Capuccino
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(Este cuento no es real, y los personajes son ficticios. Es una historia inventada. Publicaré una parte cada día hasta terminar)
Cuando entré al edificio, vi que Claudia miró a su alrededor y no viendo a nadie más, me llamó. Su actitud hacia mí no había cambiado: una mezcla de indiferencia y desprecio. Estaba en la recepción del edificio, junto a una muchacha joven que lloraba. Nadie entendía qué idioma hablaba. Claudia me mandó a buscar un intérprete o alguien que hablara algún idioma además de inglés para ver si podían entender lo que decía.
Yo había trabajado en Brasil, así que para asombro de Claudia y los que estaban allí mirando, me acerqué a la muchacha y le dije: “Oi. Eu sou Eric. por que você está chorando?, como posso te ajudar?”. La chica, de nombre Julia, y con un marcado acento del norte de Brasil me dijo que le habían robado su billetera y su celular y estaba perdida. Necesitaba regresar a su hotel y no conocía ciudad de México, por lo que se había desesperado.
Le dije que no se preocupara, que yo la llevaría a su hotel y la ayudaría. Ella hablaba rápido y con fuerte acento, y eso hacía difícil identificar el idioma.
Hacía tres meses había empezado a trabajar en México, en una oficina de una multinacional que me había llevado para resolver todo tipo de problemas computacionales. Habían despedido a la persona que yo ahora reemplazaba, y su camarilla de amigos, que incluía a Claudia, me habían hecho la vida imposible. Lamentablemente, ella me había gustado desde el primer instante que la vi. Pelo castaño, 1,60mt, cuerpo y cara de diosa. Mi amor platónico.
Claudia me hizo mil preguntas: que qué decía ella, quién era, que cómo yo hablaba ese idioma, que qué idioma era, qué le había dicho. Y no paraba. La miré y con serenidad la interrumpí para decirle: Es una chica brasileña en apuros, y la voy a ayudar. Ahora iré por mis cosas y la acompañaré a su hotel. Si fueras tan gentil de acompañarla mientras tanto, te lo agradecería. Me miró incrédula, y con la boca formando una O de incredulidad. Era la primera vez que yo le estaba dando instrucciones a ella. Y la primera vez que no tenía algo desagradable que responderme.
July resultó un encanto. Conversamos todo el camino hacia su hotel. Nos tomamos una copa e intercambiamos números de cel. Caballerosamente, me despedí extendiendo la mano, pero July me abrazó y me dio un breve beso en los labios. Mi salvador -me dijo- y el suave roce de sus senos fue la suficiente insinuación para encenderme. Imaginé lo que sería subir a su habitación, besar su cuerpo entero, y tenerla en brazos. Pero me contuve. Le dije a July que la llamaría, y volví a casa pensando en masajear y recorrer con mi lengua esos senos que apenas alcancé a sentir. No podía evitarlo. Había estado cerca.
Pero no fue lo único en lo que pensé. También pensé en Claudia y su cara de enojo al verme salir con July del brazo en dirección desconocida. Sabía que la había dejado perpleja al hablar portugués, y darle instrucciones a ella. Nunca me habría imaginado que las cosas cambiarían con ella. Y no estaba seguro de si ahora entraba en una situación mejor, o peor.
Por la noche me escribió July por el celular. Luego me llamó. Me agradeció nuevamente, y me empezó a preguntar sobre mí. Cómo había aprendido portugués, por qué trabajaba en México, si estaba soltero, si quería salir con ella. Fue una conversación larga y nos dormimos tarde. Yo pensando en July y comparándola con Claudia. Esa noche soñé con July, hablándome en portugués mientras tomaba mi miembro en sus manos y lo masajeaba en sus pechos. Me decía obscenidades, tomaba mi miembro en su boca, casi hasta la raíz. Se quedaba unos segundos y se lo sacaba para respirar. Me miraba y me volvía a pedir ayuda en portugués. Luego volvía reanudar su tarea atragantándose. Después de la quinta vez, había explotado en toda su cara. Ella se limpiaba de manera coqueta sin despegar sus ojos de mí. ¿Me acompañas a mi hotel? -preguntaba- Desperté de un salto, entero sudado y con una erección de aquellas. No supe si clasificar mi sueño como malo o bueno. Pero si sabía que pronto volvería a ver a July.
Cuando entré al edificio, vi que Claudia miró a su alrededor y no viendo a nadie más, me llamó. Su actitud hacia mí no había cambiado: una mezcla de indiferencia y desprecio. Estaba en la recepción del edificio, junto a una muchacha joven que lloraba. Nadie entendía qué idioma hablaba. Claudia me mandó a buscar un intérprete o alguien que hablara algún idioma además de inglés para ver si podían entender lo que decía.
Yo había trabajado en Brasil, así que para asombro de Claudia y los que estaban allí mirando, me acerqué a la muchacha y le dije: “Oi. Eu sou Eric. por que você está chorando?, como posso te ajudar?”. La chica, de nombre Julia, y con un marcado acento del norte de Brasil me dijo que le habían robado su billetera y su celular y estaba perdida. Necesitaba regresar a su hotel y no conocía ciudad de México, por lo que se había desesperado.
Le dije que no se preocupara, que yo la llevaría a su hotel y la ayudaría. Ella hablaba rápido y con fuerte acento, y eso hacía difícil identificar el idioma.
Hacía tres meses había empezado a trabajar en México, en una oficina de una multinacional que me había llevado para resolver todo tipo de problemas computacionales. Habían despedido a la persona que yo ahora reemplazaba, y su camarilla de amigos, que incluía a Claudia, me habían hecho la vida imposible. Lamentablemente, ella me había gustado desde el primer instante que la vi. Pelo castaño, 1,60mt, cuerpo y cara de diosa. Mi amor platónico.
Claudia me hizo mil preguntas: que qué decía ella, quién era, que cómo yo hablaba ese idioma, que qué idioma era, qué le había dicho. Y no paraba. La miré y con serenidad la interrumpí para decirle: Es una chica brasileña en apuros, y la voy a ayudar. Ahora iré por mis cosas y la acompañaré a su hotel. Si fueras tan gentil de acompañarla mientras tanto, te lo agradecería. Me miró incrédula, y con la boca formando una O de incredulidad. Era la primera vez que yo le estaba dando instrucciones a ella. Y la primera vez que no tenía algo desagradable que responderme.
July resultó un encanto. Conversamos todo el camino hacia su hotel. Nos tomamos una copa e intercambiamos números de cel. Caballerosamente, me despedí extendiendo la mano, pero July me abrazó y me dio un breve beso en los labios. Mi salvador -me dijo- y el suave roce de sus senos fue la suficiente insinuación para encenderme. Imaginé lo que sería subir a su habitación, besar su cuerpo entero, y tenerla en brazos. Pero me contuve. Le dije a July que la llamaría, y volví a casa pensando en masajear y recorrer con mi lengua esos senos que apenas alcancé a sentir. No podía evitarlo. Había estado cerca.
Pero no fue lo único en lo que pensé. También pensé en Claudia y su cara de enojo al verme salir con July del brazo en dirección desconocida. Sabía que la había dejado perpleja al hablar portugués, y darle instrucciones a ella. Nunca me habría imaginado que las cosas cambiarían con ella. Y no estaba seguro de si ahora entraba en una situación mejor, o peor.
Por la noche me escribió July por el celular. Luego me llamó. Me agradeció nuevamente, y me empezó a preguntar sobre mí. Cómo había aprendido portugués, por qué trabajaba en México, si estaba soltero, si quería salir con ella. Fue una conversación larga y nos dormimos tarde. Yo pensando en July y comparándola con Claudia. Esa noche soñé con July, hablándome en portugués mientras tomaba mi miembro en sus manos y lo masajeaba en sus pechos. Me decía obscenidades, tomaba mi miembro en su boca, casi hasta la raíz. Se quedaba unos segundos y se lo sacaba para respirar. Me miraba y me volvía a pedir ayuda en portugués. Luego volvía reanudar su tarea atragantándose. Después de la quinta vez, había explotado en toda su cara. Ella se limpiaba de manera coqueta sin despegar sus ojos de mí. ¿Me acompañas a mi hotel? -preguntaba- Desperté de un salto, entero sudado y con una erección de aquellas. No supe si clasificar mi sueño como malo o bueno. Pero si sabía que pronto volvería a ver a July.