que decir, pero ella se encargó de relajar el momento dándome un beso en la boca, para después decirme: “¿Estás listo para entrenar hoy?”.
Ella se empinó para besarme nuevamente; esta vez fue un beso bien apasionado y mojado. Yo bajé mis manos desde su cintura y la agarré de las nalgas para levantarla y besarla con mayor comodidad. Ella cruzó sus piernas alrededor mío y yo, sin dejar en ningún momento de agarrar su cola, la encaminé hacia el dormitorio. Ella quedó de pie sobre la cama, su rostro estaba apenas unos centímetros por sobre el mío. Ella, sin dejar de sonreír, me dice: “¿qué quieres hacer hoy?, ¿piernas, o tren superior?”. Lanza una carcajada, y me dice: “Te tenía loquito, no?”. No respondí, solo comencé a besar su cuello y después el lóbulo de su oreja. Ella acusó inmediatamente recibo con un gemido. Por primera vez desde que entré al departamento, separo mis manos de sus nalgas para proceder a sacarle el peto que llevaba puesto. Para sorpresa mía, no tenía ningún brasier debajo. Sus pechos eran perfectos; sus pezones eran erectos y sensibles. Comienzo suavemente a acariciar con la punta de mi lengua sus pezones. Ella gemía y a ratos tenía espasmos. En un momento, sin aviso, comencé a succionar sus pechos, ella lanzó un alarido de placer, yo lamía aquellos pechos como si en eso se me fuera la vida. A ratos mordía suavemente sus pezones, ella me decía: “¡Si, así me gusta!”. Mientras seguía en aquella afanosa tarea, bajé mis manos y comencé a acariciar aquella cola con el que tantas veces había fantaseado. Sin dejar de besar sus pechos, comencé a bajarle la calza. No llevaba nada debajo. Comencé a explorar con mis manos entre sus nalgas, ella separó un poco sus piernas, y yo, entendiendo perfectamente el mensaje, bajo un poco mi mano derecha hasta palpar su vulva húmeda. En ese momento, paro de succionar sus pechos, nos quedamos mirando a los ojos, ella con mirada suplicante, me pide que le meta los dedos. Aún ella no terminaba de decir “dedos” cuando yo tenía mis dedos en su vagina. Ella lanzó un alarido de placer para después comenzar a gemir. Yo podía sentir el fuego de su interior; estaba completamente lubricada y extasiada. Ella comienza a sacarme la camisa, yo tratando de desabrochar el cinturón para sacarme los pantalones. En cosa de segundos, los dos estábamos completamente desnudos, uno al frente del otro. Yo no podía creer lo que tenía al frente, esa chica era la perfección misma. Ella clavó su mirada en mi miembro erecto, y abrió enormemente sus ojos para después lanzar una risa nerviosa. No dijo nada, pero sabía perfectamente lo que estaba pensando. No me demoré mucho tiempo en tomarla en brazos y recostarla en la cama, dejándola boca arriba. La agarré de la cintura para arrastrarla al borde de la cama. La cama era alta, la altura perfecta para lo que vendría después. No tuve necesidad de decirle que abriera las piernas, ella me miraba a los ojos con expresión suplicante. Agarró mi miembro, su pequeña mano apenas podía con aquel monstruo, lo dirigió hacia su vulva y me dijo: “Métemelo despacito”. Ella temblaba, introduje solo el glande y ella lanzó un gemido de placer. Después me suplicó: “Métemelo entero”. A esas alturas ya no aguantaba más; apoyé mis manos en la cama para tomar impulso, e introduje completamente mi miembro en su estrecha vagina. Ella lanzó un alarido de placer y comenzó casi inmediatamente con espasmos. Yo no aflojé el ritmo y al poco rato acabamos los dos juntos, y al mismo tiempo.
No voy a entrar en detalles en lo que vino después. Solo decir que el segundo round fue memorable.
Son las 7:30 de la mañana cuando suena el despertador, a duras penas abro un ojo y miro el calendario para corroborar que es lunes, día de gimnasio. A pesar del frío, me levanté de un salto. Parto al gimnasio, mi profesor me esperaba, me saluda alegremente y me dice: “¡Hoy nos toca espalda!”. Y así parto mi rutina; aparece la Fran y me saluda. La Pauli me hace señas desde el otro extremo del gimnasio para saludarme. Andaba con unas calzas negras que se le veían espectacular. Ya había pasado media hora de entrenamiento, y me sorprendí al constatar que “la chica nueva” aún no llegaba. No llegó el lunes, ni el miércoles, y el viernes decido preguntar en la recepción. La respuesta me dejó helado: La chica estaba de vacaciones en Chile. Se volvió a EEUU. Una vez que termino de entrenar, me subo al auto e inmediatamente reviso la página de El Silencio. Mis peores sospechas se cumplían. La chica ya no estaba publicada.
Yo suelo borrar los contactos de las chicas una vez que las visito. Esta vez no fue la excepción. Nunca más supe de ella.
Pasaron varios meses. Estaba en una reunión de trabajo cuando recibo una notificación en mi celular. Era un mensaje de WhatsApp, un número desconocido. Reviso y había un escueto mensaje que decía:
“¿Estás listo para entrenar hoy?”
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