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Amor con cosplay

Issei

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15/2/25
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Les quería compartir una experiencia que tuve con una ex cosplayer hace ya unos años:
La conocí gracias a una amiga en común. Era cosplayer, y desde el primer momento hubo una chispa entre nosotros. Ella tenía una energía intensa, casi magnética, que se volvía aún más fuerte cada vez que se ponía un traje y asistía a un evento.
Después, al terminar la jornada, parecía que el cosplay la dejaba cargada de emociones y buscaba desahogarse conmigo. No importaba si estábamos en un baño pequeño, una caseta improvisada o incluso un baño químico en medio del bullicio; siempre encontraba la forma de arrastrarme con ella a escondidas.

Ahí, entre risas contenidas y miradas cómplices, me tomaba de la mano y me acercaba para besarme con urgencia. Nuestros cuerpos se reconocían en la penumbra, acariciándonos, dejándose llevar por la intensidad del momento. Primero con calma, como si quisiéramos grabar cada sensación, y luego cada vez más acelerados, hasta sentir que nuestros corazones marcaban el mismo ritmo, entrando y saliendo mientras ella me mordía y jadeaba.

La mamá de ella era súper linda. Era muy joven —mi novia tenía 22, su madre no tenía más de 39— y se notaba que se cuidaba bastante. Tenía esa mezcla rara de timidez y complicidad: también le gustaba el anime, y poco a poco su hija la fue arrastrando hacia el mundo del cosplay.

No iba a los eventos, pero sí se animaba a acompañarnos en algunas sesiones de fotos. Eso sí, con una condición: yo tenía que ser el fotógrafo y las fotos nunca debían salir a la luz, porque le daba vergüenza que alguien supiera.

En una de esas sesiones, después de horas de risas y cambios de vestuario, mi chica me llevó al baño —como ya era costumbre después de posar—, buscando repetir nuestra rutina secreta. Pero esta vez, cuando entramos en la pieza improvisada que usábamos para cambiarnos, no estábamos solos. La mamá de mi novia estaba ahí, recostada en una silla, observándonos en silencio algo avergonzada.

Mi novia me miró y mientras me besaba el cuello me contó que su madre se sentía sola, que ella quería compartir este mundo que había creado conmigo con ella.
Mientras lo decía me iba poco a poco sacando la ropa mientras su madre me miraba y alejaba la mirada.
Su respiración poco a poco se fue agitando mientras mi novia me seguía insistiendo en que la hiciéramos parte de nuestro amor.
Para ser honestos su madre parecía una versión más madura de ella. Tenía los mismos rasgos tiernos, pero enmarcados por curvas que hablaban de experiencia, llamando al deseo, y un aire sereno que la hacía aún más atractiva. Había en ella algo que me descolocaba y me atraía al mismo tiempo.

En esa época era joven y caliente así que luego de un rato de pensar en la situación mientras mi novia me desnudaba y susurraba la idea ya estaba duro y decidido. Nos acercamos a su madres y comenzamos a tocarnos entre los 3. Mi novia me pidió que primero lo hiciera con su madre, así que a tome tiernamente en la cara y le comencé a dar Esos mientras su hija le sacaba el cosplay, poco a poco nos fuimos soltando hasta que nuestra nueva invitada me tomó del pelo y tomó la iniciativa, dándome besos más profundos. Mientras nuestras lenguas se acariciaban la tomé y subí a la mesa para darle sexo oral, luego de un rato se di vuelta y nos conectamos mientras la penetraba por detrás. Mi novia se sumó y así entre risitas y jadeos tuvimos ese primer trío.


Con el tiempo, aquello dejó de ser un experimento aislado y se convirtió en costumbre. Después de cada sesión privada de fotos, nos encerrábamos a cambiarnos y, entre risas nerviosas y miradas cómplices, nos entregábamos los tres a esa intimidad secreta que parecía crecer con cada encuentro.

La dinámica se fue extendiendo más allá de las sesiones. Comencé a quedarme en la casa que ellas arrendaban y, poco a poco, los fines de semana se transformaron en un mundo aparte, reservado solo para nosotros. Eran días intensos, donde parecía que el tiempo se detenía y todo giraba en torno a esa complicidad.

La madre, eso sí, ponía una condición: que siempre estuviera en cosplay. Decía que así le resultaba más fácil no sentirse tan culpable, como si el disfraz borrara las líneas de lo que estaba ocurriendo y lo convirtiera en un juego. Para mí, en ese entonces con lo joven y otaku que era, eso solo añadía un aire distinto a una experiencia que ya era tan surreal como adictiva. Era como si le estuviera dando amor a 4 chicas, mi novia, su madre, y las dos waifus de las que estaban disfrazadas.

Un fin de semana, en medio de uno de esos momentos de intimidad, la puerta se abrió de golpe. Era la tía de mi novia, hermana de su madre, que venía de sorpresa desde el sur.


El silencio duró apenas un instante, pero a mí me pareció eterno. Ella nos observó con una mezcla difícil de describir: sorpresa, incomodidad… y, por un segundo que nunca olvidaré, me pareció ver en su mirada una chispa distinta, como si una parte de ella estuviera tentada de unirse en lugar de escandalizarse.

Pero esa ilusión se desvaneció rápido. Recuperando la compostura, nos lanzó un sermón sobre lo indecente, lo inmoral y lo vergonzoso de lo que había presenciado (cuando entró estaba la madre acostada mientras yo la penetraba, arriba de la cara de la madre estaba su hija que estaba recibiendo sexo oral y además mientras estábamos en eso mi novia y yo nos estábamos comiendo la boca). Sus palabras eran duras, cargadas de reproche, como si quisiera poner orden en un caos que ya era imposible disimular.

A mí me mandó directo a la cocina a vestirme, casi como si fuera un niño castigado. Mientras tanto, ella se quedó con mi novia y su madre, que en ese punto también era parte de mi vida como una novia más, recriminándoles entre susurros airados lo que estábamos haciendo.

Al final, luego de todo el reproche, me pidieron que me fuera y pasé un par de días con la cabeza llena de preguntas.

Nos volvimos a juntar en un mall, frente a un café. Fue ahí cuando me contaron lo que había pasado: la tía las había enfrentado con dureza y les dio un ultimátum claro —o cortaban todo de inmediato, o ella se encargaría de exponerlas frente a la familia, sus círculos de amigos e incluso en lo laboral.

Ellas no querían arriesgarlo todo. Decidieron dar vuelta la página y regresar a una relación normal de madre e hija, sin secretos, sin el riesgo de que todo explotara alrededor. Y en ese momento me pidieron que termináramos.


Me dolió, claro. Había sido una etapa intensa, pero en el fondo sabía que lo nuestro era, cuanto menos, cuestionable. Y aunque me costó aceptarlo, entendí que era lo mejor para ellas… y también para mí.

Aun así, antes de poner el punto final, la madre me pidió algo inesperado: una última salida, una despedida a nuestra manera.

Ese fin de semana arrendamos una pieza en un hotel en Las Condes de una conocida cadena. Desde el viernes hasta el domingo vivimos como si el mundo afuera no existiera. Fueron días intensos, cargados de cariño, risas, complicidad y un fuego que parecía no agotarse nunca. Entre los tres nos entregamos sin reservas, buscando exprimir cada instante, como si quisiéramos tatuarlo en la memoria.

Recuerdo que terminé contracturado, agotado y feliz, como si mi cuerpo mismo quisiera recordarme lo salvaje y único de esa experiencia. Y aun así, el domingo por la noche, después de una última ronda de caricias y besos, llegó el verdadero adiós.

La madre de mi novia me miró con seriedad y me pidió que las borrara de todo: que las bloqueara, que rompiera cualquier puente de contacto. “Así evitaremos la tentación”, dijo, con una firmeza que contrastaba con la ternura de sus ojos. Sabía que era lo correcto, pero sentir cómo se cerraba esa puerta me dejó una mezcla extraña de vacío y gratitud. Antes de cerrar la puerta de la pieza y decir adiós les di un último beso francés con cada una mientras nos corriamos mano. Paramos justo antes de que nos calentáramos mucho y volviéramos a sacarnos la ropa, mientras nos reíamos por lo intensos que nos poníamos.

Con el paso de los meses me fui enterando, a través de amigos en común, que la cosplayer había encontrado una nueva pareja y que poco a poco fue rehaciendo su vida, feliz y sin complicaciones. Me alegré por ella, porque en el fondo sabía que merecía algo más estable, algo menos enredado.

Lo curioso es que, aunque nuestra historia en conjunto quedó atrás, su madre nunca desapareció del todo. Dos veces al año, casi con la puntualidad de un reloj secreto, me escribe para “quitarse el estrés”. Siempre aparece con un cosplay nuevo, como si quisiera mantener vivo ese juego que alguna vez nos unió.
 
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