Por un premio que no caeria nada mal para los malos momentos que ando atravesando...
en una calurosa y siniestra noche de Halloween en Santiago de Chile, la ciudad vibraba con la energía oscura de la celebración. Jeda, una actriz de renombre, caminaba con paso decidido hacia una fiesta secreta en el corazón de la ciudad, envuelta en un corsé negro de encaje que realzaba sus curvas, medias hasta los muslos, y una capa de terciopelo rojo que acariciaba sus hombros desnudos. Su disfraz, una mezcla de bruja y tentación, atraía miradas de intriga y deseo a cada paso.
Al llegar al lugar, un edificio Nuevo ALTO, BLANCO, CONOCIDO y cubierto de enredaderas y telarañas, la atmósfera se tornó intensamente seductora y algo sombría. Al cruzar el umbral del edificio, la atmósfera cambió: una música hipnótica resonaba entre los muros de piedra cubiertos de enredaderas, y un frío inusual recorrió la espalda de Jeda, a pesar del calor de la noche. Las velas apenas iluminaban el espacio, lanzando sombras que se movían como si tuvieran vida propia. Entre esas sombras, un hombre de mirada intensa y disfraz de vampiro se acercó, observándola con una sonrisa enigmática. La química entre ellos fue inmediata, una atracción poderosa e inexplicable, casi como si una presencia sobrenatural los uniera.
Mientras se adentraban en el corazón de la fiesta, donde los susurros y risas inquietantes parecían surgir de las paredes, el hombre la condujo a una habitación apartada. Justo cuando la pasión entre ambos alcanzaba su punto máximo, un ruido sordo interrumpió el momento; un murmullo helado invadió el cuarto. Jeda giró la cabeza, sintiendo una presencia gélida detrás de ella. Una sombra sin rostro los observaba desde la esquina, con ojos brillantes que parecían flotar en la oscuridad.
Un escalofrío recorrió a Jeda mientras el hombre parecía no notarlo, acariciándola como si estuvieran solos. Ella, sin embargo, podía sentir la mirada espectral sobre ellos, una figura que parecía envidiar su vida y deseo, hambrienta de energía. Justo cuando se giró para señalar la figura, ésta desapareció en un susurro, dejándola con una sensación de desasosiego que no la abandonaría esa noche. Aquella experiencia sería inolvidable, marcada no sólo por el fuego de la pasión, sino por un toque de terror que solo Halloween podría desatar.
La pasión entre ellos alcanzó su punto máximo en una habitación apartada, donde las sombras parecían cobrar vida y abrazarlos. Jeda sintió un escalofrío recorrer su cuerpo mientras se entregaban en ese juego de deseo, bajo el embrujo de la noche de Halloween, con la sensación latente de que no estaban solos, como si los antiguos espíritus los observaran, envidiosos de su fuego.