BenniBlanco
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Hace muchos años, cuando me tocó vivir mi primera experiencia laboral, tenía que realizar la práctica profesional correspondiente. Joven y entusiasta, quise hacerla en una multinacional y por un plazo mayor al solicitado.
Un día de julio comencé mi primer día. Nervioso, me presenté ante quien sería mi jefa durante los próximos seis meses. Yo tenía unos 23 o 24 años y ella acababa de cumplir treinta. Congeniamos desde el primer minuto y pronto se generó una amistad, además de mucha complicidad.
Pasaron los meses y comenzaron a aparecer señales de interés. Nuestros compañeros de trabajo, e incluso la jefa de ella, nos molestaban diciendo que terminaríamos juntos. Pero yo, como típico joven (y hombre), no captaba las indirectas por ningún lado. En retrospectiva, más directas no podían haber sido.
Había masajitos en los hombros por aquí y por allá en plena oficina. Los viernes se salía a las dos, por lo que el almuerzo con ella y nuestros compañeros generalmente iba acompañado de pisco sour. Después, ella y yo nos íbamos a un parque cercano a fumarnos un pito.
Cuando estábamos solos fumando, al principio solamente conversábamos de todo. Con el paso del tiempo comenzó a llegar el buen clima y, un viernes, me pidió que, en vez de dejarla en el metro, la dejara un poco antes porque tenía que ir a depilarse.
"Completa, completa" me dijo.
Nunca me había comentado que fuera a salir con alguien, pero imaginé que iba por ahí y no le presté mayor atención.
El viernes siguiente, como de costumbre, tuvimos nuestro almuerzo con pisco sour. Cuando estábamos por irnos a hacer lo de siempre, mi jefa me preguntó por qué no íbamos mejor a mi casa a tomarnos unas cervezas.
Astuta ella, sabía que yo estaba solo porque mi familia se encontraba de viaje. Accedí entusiasmado, aunque sin imaginar demasiado lo que podía pasar. Más que nada, estaba emocionado por fumarme unos pitos y tomar cerveza aprovechando el rico sol de noviembre de ese año.
Pasamos al supermercado por un twelve-pack y llegamos a mi casa.
Tomamos, fumamos y conversamos durante toda la tarde. En un momento me dijo que entráramos y nos sentamos en el sillón de cuero. Estábamos en extremos opuestos, pero ella mantenía una de sus piernas extendida hasta tocar la mía mientras seguíamos tomando cerveza.
Eventualmente ya nos habíamos tomado varias y todavía no habíamos comido nada. Entonces me preguntó si quería que pidiera sushi y que subiéramos a mi pieza a ver una película, lo que me pareció una idea fantástica.
Me dijo que pusiera una película romántica clásica de esos años. Comenzamos a verla mientras comíamos sushi de a poco, y ella me pedía que le diera la comida directamente en la boca (la logística de lo contrario era díficil, pensaba yo).
Yo, concentrado en la trama de la película y en darle de comer a mi jefa, todavía no me percataba de la situación en la que me había metido. La película avanzaba, el sushi se terminó, yo seguía impávido y ella, aparentemente esperando que yo diera el primer paso, finalmente no se aguantó.
Se encaramó arriba mío, como una vaquera, y comenzó a besarme el cuello ardientemente.
Debo admitir que durante los primeros segundos quedé en shock y no sabía qué hacer. Nunca había entendido las mil y una señales que me había dado. Sin embargo, rápidamente comprendí que era algo que no podía dejar pasar.
Los besos en el cuello se transformaron en besos con lengua apasionados. En un momento la miré encima mío: llevaba una polera rosada escotada y, por la posición en la que estaba, sus senos se veían absolutamente espectaculares.
Ella se dio cuenta de que yo estaba mirando. Me agarró las manos y las deslizó por debajo de su sostén para que pudiera tocarla y sentir sus tetas completas.
De un minuto a otro tenía a mi jefa encima mío y le estaba tocando las tetas.
Rápidamente sentí la necesidad de sacarle su hermosa polera y el sostén, mientras ella me quitaba la polera a mí. Estoy seguro de que la imagen de tenerla encima mío, en jeans y con las tetas al aire, me va a acompañar durante el resto de mi vida.
Ella volvió a inclinarse para seguir besándome. Mientras yo le acariciaba los pezones, comenzó a hacer movimientos pélvicos que me tenían con las revoluciones a mil.
Sintió que yo ya estaba listo para seguir (por lo dura que la debo haber tenido), se deslizó un poco hacia atrás y comenzó a desabrocharme el pantalón. Yo me sentí en la obligación de reciprocar, aunque lo hice de una manera un poco torpe y chistosa.
Pero en medio de la calentura no importa nada. En un par de segundos, los dos estábamos prácticamente desnudos.
Ella tomó mi pene, que ya estaba completamente listo, y comenzó a masturbarme.
"No sabes hace cuánto tiempo quiero chuparte el pico" —me dijo.
En ese momento, si bien no era virgen, tampoco tenía tanta experiencia sexual. Sabía perfectamente que, si me hacía sexo oral inmediatamente, el momento iba a terminar muuuy pronto. Por eso le ofrecí chupársela a ella primero.
Aunque la idea le encantaba, me miró con cara de pena.
No quieres que te la chupe?
Cuando le expliqué el motivo, se cagó de la risa y abrió las piernas para que pudiera comenzar a comérsela.
Le saqué los calzones, lo único de ropa que todavía llevaba puesto, y me sorprendí al ver que tenía una concha hermosa y deliciosa. Además, estaba completamente depilada.
Te gusta? Me la depilé para ti, como me dijiste que te gustaban —me comentó.
En ese momento entendí lo que me había dicho el viernes anterior. Ni siquiera recordaba haberle contado que me gustaban así, pero finalmente comprendí todo y la situación me calentó todavía más.
Creo que debo haber pasado unos cuarenta minutos comiéndole la vagina a mi jefa. Al día siguiente incluso me dolía la mandíbula. En ese rato tuvo varios orgasmos, pero nunca me dijo que parara.
Su sabor era una cosa hermosa. Yo lo estaba disfrutando tanto que, cuando me pidió devolverme el favor, todavía seguía completamente erecto.
Entusiasmada, me escupió el pene y comenzó a pasarle la lengua, metiéndoselo poco a poco en la boca. De la nada se lo metió completo y se notaba que no tenía ninguna intención de parar.
Nunca me la habían chupado así. En ese momento sentí que, en realidad, nunca había culeado de verdad antes.
Después de un rato disfrutando de su boca y de las expertas manos de mi jefa, le advertí que, si no paraba, me iba a ir en su boca. Eso no hizo que se detuviera, sino que pareció motivarla todavía más.
Obviamente, terminé eyaculando en ella.
Incluso después de que acabé, no dejaba de chupármela. Yo le decía que parara (aunque en verdad no quería que lo hiciera y aún no lo sabía) Ella seguía, y esa mezcla de sensibilidad y placer se transformó en una tortura rica y hermosa.
Cuando finalmente paró de chuparmela, la reté en tono de broma.
Maldita, yo quería culear!
Pero ella me dio a entender que todavía quedaba mucha noche por delante.
Y así fue. Aún quedaban siete horas de sexo: cuatro polvos durante esa noche y otros dos a la mañana siguiente.
Eventualmente nos dimos una última ducha. Ella volvió a ponerse los jeans y la polera rosada del día anterior, y después fui a dejarla.
Con los años volvimos a tener sexo varias veces. Siempre fue exquisito, pero nunca volvió a ser como ese primer día.
Como podrán imaginar, aprobé la práctica! Finalmente me quedé trabajando en la empresa gracias a mi duro trabajo y a la recomendación de mi jefa.
Un día de julio comencé mi primer día. Nervioso, me presenté ante quien sería mi jefa durante los próximos seis meses. Yo tenía unos 23 o 24 años y ella acababa de cumplir treinta. Congeniamos desde el primer minuto y pronto se generó una amistad, además de mucha complicidad.
Pasaron los meses y comenzaron a aparecer señales de interés. Nuestros compañeros de trabajo, e incluso la jefa de ella, nos molestaban diciendo que terminaríamos juntos. Pero yo, como típico joven (y hombre), no captaba las indirectas por ningún lado. En retrospectiva, más directas no podían haber sido.
Había masajitos en los hombros por aquí y por allá en plena oficina. Los viernes se salía a las dos, por lo que el almuerzo con ella y nuestros compañeros generalmente iba acompañado de pisco sour. Después, ella y yo nos íbamos a un parque cercano a fumarnos un pito.
Cuando estábamos solos fumando, al principio solamente conversábamos de todo. Con el paso del tiempo comenzó a llegar el buen clima y, un viernes, me pidió que, en vez de dejarla en el metro, la dejara un poco antes porque tenía que ir a depilarse.
"Completa, completa" me dijo.
Nunca me había comentado que fuera a salir con alguien, pero imaginé que iba por ahí y no le presté mayor atención.
El viernes siguiente, como de costumbre, tuvimos nuestro almuerzo con pisco sour. Cuando estábamos por irnos a hacer lo de siempre, mi jefa me preguntó por qué no íbamos mejor a mi casa a tomarnos unas cervezas.
Astuta ella, sabía que yo estaba solo porque mi familia se encontraba de viaje. Accedí entusiasmado, aunque sin imaginar demasiado lo que podía pasar. Más que nada, estaba emocionado por fumarme unos pitos y tomar cerveza aprovechando el rico sol de noviembre de ese año.
Pasamos al supermercado por un twelve-pack y llegamos a mi casa.
Tomamos, fumamos y conversamos durante toda la tarde. En un momento me dijo que entráramos y nos sentamos en el sillón de cuero. Estábamos en extremos opuestos, pero ella mantenía una de sus piernas extendida hasta tocar la mía mientras seguíamos tomando cerveza.
Eventualmente ya nos habíamos tomado varias y todavía no habíamos comido nada. Entonces me preguntó si quería que pidiera sushi y que subiéramos a mi pieza a ver una película, lo que me pareció una idea fantástica.
Me dijo que pusiera una película romántica clásica de esos años. Comenzamos a verla mientras comíamos sushi de a poco, y ella me pedía que le diera la comida directamente en la boca (la logística de lo contrario era díficil, pensaba yo).
Yo, concentrado en la trama de la película y en darle de comer a mi jefa, todavía no me percataba de la situación en la que me había metido. La película avanzaba, el sushi se terminó, yo seguía impávido y ella, aparentemente esperando que yo diera el primer paso, finalmente no se aguantó.
Se encaramó arriba mío, como una vaquera, y comenzó a besarme el cuello ardientemente.
Debo admitir que durante los primeros segundos quedé en shock y no sabía qué hacer. Nunca había entendido las mil y una señales que me había dado. Sin embargo, rápidamente comprendí que era algo que no podía dejar pasar.
Los besos en el cuello se transformaron en besos con lengua apasionados. En un momento la miré encima mío: llevaba una polera rosada escotada y, por la posición en la que estaba, sus senos se veían absolutamente espectaculares.
Ella se dio cuenta de que yo estaba mirando. Me agarró las manos y las deslizó por debajo de su sostén para que pudiera tocarla y sentir sus tetas completas.
De un minuto a otro tenía a mi jefa encima mío y le estaba tocando las tetas.
Rápidamente sentí la necesidad de sacarle su hermosa polera y el sostén, mientras ella me quitaba la polera a mí. Estoy seguro de que la imagen de tenerla encima mío, en jeans y con las tetas al aire, me va a acompañar durante el resto de mi vida.
Ella volvió a inclinarse para seguir besándome. Mientras yo le acariciaba los pezones, comenzó a hacer movimientos pélvicos que me tenían con las revoluciones a mil.
Sintió que yo ya estaba listo para seguir (por lo dura que la debo haber tenido), se deslizó un poco hacia atrás y comenzó a desabrocharme el pantalón. Yo me sentí en la obligación de reciprocar, aunque lo hice de una manera un poco torpe y chistosa.
Pero en medio de la calentura no importa nada. En un par de segundos, los dos estábamos prácticamente desnudos.
Ella tomó mi pene, que ya estaba completamente listo, y comenzó a masturbarme.
"No sabes hace cuánto tiempo quiero chuparte el pico" —me dijo.
En ese momento, si bien no era virgen, tampoco tenía tanta experiencia sexual. Sabía perfectamente que, si me hacía sexo oral inmediatamente, el momento iba a terminar muuuy pronto. Por eso le ofrecí chupársela a ella primero.
Aunque la idea le encantaba, me miró con cara de pena.
No quieres que te la chupe?
Cuando le expliqué el motivo, se cagó de la risa y abrió las piernas para que pudiera comenzar a comérsela.
Le saqué los calzones, lo único de ropa que todavía llevaba puesto, y me sorprendí al ver que tenía una concha hermosa y deliciosa. Además, estaba completamente depilada.
Te gusta? Me la depilé para ti, como me dijiste que te gustaban —me comentó.
En ese momento entendí lo que me había dicho el viernes anterior. Ni siquiera recordaba haberle contado que me gustaban así, pero finalmente comprendí todo y la situación me calentó todavía más.
Creo que debo haber pasado unos cuarenta minutos comiéndole la vagina a mi jefa. Al día siguiente incluso me dolía la mandíbula. En ese rato tuvo varios orgasmos, pero nunca me dijo que parara.
Su sabor era una cosa hermosa. Yo lo estaba disfrutando tanto que, cuando me pidió devolverme el favor, todavía seguía completamente erecto.
Entusiasmada, me escupió el pene y comenzó a pasarle la lengua, metiéndoselo poco a poco en la boca. De la nada se lo metió completo y se notaba que no tenía ninguna intención de parar.
Nunca me la habían chupado así. En ese momento sentí que, en realidad, nunca había culeado de verdad antes.
Después de un rato disfrutando de su boca y de las expertas manos de mi jefa, le advertí que, si no paraba, me iba a ir en su boca. Eso no hizo que se detuviera, sino que pareció motivarla todavía más.
Obviamente, terminé eyaculando en ella.
Incluso después de que acabé, no dejaba de chupármela. Yo le decía que parara (aunque en verdad no quería que lo hiciera y aún no lo sabía) Ella seguía, y esa mezcla de sensibilidad y placer se transformó en una tortura rica y hermosa.
Cuando finalmente paró de chuparmela, la reté en tono de broma.
Maldita, yo quería culear!
Pero ella me dio a entender que todavía quedaba mucha noche por delante.
Y así fue. Aún quedaban siete horas de sexo: cuatro polvos durante esa noche y otros dos a la mañana siguiente.
Eventualmente nos dimos una última ducha. Ella volvió a ponerse los jeans y la polera rosada del día anterior, y después fui a dejarla.
Con los años volvimos a tener sexo varias veces. Siempre fue exquisito, pero nunca volvió a ser como ese primer día.
Como podrán imaginar, aprobé la práctica! Finalmente me quedé trabajando en la empresa gracias a mi duro trabajo y a la recomendación de mi jefa.