Soldado.1982
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Amiga mía/ Yo sé que nunca vamos a dejar/ yo sé que nunca vamos a dejar que este amor se nos vaya/ no te olvides/ Lo que digo/ Aún cuando escuches lo peor/ te estaré amando igual.
Rocío era una estrella porno. Le encantaba que me masturbara encima de ella dejando caer todo mi semen sobre su rostro, su boca o donde derramara aquel líquido caliente y espeso . Ella adoraba que mis manos esparcieran la leche en sus pechos pequeños y firmes. Nunca en mi vida había conocido una mujer tan creativamente caliente en la cama. Cada vez que la tocaba sentía arder mis manos de tanta lujuria.... pero, cometió el error de enamorarse, yo también me enamoré de ella. No sólo era sexo, era un algo más. Había conversaciones sobre literatura, trabajos en la universidad, romanticismo, también demasiado placer, un placer el cual nos llevó a la miseria, sobre todo a mí.
Yo tenía pareja. No estaba dispuesta a dejarla. Se lo dejé claro desde un principio, no obstante ella parecía no oír mis palabras cuando le advertía constantemente de que mi pareja, a pesar de que se encontraba a distancia por razones familiares, era la mujer que amaba. Mi pareja también era una estrella porno sumisa, podía estar horas dándole por detrás sin ninguna queja. A Rocío también le gustaba por atrás y mis peores fetiches los cumplía con aquellas dos mujeres. Cualquiera de las dos me hubiera hecho feliz y créanme cuando les digo que ello era mi peor tragedia, porque sabía que tarde o temprano debería dejar a una en el camino.
-Soy como un caballito de feria- decía- no miro para el lado... porque tengo a mi semental.
- Pero tú sabes qué yo con Valeria..-
- Martín, cállate... por favor no arruines el momento.- Ella no quería escuchar razones y eso cada vez me angustiaba, aunque se me olvidaba cuando la veía en la sala de clases con sus minifaldas. Nos sentábamos en el mismo puesto, y yo aprovechaba para jugar con su clítoris mientras el profesor dictaba una aburrida cátedra. Amaba quedarme solo con ella en la sala, amaba cerrar la puerta del salón y quedarnos solos en esas salas viejas de la Universidad de Santiago, besándola, mordiendo sus pechos, penetrándola sobre un pupitre, en los baños o en los clásicos pastos, en la noche, intentando evadir la ronda de los guardias, sintiendo la adrenalina cuando estábamos a punto de ser descubiertos por algún intruso o alguno de nuestros compañeros, quienes nunca sospecharon siquiera de nuestro romance.
- Me gustaría jalar contigo- me dijo en el motel, sacándo una bolsista con un gramo de coca.
- Yo nunca he jalado- respondí- dicen que con esa droga no se para-
- Es cuando consumes mucho, yo te haré el bautismo, me dijo. Primero se sacó la ropa, se tendió en la cama y abrió la bolsa dejando a la diosa blanca en la pelvis carente de vello púbico. Con mi carnet hice la línea y me la jalé de un sopetón, prefería la marihuana, pero no estaba mal la maría. Después de jalar sentí deseos de tocarla de meter sus dedos dentro de ella y con dos dedos comencé a acariciar su punto g. Ella gemía y se estremecía con cada una de mis caricias y soltó un chorro blanco que empapó mis manos, en esa cama húmeda lo hicimos hasta al amanecer, yo sentía como su vulva me apretaba sin dejarme ir, atrapándome en sus entrañas calientes y húmedas. No hubo condón, no hubo nada entre nosotros más que nuestros gemidos atrapados en las paredes y de ella al llegar al orgasmo se escapó aquellas palabras que sellaron finalmente nuestro alejamiento.
- Te amo Martín, te amo.- En ese momento supe que tenía grandes problemas... los cuales contaré en la tercera parte y final.
Rocío era una estrella porno. Le encantaba que me masturbara encima de ella dejando caer todo mi semen sobre su rostro, su boca o donde derramara aquel líquido caliente y espeso . Ella adoraba que mis manos esparcieran la leche en sus pechos pequeños y firmes. Nunca en mi vida había conocido una mujer tan creativamente caliente en la cama. Cada vez que la tocaba sentía arder mis manos de tanta lujuria.... pero, cometió el error de enamorarse, yo también me enamoré de ella. No sólo era sexo, era un algo más. Había conversaciones sobre literatura, trabajos en la universidad, romanticismo, también demasiado placer, un placer el cual nos llevó a la miseria, sobre todo a mí.
Yo tenía pareja. No estaba dispuesta a dejarla. Se lo dejé claro desde un principio, no obstante ella parecía no oír mis palabras cuando le advertía constantemente de que mi pareja, a pesar de que se encontraba a distancia por razones familiares, era la mujer que amaba. Mi pareja también era una estrella porno sumisa, podía estar horas dándole por detrás sin ninguna queja. A Rocío también le gustaba por atrás y mis peores fetiches los cumplía con aquellas dos mujeres. Cualquiera de las dos me hubiera hecho feliz y créanme cuando les digo que ello era mi peor tragedia, porque sabía que tarde o temprano debería dejar a una en el camino.
-Soy como un caballito de feria- decía- no miro para el lado... porque tengo a mi semental.
- Pero tú sabes qué yo con Valeria..-
- Martín, cállate... por favor no arruines el momento.- Ella no quería escuchar razones y eso cada vez me angustiaba, aunque se me olvidaba cuando la veía en la sala de clases con sus minifaldas. Nos sentábamos en el mismo puesto, y yo aprovechaba para jugar con su clítoris mientras el profesor dictaba una aburrida cátedra. Amaba quedarme solo con ella en la sala, amaba cerrar la puerta del salón y quedarnos solos en esas salas viejas de la Universidad de Santiago, besándola, mordiendo sus pechos, penetrándola sobre un pupitre, en los baños o en los clásicos pastos, en la noche, intentando evadir la ronda de los guardias, sintiendo la adrenalina cuando estábamos a punto de ser descubiertos por algún intruso o alguno de nuestros compañeros, quienes nunca sospecharon siquiera de nuestro romance.
- Me gustaría jalar contigo- me dijo en el motel, sacándo una bolsista con un gramo de coca.
- Yo nunca he jalado- respondí- dicen que con esa droga no se para-
- Es cuando consumes mucho, yo te haré el bautismo, me dijo. Primero se sacó la ropa, se tendió en la cama y abrió la bolsa dejando a la diosa blanca en la pelvis carente de vello púbico. Con mi carnet hice la línea y me la jalé de un sopetón, prefería la marihuana, pero no estaba mal la maría. Después de jalar sentí deseos de tocarla de meter sus dedos dentro de ella y con dos dedos comencé a acariciar su punto g. Ella gemía y se estremecía con cada una de mis caricias y soltó un chorro blanco que empapó mis manos, en esa cama húmeda lo hicimos hasta al amanecer, yo sentía como su vulva me apretaba sin dejarme ir, atrapándome en sus entrañas calientes y húmedas. No hubo condón, no hubo nada entre nosotros más que nuestros gemidos atrapados en las paredes y de ella al llegar al orgasmo se escapó aquellas palabras que sellaron finalmente nuestro alejamiento.
- Te amo Martín, te amo.- En ese momento supe que tenía grandes problemas... los cuales contaré en la tercera parte y final.