• Ahora tendrás la oportunidad de ingresar a nuestro foro privado y contar con mayor información, por favor lee las bases AQUÍ.

Plantando la bandera.

luis5acont

Newbie
Registrado
13/2/22
Mensajes
3
Likes recibidos
6
Puntos
10
Plantando la bandera.



Pilar caminaba por la orilla, cargada con su bolsa de playa y un esterillo para tumbarse en la arena.

Estaba contenta. Con cada paso que la acercaba a la parte más retirada de la cala, se le avivaba la expectación de lo que estaba por llegar. Aun pensó en dar media vuelta, pero esta vez fue fácil desechar la idea. No se iba a echar atrás. Estaba excitada y motivada. Hoy sería el día.

Un pareo de gasa oscura la cubría, pero era tan ligero que ella se sentía casi desnuda. A través de la fina tela, podía sentir el calor de los rayos de sol y la bochornosa brisa que la pegaba a su cuerpo, como si de una segunda piel se tratara. El roce debido al contoneante movimiento, la excitaba cual suave caricia. Básicamente porque debajo del pareo, apenas un tanga cubría su cuerpo. Senos y glúteos desnudos, adivinándose al trasluz.

Pensó en el efecto que provocaría en cualquier hombre cuando se lo quitara. No sería la primera vez que se exponía de esa guisa en la playa, pero lo de mostrar su desnudez era algo que siempre le provocaba una subida de adrenalina. Probablemente porque era algo que se había prohibido toda su vida. O más bien, le habían prohibido. Fue su primer tabú roto una vez se divorció.

Recordó a Julián su ex marido. Era el culpable. Siempre preocupado porque no mostrara nada. Incluso en la playa, cuando tomaba el sol, torcía el gesto si ella se desabrochaba la tira trasera del bikini, para no dejar marca. ¡Por Dios, en la época del topless y del nudismo!

Cuanto había deseado Pilar sentir el sol, aunque solo fuera una vez en su vida, calentando sus pezones. El aire acariciando sus tetas blancas como la leche y que poco a poco, fueran poniéndose morenas. Tarea imposible. Cualquier intento, aunque solo fuera una sugerencia, generaba la bronca del siglo. Y ella siempre dando su brazo a torcer. ¡Qué tonta había sido!

Dicen que cuanto más tiempo pasan dos personas juntas más se conocen, pero Pilar creía que ese no era su caso. ¿Dónde estaba ese chico atento y cariñoso con el que se había casado?

No lo reconocía en el hombre que se acostaba con ella. Aquel que cuando tocaba tener sexo, insistía en ver videos porno “porque eso mejoraba las relaciones y los ponía a punto de caramelo”. Aburridas películas que no conseguían ver más de quince minutos. Repetitivas hasta el hartazgo. La misma secuencia de posturas y actos, que a veces solo alteraban el orden. Que solo lo excitaban a él. Ella se identificaba más con las chicas protagonistas: simulando disfrutar pero con la mirada inconfundible de hastío, de desilusión, de estar interpretando un papel para ellos y por ellos. Mujeres que vendían algo que realmente no sentían ni les gustaba.

¿Cómo podía pensar su marido que algo así la estimulaba? ¿Cómo podía Julián no darse cuenta que una sola tarde en la playa, enseñando los pechos, sintiendo el sol y el viento sobre ellos, expuestos y desafiando las miradas, miradas de admiración y deseo de algunos hombres… como no se daba cuenta que eso era mil veces más excitante que cualquier video porno?

Una sola vez mostrándose y siendo objeto, de aunque solo fuera una mirada furtiva, y ella se habría desbocado en la cama. Pero era consciente que la sola alusión a algo así, habría provocado que su marido la mirara como a una loca extraña. Si… extraños es lo que eran después de tantos años de matrimonio.

Por eso, lo primero que hizo cuando se separaron, fue comprase un tanga y salir a la playa a tomar el sol. Su hija veinteañera, se quedó boquiabierta al verla con ese minúsculo trozo de tela que apenas le tapaba el pubis y que por detrás, solo era un hilo que se perdía entre sus nalgas. Y más aún al verla ponerse una camiseta corta sobre los pechos desnudos.

- ¿Y la parte de arriba?

- No hay parte de arriba hija.

- Pero, pero Mamá, ¿Tú te has visto? Si vas medio en cueros…

- Pues el que no quiera que no mire.

- Mamá, joder…

- Tú y tus amigas bien que vais con las tetas fuera…

- No es igual. Si papá te viera…


Ahí fue donde Pilar se cabreó.

- Hija, papá ya no me dice como tengo que ir a la playa. Vete tú también acostumbrando. Y si no, no importa, me voy sola y punto.

Fue el primer día que nerviosa y temblona, se quitó la camiseta en la arena y mostró sus tetas al mundo. Y descubrió (como siempre había sospechado), que le gustaba. Era un sentimiento de libertad y seguridad en sí misma que la atrapó ya para siempre. Y también de morbo. No se le escaparon algunas miradas que atrajeron sus dos buenos pechos, abundantes pero no excesivos.

Lo mejor es que a los tres días, su hija lo veía tan normal que no dudaba en posar con ella para un selfie y además, se lo mandaba a su padre. Las dos en topless en la playa. Hubiese dado la misma vida por ver su cara.

Actualmente, enseñar los pechos y el culo se había convertido ya en una costumbre. Seguía disfrutándolo pero ya no le suponía el subidón que el año anterior. Ya no era una novedad, sino algo que había incorporado a su vida. Y por tanto, una rutina agradable y excitante, pero rutina al fin y al cabo.

Otra fantasía ocupaba ahora sus morbosos sueños. Se imaginaba a sí misma desvistiéndose por completo para ser observada, convirtiéndose en el centro total y absoluto de atención, todas las miradas puestas en su cuerpo. Una sensación de libertad absoluta, mezclada a partes iguales con excitación, la embargaba solo de pensarlo. Mostrar su coñito, convenientemente rasurado aunque no del todo, traspasar la última barrera de su intimidad, ofreciéndola en ofrenda a los ojos ávidos de los hombres que sin duda la rodearían, envarados por el deseo.

Había perdido la cuenta de las veces que se había masturbado con esa ilusión, eso sí, con distintas variantes a cual más interesante: con ellos solo mirando, embelesados; en otras ocasiones masturbándose en corro a su alrededor; quizá permitiendo ella algún contacto físico, alguna caricia con sus manos mientras se daban placer a sí mismos, etc…

Complicado de cumplir en esta ocasión, ella no era tan echada para adelante. ¿Cómo y dónde podría hacer algo así sin exponerse…? No había muchas posibilidades de cumplir esta fantasía…O… ¿acaso sí?

La sola idea de mostrar en toda su integridad su cuerpo, provocaba que el gusanillo del morbo comenzara a andar por su tripa. Lo había compartido con su aún virtual amiga Paqui.

Paqui la había animado a hacerlo, aunque para ella, eso de mostrarse desnuda era ya pura rutina, nada nuevo ni especialmente motivante. A veces, solo un paso a dar antes de llegar a la cama. Otras, en situaciones más motivantes y especiales, lo incluía en el juego de la seducción.

Pilar tenía mucho que aprender de Paqui. Intuía que iba a ser una excelente compañera de viaje en el tema de su nuevo despertar sexual. Era con la única que podía hablar en profundidad los temas, y ya habían decidido que pronto darían el paso de conocerse en persona.

Pero por lo pronto, el siguiente reto estaba allí, apenas a unos 100 metros de distancia en la parte más recóndita y alejada de la playa. Puede que para Paqui no tuviera mucha importancia y fuera algo fácil, pero para ella era una singladura que esperaba con expectación y a la que no estaba dispuesta a renunciar.

Al llegar a al sitio donde la playa hacia un pequeño recodo que acaba en un espolón rocoso, Pilar desacelero aún más el paso, aprovechando para echar una mirada escrutadora al lugar. O más bien, podríamos decir que a las personas que lo ocupaban.

No encontró ningún motivo de prevención o de rechazo con que justificar dar marcha atrás.

Un grupito de escandalosos jóvenes pegados a la pared del acantilado. Agitados ellos y ellas, ante la posibilidad de verse unos a otros desnudos, con las hormonas de la juventud revolviendo sus sentidos. Haciendo lo que siempre hacían cuándo se juntaban en el parque, en la piscina, o en la playa. Pero esta vez con el aliciente de poder verse mutuamente sus vergüenzas.

Para esa camada adolescente no existía nada ni nadie más en aquel rincón.

Pilar tampoco parecía llamar la atención de un par de parejitas que tomaban el sol y descansaban, bajo sus respectivas sombrillas: una más madura que se había llevado sus hamacas de playa y otra que había llegado allí solo con las toallas. Apenas le dirigieron una mirada y luego volvieron a lo suyo

El cuadro lo completaban tres hombres solos, uno joven y dos adultos, más o menos de su misma quinta.

Uno de ellos alzó la cabeza y la observó con atención. Estaba segura que los otros dos también la miraban, parapetados tras las gafas de sol, aunque mantenían un aire indolente, tratando de aparentar indiferencia.

Bueno, pensó, pues allí tenía su público.

Decidió situarse a prudente distancia de todos los demás. Fingiendo desinterés.

Estaba muy interesada en lanzar el mensaje de que se encontraba allí solo para tomar el sol.

Extendió su esterillo y se situó sobre la toalla, marcando cada esquina con una piedra para evitar que la brisa la levantara.

Deshizo el nudo del pareo y este cayó a sus pies, dejándola solo con el tanga. El simple hecho de notar directamente el sol en sus pechos los hizo repuntar, endureciéndose los pezones. Cuando se agachó a recoger el pareo y ponerlo en su bolso de playa, ambas tetas colgaron ingrávidas. Era consciente (y más en esa posición), de que el fino hilo del tanga desaparecía entre sus glúteos, mostrando su culo casi igual que si estuviera totalmente desnudo.

No necesitó mirar a su alrededor para saber que los tres hombres la observaban.

Tras ordenar sus cosas, se quedó un momento de pie, dubitativa. El plan original consistía en quedarse un rato en tanga y luego disimuladamente, como quien no quiere la cosa, desprenderse de él tumbada en la toalla. Que los demás supieran de su desnudez, pero enseñando poco o nada. En fin, actuar muy lentamente para ser el primer día y también para ir acostumbrando el cuerpo y su mente. Lo dicho, estar pero sin enseñar demasiado.

Más adelante sería más descarada.

Sin embargo, sintió un impulso. Estaba allí de pie con solo un minúsculo trozo de tela cubriéndole su pubis, rodeada por gente desconocida y sintiendo las miradas que se clavaban en su cuerpo y entonces, tuvo un arrebato. Sin pensarlo, se desprendió también del tanga.

Permaneció erguida con él en la mano, apretando fuerte y mirando hacia el mar, consciente de estar en público y como su madre la trajo al mundo.

La última barrera, la última muralla, formada por sus tabúes propios o inducidos, había caído.

Era su particular muro de Berlín. Con su derrumbe, había roto ya también con una vida anodina e insulsa; con una existencia agobiante donde ella era poco más que un adorno, una comparsa o el complemento de otros. Ahora se sentía protagonista. Expuesta e inquieta y un poco asustada, pero también viva y eufórica, dueña de su propio destino, sea este el que fuera.

Se giró hacia el interior, mostrándose sin recato, plantando la bandera y aunque un poco nerviosa, se demoró en tomar asiento en la toalla.

Sí, aquí estoy. Miradme, no soy una chavalita, pero me conservo bien. Sé que mis redondeces os gustan: he conseguido captar nuestra atención y despertar vuestro deseo…Aquí he llegado y aquí me quedo. Este es mi sitio, no me iré a ningún otro lado…

Pequeños calambres la recorrieron. Igualmente notó un suave cosquilleo en su entrepierna.

Decidió que ya había llamado bastante la atención y se sentó sobre la toalla. Tomó el bote de crema y echándola sobre la palma de su mano, comenzó a extenderla, dándose un masaje por sus hombros, cuello y pechos, que respondieron rápidamente a la caricia. Cuándo bajó al vientre, el cosquilleo aumentó. Especialmente cuando frotó su depilado pubis.

Le hubiera gustado acariciarse más íntimamente, pero evidentemente no era plan de hacerlo allí a la vista de todos, así que sus manos recorrieron las piernas en un lento suave y metódico masaje, mientras se ponía la crema protectora.

Conforme sus dedos fueron recorriendo la cara interna de los muslos, convergiendo hacia su sexo, Pilar noto un aumento del hormigueo y de la sensibilidad en la zona. Su clítoris empezaba a mandarle señales para reclamar sus caricias. Aún se regodeo un rato más sintiendo cómo se humedecía.

Estaba yendo demasiado lejos así que decidió tumbarse y hacer lo que se supone que había venido a hacer: tomar el sol desnuda.

Cuándo tomaba el moreno en la playa, habitualmente la embargaba un dulce sopor, pero en esta ocasión estaba demasiado agitada, demasiado en tensión como para relajarse y entrar en una situación de vigilia, entre la realidad y el sueño. Aun así, disfrutó de la sensación un rato, tumbada boca abajo y finalmente dándose la vuelta, de forma que el sol acarició sus pechos, vientre y sexo. Los minutos pasaban lentos y espesos. Cualquier sonido parecía amplificado a sus oídos; la caricia del aire la sentía con una especial sensibilidad; creía sentir más calor del que realmente hacía... tenía los sentidos a flor de piel.

Por eso, los pasos sobre la arena no le pasaron inadvertidos y menos todavía, el hecho de que se detuvieran junto a ella. Una sombra se proyectó sobre su rostro, tapándole la luz del sol.

- ¡Hola!

Entreabrió los ojos y vio una silueta masculina a contraluz.

- ¡Hola! Contestó.

- Disculpe ¿veranea usted por la zona?

Era uno de los hombres maduros el que le hablaba. Cuando se aclaró la visión, vio que permanecía de pie junto a ella, completamente desnudo.

Pilar se irguió un poco, apoyándose sobre los codos.

- Tengo un apartamento en la zona de las anclas ¿por qué lo pregunta?

- No se preocupe, no es mi intención molestarla. Simplemente quería alguien que conociera el lugar y que me informara dónde puedo cenar un buen caldero de pescado. Me han dicho que es muy típico de aquí, pero qué solo en unos pocos sitios saben prepararlo como Dios manda.


Pilar lo observó con atención. No parecía peligroso. Educado y correcto, aunque poco original. Estaba claro que lo que menos le interesaba era la gastronomía de la zona. Eso sí, una buena barriguita dejaba claro que le gustaba la buena cocina, aunque al ser un hombre alto y razonablemente corpulento, seguro que con ropa la disimularía muy bien.

Le sorprendió que estuviera totalmente depilado. Y no pudo evitar fijar la vista en su miembro. Un cipote de un tamaño más que razonable, circuncidado y con el glande rosado, colgaba sobre los testículos, que tampoco desmerecían en tamaño.

Tuvo la impresión de que estaba un poco morcillona, quizás de ahí esa apariencia lustrosa y un poco hinchada que la hacía parecer mayor. El que posiblemente fuera debido a ella, era una posibilidad que de inmediato la excitó.

- Pues le han dicho bien, si quiere probar un buen caldero vaya a la venta Luis o al restaurante de la cofradía de pescadores en el puerto. Hay algún restaurante más que lo prepara bueno pero son carísimos. En estos dos encontrará calidad a un buen precio.

- Vaya, pues no sabe cómo se lo agradezco.

- Otra cosa: no se lo recomiendo para cenar, es un plato muy contundente. Mejor al mediodía.

- Bueno, quizás sí lo compartiera… ¿no le apetecería a usted cenar conmigo? es lo menos que puedo hacer después del buen consejo que me ha dado…


Vaya, vaya… así que no se anda con chiquitas. Directo al grano ¿eh?... pensó Pilar.

La verdad es que la situación la estaba poniendo muy cachonda. Un hombre desnudo, posiblemente haciendo esfuerzos para no empalmarse, hablando educadamente con ella como si estuvieran en una cafetería, pidiéndole una cita. No esperaba tanto de su primera incursión en una zona nudista pensó divertida…Se sentó en la toalla y separó las rodillas, apoyando los codos sobre ellas.

Su coñito quedó expuesto aunque en la sombra. Un leve gesto del hombre le indicó que el movimiento no le había pasado desapercibido. Casi se sintió orgullosa de como mantenía el temple, pese a que jamás se había visto antes en una situación parecida. Se daba cuenta que estaba jugando con él, y eso…le gustaba…

- Lo siento, estoy ocupada esta noche, pero se lo agradezco.

- Es una lástima. Pero cuando lo pruebe pensaré en usted. Y por favor… tutéeme…me llamo Rafael.


Ella sonrió y asintió con la cabeza.

- Yo soy Pilar…

- Bueno, pues gracias por la información Pilar. Me vuelvo para mi apartamento. Encantado de conocerte.


Apenas hubo dado unos pasos, Pilar sintió un impulso.

- Rafael…

- ¿Si?

- Si vas a estar unos días por aquí, quizás nos encontremos. A lo mejor una copa sí que puede ser…

- Sería genial…


El rostro del hombre se iluminó. Giró en dirección a las urbanizaciones. Unos metros más allá se paró y se puso el bañador. Aun volvió un par de veces la cabeza hacia Pilar.

Esta, se recreó unos minutos más, solazándose en la toalla y dando tiempo a que el hombre se perdiera de vista. Sentía palpitar sus entrañas y un desasosiego que conocía bien. Miró disimuladamente entre sus piernas cruzadas y vio una mancha de flujo que mojaba la toalla. Un hilito brillante como una tela de araña al sol, surgía de los labios que cerraban el acceso a su vagina.

De repente le entró prisa por irse. Quería llegar pronto al apartamento. Estaba ansiosa por darse una buena ducha con agua tibia, tomarse una cerveza bien fría y meterse en la cama un rato antes de comer. Conmemoraría cada detalle, cada momento de lo sucedido. Se acariciaría recordando al hombre desnudo frente a ella, viendo de nuevo su verga, consciente de estar totalmente expuesta a su mirada, con el morbo de mantener una conversación aparentemente formal en esa situación…si, necesitaba correrse, realmente todo esto la había puesto muy cachonda. Y si pensaba en un nuevo encuentro, quizá casual, aún más. No desdeñó la posibilidad de ir hasta el final con este hombre. De hecho, si no lo veía por el paseo, más adelante volvería a la cala, segura de que él la buscaría allí.

Se colocó el pareo y recogió sus cosas.

La excitación no disminuía mientras se alejaba. Más bien aumentaba. Todo bullía revuelto en su mente y en su bajo vientre. Quizá incluso se saltara la ducha al llegar. Necesitaba dar salida a toda esa tensión.

Y por último, escribiría a Paqui por el móvil. Estaba impaciente por contarle todo.

Ella la entendía bien. Paqui era una adicta al sexo. No en sentido literal, ya que podía controlarse y evitar que afectara a su vida normal. Sabía separar ámbitos. Pero le gustaba y lo necesitaba tanto como respirar. Había probado casi de todo. Su guía, los distintos foros de sexo en los que participaba. Precisamente a través de uno de ellos se habían conocido.

Pilar, la novata que en un arranque de atrevimiento se atrevió a colgar una foto de sus tetas, esperando comentarios que la hicieran sentirse deseada. Como en la playa cuando hacia topless, pero con la diferencia que aquí, desde el anonimato, sí se podía permitir pedir a los hombres que expresaran sin ninguna contención lo que su desnudez les inspiraba. Paqui, la veterana que estaba en todo lo alto del ranking, que incluso colgaba algún que otro video, además de fotos y experiencias.

Habían congeniado bien. Pronto se conocerían en persona. Pilar se estremeció solo de imaginársela de mentora y compañera de aventuras.

Sonrió satisfecha. Por fin había plantado en aquella apartada cala, la bandera de la mujer que deseaba ser. Había sido un día muy interesante. Y aún no había acabado…
 

Panchitomario

VIP Member
Registrado
30/4/10
Mensajes
605
Likes recibidos
769
Puntos
31
Excelente relato, gracias por compartir. Me imagino que la historia continuará.
 

luis5acont

Newbie
Registrado
13/2/22
Mensajes
3
Likes recibidos
6
Puntos
10
Hola, gracias por tu comentario. Este relato si que tiene una segunda parte, que postearé en breve. Forma parte de una recopilacion de microrrelatos que fui publicando en otras webs.

Un saludo!!!!
 

Panchitomario

VIP Member
Registrado
30/4/10
Mensajes
605
Likes recibidos
769
Puntos
31
Hola, gracias por tu comentario. Este relato si que tiene una segunda parte, que postearé en breve. Forma parte de una recopilacion de microrrelatos que fui publicando en otras webs.

Un saludo!!!!
Excelente, esperaremos las aventuras de Pilar.
 

luis5acont

Newbie
Registrado
13/2/22
Mensajes
3
Likes recibidos
6
Puntos
10
Un paso más.



Pilar entreabrió los párpados lentamente. Aún estaba oscuro y le costó adaptar la vista. Las velas se habían consumido y las pocas luces encendidas apenas daban para distinguir algún contorno difuminado.

Echada de costado, lo primero que pudo ver, fue un monte de Venus prominente con algo de vello. Un sexo abultado que destacaba sobre un cuerpo macizo y algo entrado en carnes, que muy bien podría haber sido el suyo. De hecho, es como si se estuviera viendo a sí misma descansando, agotada tras un frenesí que habría durado varias horas.

No era el único cuerpo. Unas cinco personas se repartían en la cama redonda donde ella ocupaba el centro. Un brazo velludo estaba caído sobre su cintura y notaba el contacto de una verga flácida en sus nalgas.

Se incorporó levemente, un poco mareada por el cansancio y el sueño. Sus ojos ya se habían adaptado y recorrió la sala con la mirada. Trataba de escrutar que había quedado en pie tras la batalla. Faltaba mucha gente, pero aún había unas quince personas repartidas por el local: alrededor suyo en la cama, en los sofás, e incluso en el suelo enmoquetado.

Sentía algo húmedo en las nalgas. Llevó su mano atrás y tras recorrer su culo y cintura la retiró manchada de semen. Notó tirantez en la piel, allí donde el esperma empezaba a secarse. Restos de una noche confusa pero excitante. Buscó una de las toallas que había tiradas alrededor. Imposible identificar si era la que le habían dado al llegar. Toda la tarde arreglándose y la primera sorpresa de novata que se encontró, fue que la dirigieron amablemente a una consigna, donde le ofrecieron una gran toalla y le pidieron que se desvistiese completamente, requisito indispensable para acceder a la fiesta. Dejó sus cosas en la taquilla del vestuario y ataviada simplemente con el paño y sus tacones, volvió a salir. Si esas eran las normas pues… a ella le valían.

Ahora, cogió la que tenía más cercana y se limpió. Por un momento, pensó en cubrirse con ella, pero desechó la idea. Se levantó con lentitud, procurando no tropezar con nadie y se acercó a la barra. Tenía sed. Llenó un vaso con agua y bebió con avidez. Luego, se aproximó a uno de los balcones y aparto un poco la gruesa cortina. La casa estaba situada al fondo de un valle y pudo ver como un resplandor rojizo comenzaba a romper la noche por el otro extremo.

Le apeteció ver amanecer desde el ventanal que había en el piso de arriba, una zona abuhardillada con un jacuzzi que ya había visitado a lo largo de la velada. De todas formas, el programa incluía toque de diana a las ocho y desayuno antes de volver a Madrid, así que había tiempo. Vería nacer el nuevo día y luego se retiraría a la ducha. Un buen baño con agua tibia para espabilar.

Renunció definitivamente a cubrirse y sorteando muebles y personas, alcanzó la escalera de caracol. Se sentía bien caminando desnuda por la estancia. El exhibirse en un espacio público, o en cualquier sitio fuera de su más estricta intimidad, era algo que siempre la estimulaba. Era el primer precepto que había roto de una larga lista. Esa misma velada habían caído al menos un par de ellos, el participar en una orgia y el tener sexo con otras mujeres. Quien sabe, quizás con el tiempo se acostumbrara y llegara a parecerle algo normal. Pero lo de mostrar su desnudez era algo que siempre le provocaba una subida de adrenalina. Fue su primer tabú roto una vez se divorció. Una declaración de principios de lo que debería ser su nueva vida: distinta, excitante e independiente. Al menos en el plano sexual.

Remontó los escalones lamentando que nadie la mirase desde abajo, como hacía unas horas, al subirlos por primera vez. Sus buenos muslos, su gran culo y su sexo abultado y convenientemente depilado, había provocado que la mayoría de la parroquia masculina levantara la vista hacia ella. Estaba claro que no era una modelo ni un bellezón, pero tenía todo lo necesario para atraer a los hombres a sus cuarenta y tres años.

En la planta de arriba, una solitaria pareja dormitaba abrazada en uno de los dos sofás.

La mujer no reparó en su presencia, pero el hombre la saludó con un gesto de la cabeza, que ella correspondió. Luego volvió a cerrar los ojos. Recordó el bullicio alrededor del jacuzzi en pleno apogeo de la fiesta. Ahora, todo estaba tranquilo y casi desierto, a excepción de ella y esos dos. Tomó asiento en el sofá libre, justo enfrente del ventanal. Estaba orientado al amanecer, así que la vista era perfecta y el aire era menos denso. Abajo, se dejaba notar una mezcla de aromas compuesta de varitas de sándalo e incienso, perfumes, olor a humanidad, fluidos corporales y alcohol.

Solo se oía el suave ronroneo de la bomba que hacia circular el agua en jacuzzi, que inducia a la modorra, pero Pilar se resistía a dormir. Odiaba que la despertaran cuando estaba en sueño profundo. Y apenas quedaba una hora para que todo el mundo empezara a moverse. Ella quería estar ya duchada antes de que hubiera una avalancha hacia los baños. Y también tener tiempo de vestirse y arreglarse adecuadamente. Estaría impecable para el desayuno y lista para partir. Siempre le gustaba ir por delante.

Así que mientras llegaba la alborada, siguió repasando y haciendo balance de su nueva experiencia. Era una forma de mantenerse despierta y también de prolongar ese momento especial, relajada y desnuda frente a la ventana.

Jamás hubiera pensado que participaría en una orgía. Hasta hace bien poco, ni siquiera estaba incluido en sus fantasías. Siempre había imaginado el sexo en pareja. El follar para ella estaba asociado a una relación de dos. De casada, cuando fantaseaba con otros hombres, siempre se inventaba un romance. Tenía que haber un motivo para acostarse más allá del propio sexo. Era una forma de aquietar su conciencia y de mantener sus principios. Había que pasar primero por el amor para llegar al sexo. Ahora lo veía como algo infantil y absurdo, pero entonces le servía.

Más adelante, cuando conoció a Paqui, su mentora en temas sexuales en esta nueva y distinta etapa, aprendió que no había un motivo para el sexo. El sexo era el motivo. Simplemente disfrutar. Usar y tirar. Si venía una relación pues vale, pero no era imprescindible. Mejor todavía: no era necesaria. Ella y Paqui habían salido bastantes escaldadas de sus matrimonios. Descubrió que una vez satisfechas sus ganas de follar, estaba más a gusto con su amiga que con cualquiera de los hombres con los que quedaban los fines de semana.

Como siempre, fue ella la que la incitó a probar cosas nuevas. Paqui ya había estado en esas fiestas en más de una ocasión. Su relato captó la atención de Pilar. Se intercambió mentalmente con su amiga y consideró que la experiencia podría ser como mínimo estimulante. Quizás también divertida.

Ella se encargó de las gestiones. No era complicado que invitaran a una mujer, si algo sobraban en esos eventos en círculos y locales liberales, eran candidatos masculinos. Y más aun yendo de la mano de una veterana conocida. La cita quedó fijada y luego…vino la sorpresa: un día antes, Paqui le dijo que ella no iría.

- ¿Cómo? ¿Tú no vienes? ¿Por qué?

- La primera vez tienes que ir sola. Es una experiencia que tienes que vivir tu misma, de forma independiente.

- Pero yo esperaba que lo hiciésemos juntas, contigo estoy más segura. Yo no sé lo que me voy a encontrar allí ni cómo voy a reaccionar.

- Pues por eso mismo. Ahí está la gracia y el placer. Si puedes refugiarte en mí, no disfrutaras como hay que hacerlo. Es precisamente el miedo a lo desconocido, a sentirte expuesta, a descubrirte en una situación de vulnerabilidad…todo eso hará que disfrutes más. Es como subirse a una montaña rusa la primera vez. Si voy contigo te pegarás a mi como una lapa, trataras de imitarme, me buscarás si tienes algún reparo en vez de lanzarte a experimentar…créeme, es mejor que vayas sola. Eso si quieres vivir de verdad una orgia. Si lo que quieres es solo sexo convencional, pero todos revueltos, para eso mejor nos organizamos nuestra fiesta particular. Una vez hayas captado la esencia del asunto y hayas descubierto por ti misma que es lo que te gusta de una orgia, ya iremos juntas.


Pilar no estaba nada convencida, pero su amiga le aseguró que era un entorno seguro y que no se arrepentiría.

- Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Y si la situación se descontrola?

- No lo hará no te preocupes. Aquello no es Magaluf. Son gente seria. En un momento de la noche te darán una toalla. Tocará quitarse la ropa. Mientras tengas puesta la toalla nadie te acariciará ni te propondrá nada. Cuando te sientas segura, cuando quieras empezar a participar, solo tienes que quitártela. Es la señal de que estás disponible. Si hay algo que no te apetece hacer o alguien con quien no quieres estar, solo tienes que decir no o ponerte de nuevo la toalla. Nadie rompe estas reglas y si lo hace es inmediatamente expulsado, así que no te preocupes. Si no deseas participar, quédate con tu toalla y limítate a disfrutar del espectáculo.


Como siempre tenía razón. En temas de sexo y hombres le sacaba mucha ventaja. Tuvo que reconocer que el estar sola la hizo estar más sensible, y por tanto, las emociones eran más acusadas. Todo se amplificaba. El morbo, el tacto, el ansia, el placer…la descarga de adrenalina la mantenía excitada y expectante. Se abrió a lo que estaba por llegar, como no lo habría hecho de tener a su amiga al lado.

Y eso que al principio se sintió un poco decepcionada.

Lo que Pilar no esperaba es que entraran tan rápido en situación. Creía que habría un rato de convivencia vestidos, para romper el hielo. Que la ropa iría desapareciendo poco a poco y que se iría creando una atmósfera de complicidad y morbo. Ella era de las que en el sexo, necesitaba ponerse en situación para que su deseo naciera.

Por eso, cuando le dijeron que se desvistiera nada más llegar, se sintió incómoda. Tenía la impresión de estar en el gimnasio la hora del aqua-gym. No parecía muy seductor el verse allí desprovista de la lencería con la que esperaba atraer la atención de los hombres. No es que Pilar fuera fea o tuviera mal cuerpo. Pero aquello no era la playa y necesitaba una ayuda para sentirse más sexy y segura de sí misma.

En cuanto al morbo que esperaba sentir, no acababa de llegar. A pesar de las copas y de la cena fría que les habían servido, la convivencia con el resto de personas había sido más formal que otra cosa. Como si en vez de estar en una orgía, estuvieran en un cóctel social.

La parte buena es que Paqui tenía razón: nadie la molestó. Algún intento de conversación, alguna presentación y también alguna proposición para lo que se avecinaba, pero siempre manteniendo las distancias y las buenas formas.

La cosa fue mejorando conforme los animadores del evento, propusieron distintos juegos de índole sexual para ir rompiendo el hielo. Las primeras en participar fueron algunas parejas. Se notaba confianza entre ellas y veteranía. Poco a poco fueron arrastrando y contagiando a los demás, a la par que subía el consumo de alcohol. Cada vez había menos gente con la toalla puesta. Las primeras escenas de sexo se produjeron a su alrededor.

No obstante, seguía viéndose más como espectadora que como participante. No acaba de encajar allí. No se sentía especialmente excitada, a pesar de algunas de las imágenes que se estaban desarrollando frente a ella. Se paseó por todo el salón y también visitó la parte de arriba.

Había temido encontrarse en un ambiente violento y sórdido, pero todo se desarrollaba de una forma más bien formal. Demasiado formal quizás para ella, que al contrario que Paqui, necesitaba algo más para excitarse y lanzarse a follar.

A pesar de todo, Pilar no era de piedra. El alcohol también le ayudaba a desinhibirse y al final decidió que ya había visto suficiente y que no tenía sentido permanecer allí con la toalla puesta. Se acercó a dos chicos a los que les había echado el ojo. Uno, pelirrojo y con barba, a medio camino entre hípster y vikingo. El otro moreno y con el pelo corto. Bien afeitado, aunque la sombra de una barba que debía crecer recia y fuerte asomaba a sus mejillas. Ambos cerca de la treintena y con un cuerpo musculado y fibroso. Habituales de gimnasio y bien cuidados. Se movían en pareja y en ese momento “atendían” a una mujer madura, posiblemente de la edad de Pilar. Tuvo que reconocer que la mujer era más guapa y hermosa que ella. Piernas largas y estilizadas. Pelo rubio natural, sedoso y bien peinado. Culo perfecto y vientre plano, también de gimnasio y seguramente con ayuda de una dieta de modelo. No hay nada que la lechuga no consiga…así si se llega bien a los cuarenta, que hija de puta…imposible competir.

Pensó: ¿Qué haría Paqui en esta situación?

No tuvo que quebrarse mucho la cabeza: ella iría directa hacia ellos y se sumaría a la fiesta.

- Pues entonces yo igual, se dijo a sí misma. Todo lo que pueda hacerles esa rubia, se lo hago yo también, y posiblemente mejor. Estará buenísima, pero parece desganada y floja (es lo que tiene comer solo verduras crudas o hervidas)…

- Esa es la actitud…parece que oyó susurrar a su amiga al oído.

Se sentó a su lado, en la moqueta. Ninguno de los tres puso objeción. Se fijó en los “detalles”. Más concretamente en las vergas de los dos tipos. Tamaño normal. Ni pequeñas ni exageradas.

Pilar se quitó la toalla y quedó completamente desnuda frente a ellos. Como siempre, el simple hecho de estar desnuda en público hizo que se excitara, aunque no parecía haber nadie que hubiese reparado en ella.

Los chicos se empleaban con la otra mujer en lo que ya eran más que caricias. Cuatro manos recorrían sus rincones más íntimos con una obscena desvergüenza, que a ella parecía ponerla muy cachonda.

Uno de ellos, finalmente se introdujo entre sus piernas y sin más preámbulos que colocarse el condón, la penetró. La mujer ahogó un pequeño gruñido (parecía que de satisfacción), y lo recibió dentro sin más contemplaciones. Acomodando sus caderas y elevándolas un poco para facilitarle la follada. En ese momento, el otro se giró hacia Pilar. Tendida de costado, levantó una de las rodillas poniendo la planta del pie en la alfombra y con la mano libre, acarició uno de sus pechos, en una clara invitación a que se acercara.

El chico (el que tenía barba), se acercó a ella y comenzó a acariciarla. Pilar puso la mano sobre su pene y lo tomó. No le produjo un especial placer, pero sí que le gustó tenerlo entre sus dedos. Rodeó su falo y lo masturbó suavemente, dejando su glande al descubierto.

Sin embargo, las caricias de él le resultaban un tanto mecánicas, quizá incluso algo toscas. No acaba de motivarse. Pensó que el simple hecho de estar con un joven bien parecido y fuerte, resultaba suficiente para ponerse cachonda, pero no era así. Giró la cabeza hacia la pareja que estaba junto a ellos. Alargando un poco la mano podría tocarlos. Jadeaban prácticamente en su oído y podía oler el sudor que corría por su piel. Intentó buscar inspiración.

El chico moreno le había levantado las piernas sujetándola por los tobillos y la embestía en una pose algo forzada, como de película porno. Parecía más para la galería que para disfrutar ellos mismos.

Esperó que su pareja no hiciera lo mismo. Ella sabía que en esa posición no disfrutaría.

Su chico se dio cuenta de que Pilar no perdía ojo a los de al lado. Lo interpretó como una invitación a penetrarla. Lo hizo de forma un poco brusca. A pesar de todo, Pilar no estaba lo suficientemente húmeda. Ella se abrió para facilitar la penetración, pero notó ciertas molestias, sobre todo cuando empezó a darle duro.

Los jadeos de sus vecinos se intensificaron. La mujer bajó las piernas y adoptando una postura más cómoda, se llevó la mano al sexo tocándose con furia, como si quisiera forzar el orgasmo antes de que este llegara de forma natural. Tardó unos minutos en conseguirlo.

Cuando llego al clímax, sus muslos se cerraron alrededor de la cintura del chico. Apretó las piernas contra su culo, para evitar que siquiera dándole empellones y para mantener la verga bien dentro de su vagina. Arqueó el cuerpo elevando levemente el culo, a la vez que el movimiento de la mano sobre su sexo se hacía más frenético. El chico se quedó un poco desorientado, sin saber muy bien si tenía que estarse quieto o volver a tomar la iniciativa.

Pilar tuvo la impresión, no, más bien tuvo la certeza, de que la mujer usaba al muchacho como un gigantesco consolador. Básicamente lo utilizaba para correrse sin ninguna otra consideración, más allá del morbo de la situación. Cosa que pareció confirmarse cuando ella finalmente dejo de temblar de placer, una vez desaparecieron los últimos coletazos de su orgasmo. Aflojó la presión de las piernas, ladeó la cabeza y su mirada se encontró con la de Pilar. Una mirada de curiosidad, cómo valorando quién era esa mujer que la observaba y qué es lo que esperaba.

Ni un gesto de cariño o complicidad con el chico, simplemente se quedó abierta de piernas esperando que él se retirara.

Pensó que aquello no acababa de ser muy estimulante. No acababa de encontrar su sitio allí. El muchacho que seguía bombeándola, tampoco acababa de ponérselo fácil. No parecía estar muy atento a las señales que le mandaba e insistía en darle duro, cuando ella aún no había llegado a esa fase. Pedía algo que la motivara. Algo de complicidad. Alguna señal de que alguien pensaba en ella, aún en medio de aquel monumental enredo de cuerpos sudorosos y sexo.

Estaba en una orgía, quizás se trataba de eso ¿no? Pero Pilar hubiera esperado algo más, aunque solo fuera un destello de conexión o entendimiento. De exclusividad y atención. No concebía el sexo de otra manera.

Pero allí no parecía funcionar la cosa así: más que pequeñas islas donde varias personas se concentraban en conocerse, entenderse y darse placer, aquello era una manifestación colectiva donde todos parecían poseídos por el mismo espíritu; donde no había personas individuales, sino un gigantesco hormiguero donde todos colaboraban a una representación común de sexo y lascivia.

El chico parecía impacientarse ante la inercia de Pilar y su única respuesta fue aumentar aún más el ritmo. Ella levantó una mano y la puso sobre su vientre, en un claro gesto que le indicaba que se detuviera. Él la miraba inquisidor:

- Despacio, le dijo ella, es pronto aun. Pero cuando él obedeció, pasó de sentir molestias a simplemente no sentir nada.

Y entonces sucedió algo que como mínimo la sorprendió

El otro, aún mantenía su erección a pesar de tener aún el preservativo puesto. Pilar estaba segura de que no se había corrido. Dejando a la mujer a un lado, se acercó a ellos y puso la mano en el culo de su pareja. No pudo ver hasta donde llegaba la caricia, pero debía ser muy intensa o quizás muy esperada, porque sintió cómo a su amante barbudo lo recorría un estremecimiento y se ponía tenso. Al principio pensó que era por una caricia no deseada pero luego, notó perfectamente cómo su falo adquiría más dureza dentro de su coño.

El barbilampiño había conseguido con un solo gesto de la mano, lo que ella no había logrado dejándose penetrar hasta lo más profundo

No se detuvo ahí: echándole el brazo por el cuello se encontraron sus bocas y las lenguas jugaron dentro de ellas. Las caricias continuaron más allá, volviéndose cada vez más apremiantes, más bruscas, más profundas… todo esto mientras él aún permanecía dentro de ella.

La situación no tardó mucho en resolverse. La verga salió de su vagina y ambos chicos se revolvieron en el suelo, en el espacio que quedaba entre las dos mujeres.

La otra, miraba esbozando una sonrisa, con un gesto entre burlón y divertido.

- Debo estar poniendo cara de pazguata pensó Pilar.

Sintió el deseo levantarse e irse de allí. No quería parecer la novata sorprendida de la reunión. Sin embargo aquello comenzaba a resultarle excitante. Por primera vez, ese hormigueo en su tripa, esa leve sensación en sus pechos y la garganta, qué le indicaba que su cuerpo se preparaba para el sexo…Por algún motivo, la imagen de dos hombres enrollándose le resultaba muy morbosa. Había algo nuevo, excitante y extraño en todo aquello.

Y ella parecía la única sorprendida.

No podía apartar los ojos de ellos aquellos dos chicos. Se dedicaban caricias, miradas, gestos que ella había esperado recibir. Y no era precisamente dulzura, cariño o delicadeza: no, no era eso lo que se iba a buscar en una orgía…Era pura transgresión, puro deseo, pura lujuria… parecía más una pelea a puño cerrado que un acto sexual.

Ambos iguales, ambos atacándose con la misma saña, indistinguibles en su rol, actuando como machos alfa. Tratando de poseer el uno al otro.

Cada beso parecía un mordisco; cada caricia simulaba un arañazo; el contacto de los cuerpos velludos aumentaba la turbación de Pilar. Justo en el momento en que ambos falos se tocaron restregándose entre sí, pareció saltar un chispazo que la dejó con la boca abierta. Sentía cierto pudor tanto por observar, como por demostrar su azoramiento ante los demás.

Decidió que se iría, pero aún permaneció unos instantes más, viendo como una boca barbuda recorría el vientre y la ingle del otro hombre, hasta perderse en sus piernas. Y como después de unos largos minutos de sexo oral, se sentaba a horcajadas introduciéndose el miembro poco a poco. Mientras el falo desaparecía en el estrecho agujero, el otro pene cabeceó hinchado de sangre en una excitación brutal. No se sabía quién estaba follando a quién.

Pilar no estaba al tanto dónde terminaba su turbación y donde comenzaba su excitación, pero el impacto de aquella escena la superó. Decidió levantarse y alejarse. Simplemente no era capaz de procesar todo lo que le ocurría. No podía situarse en la escena, no sabía si era espectadora o protagonista.

Así que mientras se aclaraba, optó por la huida.

De nuevo interpuso la toalla entre ella y los demás. Se acercó a la barra y pidió un refresco. Tenía la boca seca.

Se situó en el rincón que formaban la barra y la pared y allí sentada, sobre un taburete, se dedicó a observar. Aunque más bien, lo que trataba era de tranquilizarse y encontrarse a sí misma. De saber si es éste podía ser su lugar o estaba de más allí.

De hecho miraba sin ver. No distinguía rostros ni expresiones. Solo una masa de cuerpos moviéndose de forma asíncrona, aunque pareciendo conformar un solo ballet danzando al son de un coro de gemidos, de jadeos y de risas.

Transcurrió un tiempo de esta manera, en un limbo entre la realidad y sus pensamientos, hasta que a su vez, se sintió observada.

Una mujer madura, quizás algo mayor que ella, la observaba desde el suelo, tendida en una gruesa alfombra blanca. Estaba recostada de lado, la cabeza apoyada en el vientre de un hombre, también maduro. No estaban solos: dos varones más conformaban el cuadro, flanqueando sus dos extremos. Todos en torno a la cuarentena. Parecían descansar relajados después de un primer asalto, en el que con toda probabilidad, aquella señora había sido la protagonista de un trío. Copas en la mano, gestos distendidos… no parecían tener prisa por continuar. Saboreaban el momento, quizá conscientes de que la expectativa, a veces, es más dulce que lo que está por venir.

Parecieron entenderse con la mirada. Pilar confusa y perdida. La otra mujer veterana y tranquila, le sonrió y asintió con la cabeza. Sin acabar de tener muy claro que significaba aquello, Pilar la devolvió la sonrisa y asintió también.

Ella se levantó. Con pasos decididos pero sin apresurarse, se acercó y le pregunto:

- ¿Quieres conocer a mis amigos?

Pilar ni siquiera llegó a dudar, porque sin esperar contestación, tiró de ella hacia la alfombra.

- Creo que esto no lo vas a necesitar… dijo mientras le quitaba la toalla y la dejaba caer a sus pies.

No hubo ninguna presentación. Quedó desnuda frente a los tres hombres. Miradas de interés a la par que curiosas, se posaron sobre ella. Miradas que luego fueron transmutándose en deseo.

Por primera vez, se sintió atractiva esta noche y eso la hizo sentirse segura.

Sintió a la mujer situarse detrás de ella. Sus pechos rosaban su espalda y su pubis prominente sus nalgas. Notó un aliento cargado de alcohol que le susurraba palabras de ánimo:

- Creo que les has gustado… eres hermosa. Tranquila, con nosotros estarás bien…

Pilar recibió estos mensajes como una caricia. Y no fue la única. La otra mujer empezó a tocarla con las manos. Una caricia física y directa. Ya no se trataba de sonidos tranquilizadores y amables, para inspirarle confianza y seguridad, sino un tacto sobre la piel Era la primera vez que otra mujer lo hacía.

Primero la cintura y su vientre. Luego una mano fue subiendo hacia sus pechos y se perdió en el canal de ambos, antes de decidirse por el izquierdo. La acarició suavemente para terminar apresando un pezón. La otra mano bajó hacía su entrepierna.

Pilar no sintió un placer especial al ser acariciada por otra mujer, pero tampoco rechazo.

Simplemente fue algo diferente.

Una sensación distinta, nueva. Los dedos no buscaban agarrar, pellizcar o abarcar, más bien parecían sugerir, evitando la caricia directa. Buscando elipsis para acabar llegando a donde querían, sin invadir, con delicadeza.

Al contrario que los hombres, que buscaban conquistar, tomar al asalto, aquellas manos buscaban convencer, persuadir… y al final lo consiguieron. Lograron ser invitadas a la fiesta. Pilar se abrió a aquellas caricias, dejándose hacer, y su cuerpo acabó respondiendo. La vagina se humedeció, los pezones se erizaron adquiriendo dureza y sus pechos se levantaron.

El abrazo de la mujer contra su espalda, le permitió descubrir que ella igualmente se excitaba: sus pechos también se endurecieron clavándose en su espalda; el vientre y el pubis se estrellaron contra su culo, en un movimiento ascendente y descendente que le resultaba agradable a ambas. Todo transcurría muy lentamente, a cámara lenta.

Los hombres las observaban, especialmente a ella que quedaba totalmente expuesta. Vio hincharse sus vergas y alcanzar tres erecciones que parecían señalarla. No eran cuerpos jóvenes ni musculados, pero ahora sí que Pilar se sintió protagonista, sí que sintió la conexión. Se sabía deseada. Empezó a mojarse y la caricia íntima que le estaba dedicando su nueva compañera, pasó de ser un agradable cosquilleo, a un espasmo de placer cada vez que le rozaba el clítoris.

Cerró los ojos y se dejó llevar, entreabriéndolos de cuando en cuando para observar a los tres hombres que seguían allí, admirándolas e invitándolas a reunirse con ellos. Uno, incluso se acariciaba sin recato alguno. Algo brillante asomaba a la punta de su verga. Ahora sí. Su imaginación comenzaba a desbocarse. Se imaginaba siendo penetrada por cada una de ellas. Como si le hubiera adivinado el pensamiento, la otra mujer introdujo uno de los dedos en su lubricado coñito. Se removió inquieta y le agarró la mano a su compañera. Estaba a punto de provocarle el orgasmo pero ella no quería llegar. Todavía no.

La mujer respetó su decisión e inició un nuevo juego. Ahora le tocaba a pilar dar sus primeros pasos haciendo gozar a otra hembra.

La hizo girarse y esta vez, frente a frente, sus pechos y sus sexos se tocaron. Los dos vientres se fundieron en uno solo. Los labios se rozaron en un beso que Pilar no rehuyó.

Luego se deshizo el abrazo y se dejó arrastrar en medio de los tres hombres, donde la mujer se tumbó boca arriba y tirando de ella, consiguió que se acomodara entre sus muslos.

Pilar quedó de rodillas, con la cara hundida entre los pechos de la mujer que se los ofreció, juntándolos con las manos y haciendo que las puntas emergieran hacia su cara. Pilar ensayó un tímido beso. Sus labios juguetearon con aquellos dos botones de placer. Rozándolos, rodeándolos y aprisionándolos, y finalmente, atreviéndose a sacar la lengua y lamiéndolos y chupándolos.

Tenían un sabor salado, posiblemente restos de sudor de la batalla pasada. La mujer la empujó hacia abajo con suavidad. Necesitaba otras caricias más íntimas y profundas todavía. Pilar besó su vientre, su monte de Venus y se detuvo al llegar al coño. Una abertura depilada y con los labios salidos e hinchados que se abría para ella. Un olor un poco acre e indefinible, indicaba la presencia de flujos propios o extraños.

Una vez más, fueron sus labios los que besaron, acariciaron y presionaron el sexo que se le ofrecía, abierto como fruta madura, sin atreverse está vez a sacar la lengua.

Su pareja femenina reaccionó moviendo las caderas y buscando el contacto. Una mano se posó sobre la cabeza de Pilar, empujándola hacia aquella raja que empezaba a humedecerse.

Ella no tenía visión de lo que acontecía a su alrededor, pero un breve vistazo le hizo comprender que eran el centro de atención de los tres hombres que las miraban ensimismados, con el deseo reflejado en sus ojos. Se vio a sí misma tan solo unos minutos antes, observando a los dos chicos darse placer. Recordó como el que la penetraba reaccionó con un latigazo de su verga a la caricia que su amigo le regaló en el culo, cómo parecieron saltar chispas cuando los dos penes se tocaron entre sí y como la impresionó vivamente verlos follar.

Ahora creía entender bien a los hombres que las observaban darse placer, con el deseo pintado en la cara. Se sintió expuesta en esa postura, de rodillas, con el culo alzado y ofrecido a la vista de todos, mientras su cara se perdía entre los muslos de la otra mujer. Y eso la hizo mojarse aún más.

Como si hubiese lanzado una bengala, los hombres que las rodeaban entendieron que era hora de ir más allá. Noto una polla en uno de sus muslos. Unas manos los acariciaron por la cara interna, subiendo hacia su sexo. Otras desde atrás, abrían sus nalgas y recorrían su raja en sentido inverso, desde arriba hacia abajo. Todas parecían converger hacia su coñito, que ya palpitaba de deseo.

Unos dedos recios y decididos se aferraron a sus pechos. Reconoció la caricia masculina, tosca y directa, tan diferente de la que había recibido apenas unos minutos antes. Y sin embargo, ahora la recibía con gusto. Estaba preparada. Había despertado. Pudo comprobarlo cuando notó un dedo introduciéndose en su vagina, mojada y abierta. Un latigazo de placer la hizo gritar cuando otro le estimuló el clítoris en una caricia simultánea a aquella penetración.

Permaneció así ofrecida, con el culo en pompa. Sin saber ni importarle de quien era cada mano que la acariciaba, cada pene que se pegaba a su carne, ni cada boca que la besaba. Era la esencia de una orgia. Paqui tenía razón. Tenía que descubrirlo por sí misma y lo había logrado. Nada de tú a tú, nada de sentimientos, nada de cortejo. Solo deseo puro.

Ahora debía abandonarse a las sensaciones. A un acto casi animal, a lo que viene tras el cortejo cuando por fin se desatan los instintos, como tantas veces había visto en la naturaleza. Una vuelta al origen de cuando éramos bestias. Cuando por fin caen las barreras, sin posibilidad de frenarse o de frenar al otro, cuando el macho renuncia a toda contención y se lanza a ese instinto primitivo de derramarse dentro de la de la hembra, aunque sea lo último que haga sin importar nada más. Y donde ella se abandona para recibirle en un acto de frenesí sexual, dónde no importa ni el pasado, ni el futuro, sino solo el acto en sí mismo, el momento que estás viviendo donde no hay nadie ni nada que pueda evitarlo, donde el placer sustituye a cualquier lógica, miedo o prevención que se pueda sentir.

Así es como se sentía Pilar a cuatro, ofrecida y abierta como una yegua a la espera de su semental; a la vez aturdida y excitada; temerosa pero a la vez deseando recibirlo en su interior. Cosa que no tardó en suceder. Unas manos se aferraron a sus glúteos y un prepucio estableció contacto con su coñito, buscando la entrada. Se estremeció al notar como la penetraba. Pronto, toda la verga resbaló hacia las profundidades de su vagina, arrancándole un grito de gusto. Levantó la cara, saliendo de entre las piernas de la mujer y se apoyó en su pubis. Empezó a emitir un ronroneo de placer que pronto degeneró en unos jadeos entrecortados e intensos. Aun consciente de que en esa posición ella no había llegado nunca al orgasmo, el placer que sentía, acentuado con el roce y las caricias que la envolvían, sin que pudiera precisar cuántas personas o cuerpos estaban interactuando con ella, la llevaba a un estadio de goce muy próximo al clímax.

El hombre intensificó las embestidas y finalmente, pudo sentir como se corría, aumentando su propia excitación a un nivel ya insoportable. Casi lloró de angustia al notar el vacío que provocó la retirada de la verga de su vagina. Ahora le tocaba a ella, no podía aguantar ni un minuto más. Se giró y se tumbó boca arriba, apoyando la cabeza en el pubis femenino a modo de almohada. Inmediatamente unas manos de mujer aferraron sus pechos, incidiendo en una caricia metódica e intensa sobre sus pezones. Se sintió pletórica. Era algo nuevo, diferente, distinto a la caricia de un hombre. Su coño emitía flujo sin cesar, podía notar como se mojaba continuamente.

Esta vez no esperó a que alguien se decidiera a tomarla. Hizo una seña a otro de los dos hombres que aun las rondaban. Se abrió de piernas y su mano desplegó los labios húmedos de su sexo, en una orden más que clara que lo reclamaba dentro de ella inmediatamente.

Sus manos rodearon la cadera masculina apenas se sintió empalada y forzaron un ritmo duro y contundente a la follada. Era como manejar un semental, haciendo presión y tirando de las riendas para que corriera más. De eso se trataba para Pilar, de desbocarlo. No era el chico guapo y joven que la había penetrado antes, pero por alguna razón, ahora sí que disfrutaba, ahora sí que había encontrado el sentido a todo lo que la rodeaba. Ya sabía lo que buscaba y el papel que quería jugar, en aquel templo del deseo obsceno en que se había convertido aquel salón. Aquello no era una pose, ni un juego, esos hombres, así como la mujer que la abrazaba desde atrás, formaban tan parte de ella y su placer como sus propios dedos cuando se masturbaba. Se sentía deseada y protagonista, en perfecta comunión su placer con el de ellos, formando un todo indivisible.

Y estaba llegando al clímax…una sensación de ahogo le subió por la garganta, anticipando un orgasmo distinto y brutal. Un cosquilleo en medio del agudo placer, que se fue transformando en convulsiones de su vientre, sus piernas y luego, de todo el cuerpo. Los sentidos sobrepasados, la consciencia desapareciendo y las imágenes emborronándose, mientras agonizaba de gusto. Pinchazos de placer que aún continuaban cuando el amante sacó la verga de su interior y quitándose el condón, comenzó a rociarla con chorros de caliente esperma que caían sobre su pubis, su vientre y sus muslos. Ese fue el culmen, aunque todavía la noche fue larga. Ya no se separaron los cinco. Formaron su pequeño reducto aislado de todo lo que sucedía alrededor. Acariciaron, volvieron a gozar, intercambiaron posturas, más olor a flujo y semen, más sensaciones difíciles de identificar y más combinaciones, todo sin urgencia ni prisas, sin forzar, sin necesidad de hacer poses para el resto ni demostrar nada a nadie.

Hasta que el sueño llego como una suave niebla, rodeándolos y sumiéndolos en un sopor preñado de ensueños y sensaciones.

Y ahora estaba allí, mirando el amanecer, cansada pero satisfecha. Sonrió ante la perspectiva de volver a encontrarse con Paqui y contarle todo con detalle. Recreándose. Haciendo planes para una próxima experiencia juntas. Se imaginó a su amiga como uno más de los cuerpos entrelazados. Pensó que sucedería si decidían tocarse, acariciarse. Se sintió turbada….y le gustó. Ellas dos enrolladas… ¿es que la excitación ante la transgresión y el morbo no tenían fin?

¡Ojala no lo tuviera! Siempre un nuevo reto, siempre una sorpresa… ¿Qué más podía pedir?

Separó un poco las piernas e inconscientemente se llevó la mano al sexo. Volvía a humedecerse. Apenas rozó su clítoris sensible e hinchado aun y un calambre la recorrió. Apenas había tocado por primera vez a una mujer y ya estaba pensando en montárselo con su amiga.

De repente, una sombra se movió a su lado. Giró la cabeza y vio al hombre que la había saludado antes de pie, junto a ella. Tras él, su pareja continuaba dormitando en el otro sofá.

Su miembro estaba erecto y la miraba de una forma que no dejaba lugar a dudas. Supuso que llevaría rato observándola. Se quedó allí, inmóvil, esperando su permiso para avanzar, en una muda petición de conformidad.

¿Por qué no? Pensó pilar. Aún quedaba tiempo y a ella le apetecía. Se recostó en el diván y abrió sus muslos. Luego le hizo un gesto de “ven” con el dedo. Vio el brillo de sus ojos y la sonrisa de satisfacción en su boca, y eso le gustó.

El primer rayo de sol ya lamía el suelo de tarima… Iba a ser un amanecer para recordar…
 
Arriba Pie