Mi Primita Claudia

Feñanegromalo4 Ago 2017

  1. Feñanegromalo

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    4 Ago 2017
    Cuando terminé el último año del colegio, después de recibir la confirmación de que había entrado a ingeniería en la universidad que yo quería, con diecisiete años y más contento que la xuxa, partí al sur de vacaciones, invitado a pasar unos días en la casa de unos tíos en el campo. Estaba súper cansado y las loquillas de la Pauli y la Marce ya se habían ido de vacaciones, así que no era mala idea darle un descanso a mi cabeza (¡a las dos cabezas!).


    Los tíos tenían una típica casa sureña, enorme, de madera y piedra, con tremendo comedor y varios livings con chimenea, muchas habitaciones, y una biblioteca fabulosa, también con chimenea y muchísimos libros. Típico veraneo campestre, la casa y el fundo eran fabulosos pero no había muchas entretenciones aparte de leer o hacer paseos a caballo, los tíos tenían una mansa tele en su pieza pero recibían súper pocos canales, y ni hablar de conexión a internet o señal de celular en pleno campo.


    En la misma casa estaban veraneando un montón de primitos chicos, que venían de diferentes partes. Y una primita, la Claudia, a la que hacía varios años que no veía. La Claudita no era hija de los dueños de casa, sino que de otros tíos de otra ciudad mucho más al sur.


    La última vez que nos habíamos encontrado había sido también un verano en esta misma casa (el verano siguiente después de la Inglesita). Ya entonces le gustaba molestarme y le encantaba que le hiciera cosquillas, era obvio que le gustaba este primo grande de Santiago, además que yo era el único más grande que ella.


    Como a mí ese verano me habían traído a la rastra (yo puro quería que fuéramos donde mi abuela para encontrarme de nuevo con la Maureen), no estaba ni ahí con todos estos pendex, pero igual dejaba que esta mocosa me molestara y le hacía cosquillas, casi de puro aburrido. El juego típico consistía en que ella me pegaba una patada o un combo y arrancaba a alguna pieza, se tiraba de guata arriba de la cama, yo la agarraba y le hacía cosquillas y ella se reía como loca. La pendex lo pasaba chancho conmigo. Pero yo no estaba ni ahí con esta cabra chica, puro pensaba en la gringuita Maureen todo el día.


    Desde ese verano ya había pasado ene tiempo, así que cuando llegué y ví a la Claudita, casi no la reconocí. Yo me acordaba perfecto de esa pendeja chica que vivía molestándome, pero ahora, cinco años después, me encontré con que mi primita Claudia ya estaba grandecita y se había convertido en una verdadera preciosura... Trigueña, de pelo castaño largo y liso, con unos grandes ojos café claro, apenas la ví me recordó de inmediato a la Pauli, la mojona del liceo 7 que les conté en el capítulo anterior. Linda carita, lindo cuerpo de mujercita, lindo potito... Chuuuuu... Se me vinieron al tiro todo tipo de pensamientos oscuros a la cabeza (¡a las dos cabezas...!) Y era que no, con todo lo que había pasado con la Pauli y la Marce, y antes con las pendex del barrio, y antes con la Inglesita Maureen...


    Apenas la Claudita me vió, se puso toda coqueta y risueña y me empezó a molestar igual que cuando era chica. Pero yo me hice el loco y no le dí mucha pelota porque como era domingo, la casa estaba llena de gente.


    Al otro día los tíos partieron a trabajar (eran dueños de una librería en una ciudad cerca, entre otras cosas) y nos quedamos solos, porque los otros primitos, que eran todos mucho más chicos que la Claudia, salieron a pasear al campo con las nanas. Yo salí a trotar, hice mi entrenamiento de karate y me fuí a la ducha. Una vez vestido, partí a la biblioteca a leer un rato. Y allá partió la Claudita a molestarme, que también se había levantado temprano pero no había salido con los otros mojones (¿a propósito para quedarse sola con su primo grande?).


    Encontré un capítulo de cálculo diferencial en la enciclopedia que tenían los tíos y lo estaba hojeando, cuando entró mi primita. Andaba con una blusita blanca, una coqueta faldita escocesa, calcetas blancas y zapatillas. Se veía exquisita la pendex. Y por supuesto, me empezó a molestar igual que cuando era más chica, todo para que le hiciera cosquillas.


    “Si no me dejas leer y me sigues molestando, te voy a dar tu merecido” le dije, que era la misma amenaza que le hacía cuando era chica.


    Obviamente, me siguió molestando hasta que de repente, entre risitas, me pegó un combo en el brazo... “¡Ahora sí que te agarro!” le dije, ella dió un grito y salió arrancando, la perseguí hasta una pieza, ella se tiró de guata sobre la cama y yo me tiré encima y le empecé a hacer cosquillas... se reía como loca y me decía “Ya para, para...” Esta era exactamente la misma rutina que hacíamos cuando era chica. La dejé tendida y volví a la biblioteca. Y por supuesto, ella me siguió muerta de la risa y me volvió a pegar un combo. Vuelta a perseguirla, ella arrancando y riéndose como loca, se lanzó a la cama, yo me tiro encima y de nuevo le hice cosquillas hasta que casi se hace pipí de tanto reírse.


    Volví de nuevo a la biblioteca, pero esta vez, cuando se estaba acercando para molestarme de nuevo, le dije:


    “Si me vuelves a pegar, te voy a hacer cosquillas, pero además...”


    “¿Además... qué?


    “Además... te voy a aplicar un castigo terrible...”


    La Claudita se contorneaba toda risueña y se mordía un dedito...


    “¿Ah síiiiiii? ¿Qué castigo?”


    Me acerqué a ella y le dije al oído en voz baja:


    “Te voy a dar unas buenas palmadas a poto pelado”


    Me miró un poco sorprendida y me dijo “Saaaaale...” entre risitas nerviosas.


    “... Pero no es lo único que te voy a hacer...”


    Ella seguía mordiéndose un dedito y se reía súper nerviosa.


    “Uyyyyy... qué miedooo... ¿qué más me vái a hacer...?”


    “Además de las palmadas... te voy a poner...”


    “¿¿Me vái a poner qué...??”


    Me acerqué más a ella, y le susurré en el oído:


    “Un supositorio en el popín...”


    Abrió los ojos bien grandes y se tapó la boca en un gesto de sorpresa, se puso colorada y se rió entre asustada y curiosa.


    “Ooooohh... Que erís cochino túuuuuu...” me dijo, retorciéndose los deditos de puro nervio... Me miraba como incrédula, todavía se reía pero como que no sabía si yo estaba hablando en serio o en broma.


    “Apuesto que no te atreeeveeees… Lero leeerooooo...” me dijo riéndose, pero como con un poco de susto.


    “Pégame de nuevo y vas a ver...”


    Se movía y se contorneaba toda nerviosa, mordiéndose un dedito, sonriendo pero dudando si atreverse a pegarme de nuevo o no… Hasta que de repente me pegó otro combo y salió arrancando de nuevo... Yo la perseguí hasta la misma pieza, ella se tiró sobre la cama y gritaba y se reía como loca... Me lancé de nuevo encima, ella de espalda tratando de defenderse como una gatita, le hice hartas cosquillas, y cuando estaba roja y ahogada de tanto reírse, la dí vuelta boca abajo y me puse de costado sobre su espalda para que no pudiera moverse, yo de lado dándole la espalda a su cabecita y mirando hacia sus piernas y su potito… y muy lentamente, le levanté la falda hasta dejar al descubierto sus coquetos calzoncitos...


    “Oye... Qué estái haciendo… Nooo...” se quejaba entre risitas, y trataba de soltarse. Pero la aplasté con mi cuerpo para que no pudiera moverse, y le dije al oído: “Ahora... Te voy a bajar los calzones y te voy a aplicar el primer castigo...”


    Yo pensaba que me iba a mandar a la mierda, pero extrañamente, como que dejó de retorcerse y se quedó súper quieta, con la cabeza de lado y las manitos como abrazando el cubrecama, sonriendo nerviosa y mirándome de reojo, como esperando a ver si yo realmente me atrevía a cumplir mi amenaza.


    Suavemente, le bajé los calzones hasta dejarla a poto pelado.


    Ella dijo “Ooohhhh... Oyeee… Puchaaaaa…” y se puso más colorada, pero seguía súper quieta, casi como conteniendo la respiración.


    Le dí varias palmadas suaves en el potito, a propósito casi sin fuerza. Ella cerró los ojitos y susurró un “Ayyyyyy... Oyeeee…”


    La protesta obviamente no era porque le doliera, sino por la mezcla de excitación y vergüenza de estar así, con este primo grande que le gustaba, que la tenía bien sujeta boca abajo sobre la cama, que le había subido la falda, le había bajado los calzones, y le estaba dando unas suaves palmadas a potito pelado...


    Entonces, siempre de lado sobre su espalda para que no pudiera escapar, le dije susurrándole:


    “Ahora... El segundo castigo... Te voy a poner el supositorio...”


    De nuevo, en vez de protestar y patalear tratando de soltarse, se quedó extrañamente quieta, roja como tomate, con la respiración alterada y con los ojitos entrecerrados, mirándome de reojo y mordiéndose los labios de puro nervio...


    En vista que no oponía mayor resistencia, le empecé a pasar un dedo muy suavemente por la hendidura entre las nalgas, mientras le susurraba al oído: “El dedo-supositorio... Se acerca lentamente... Al popín de la pobre niñita...”


    Ella cerró los ojos, apretó el cubrecama con las manitos y empezó a hacer unos pucheros muy suaves… el corazón le latía a mil…


    “Oyeeee... Pucha… Nooooo...” susurraba. Pero seguía con los ojitos cerrados, muy quieta, sin oponer ninguna resistencia.


    Le acaricié varias veces la hendidura, y muy lentamente le metí un dedo entre las blancas redondeces hasta rozar ligeramente el hoyuelo... Ella dió un respingo, volvió a decir “Nooo... Pucha ooohhh...” pero siguió sin moverse. Le acaricié suavemente el tierno orificio del popín varias veces, y ella seguía diciendo noooo noooo en voz baja. Y cada vez que se lo rozaba, ella como que daba un pequeño respingo, y el hoyuelo le pulsaba, como que lo relajaba y lo apretaba nerviosamente...


    Con mucha delicadeza, le puse la punta del dedo bien centrada en el rosado orificio, y le susurré: “Ahora... Prepárate… Porque el dedo-supositorio va a entrar poco a poco... En el popó de la pobre Claudita...”


    Extrañamente, esta vez ella no dijo nada, apretó bien las manitos y hundió la cara en el cubrecama, como rendida y entregada a lo que yo le hiciera.


    Muy suavemente, comencé a empujar. Sentí cómo el ano se le abría poco a poco, y mi dedo comenzó a entrar... pero tuve que hacer fuerza, y el dedo le entró suuuuuuper lento… Ella hizo un puchero como lloriqueando, cerró los puños bien apretados y hundió más la cara en el cubrecama…


    Obviamente mi linda primita no era tan laxa como la Marce… Me anoté mentalmente que con la Claudita, si la cosa agarraba vuelo de verdad, no iba a poder llegar hasta el fondo en la primera sesión como con la Marce… Pero bueno, no nos adelantemos, pensé, y me concentré en la tarea que tenía entre manos: castigar a mi primita metiéndole el dedo en el pompi… Y hacerlo de tal manera que gozara cada segundo del “castigo”…


    Usando toda mi experiencia ganada con la gringuita Maureen y con todas las otras minitas a las que había penetrado por el pompi desde ese famoso verano de iniciación, le metí el dedo súper despacio a mi linda primita, pasé lentamente el primer esfínter y seguí avanzando, pero sólo hasta rozar el segundo esfínter, y estuve un buen rato estimulándole el primer esfínter y punzando ligeramente el segundo, sin penetrar más profundo, con un mete-saca lento y suave que la hacía gemir y hacer pucheritos... Yo disfrutaba cada segundo metiéndole el dedo en el poto a mi primita, y ella evidentemente también estaba disfrutando intensamente, a pesar de lo apretado que entraba mi dedo en su popó... Pero al mismo tiempo, yo no podía entender porqué se había dejado “castigar” tan fácilmente y casi sin oponer resistencia...


    Retrocedí muy despacio hasta sacarle el dedo del poto, le dí un último par de palmadas suaves en los cachetes y le subí los calzones haciéndole hartos cariñitos en el pompi, me incorporé, le acaricié el pelo y le dí un beso tierno en la mejilla. Ella se quedó un instante en la misma posición, con la cabecita de lado sobre el cubrecama, abrazándolo con las manitos bien apretadas y los ojitos cerrados… Y lentamente, se incorporó y se empezó a arreglar la blusa y la faldita… Estaba como mareada y atontada, y roja como tomate… Y mientras se arreglaba me dijo:


    “Oyeee... Malooooo… Que erís cochinoooooo...” Y caché que disimuladamente me miró el paquete.


    Obviamente yo tenía mi dardo tan duro y grande que era imposible disimular el bulto, pero igual era como extraño que siendo tan chica me mirara el paquete tan directo.


    Y entonces, casi como sin pensarlo, de repente me dice:


    “Yo pensé que me ibas a hacer lo mismo que le hacen a la Princesa Rusa...”


    Ahora sí que no entendí nada de lo que me estaba diciendo.


    “¿Lo que le hacen a la Princesa Rusa? ¿Cuál Princesa Rusa?”


    “Eeeeee... Noooo, nada, nada...” me dijo, haciéndose la tonta y tratando de no mirarme el bulto en mis jeans.


    Y ahí, de repente, me acordé de esa famosa novela, y caché todo el mote.


    “¡¡¡Apuesto que leíste las Memorias de una Princesa Rusa!!!” le dije.


    Me quedó mirando atónita, completamente sorprendida.


    “¡¿¿¿Tú cachái ese libro???!”


    “Saaaale... es más famoso... ¿Pero cómo lo leíste tú? ¡Apuesto que lo encontraste en la biblioteca!”


    De nuevo trató de hacerse la tonta, pero no pudo negarlo.


    “¿Y a qué te refieres con eso de que creíste que yo te iba a hacer lo mismo que le hacen a la Princesa Rusa? ¿Qué le hacen?”


    “Ayyy... pucha... me dá nervio contarlo...”


    “Ya poh... díme... ¿Es algún capítulo en especial?”


    “Sí... Ay, ya oooh, no me preguntís más, que me dá cosa... ¡es que es tan terrible lo que le hacen...!”


    “A ver, muéstramelo” le ordené.


    “Pucha... es que me dá vergüenza poooh...”


    “Ven pa’cá...” le dije, y la llevé de la mano a la biblioteca.


    “Ya, muéstrame cuál es”


    “Pucha es que me dá vergüenzaaaaaa...”


    “Ya poh… muéstrame”


    “Ay… bueno ya oooh… es ese de tapas negras...”


    “¿Y cómo lo cachaste?”


    “Lo saqué pa verlo porque es el único que no tenía ningún título ni nada”


    Efectivamente, era el único libro que no decía nada ni en las tapas ni en la contratapa. Lo tomé y empecé a hojearlo. Mi primita se revolvía toda nerviosa, se mordía los labios y se retorcía los deditos… ¡Y yo ya sabía porqué!


    Cuando dijo que pensó que yo le iba a hacer “lo mismo que le hicieron a la Princesa Rusa”, me acordé al toque de estas famosas Memorias y de un capítulo en especial, en el que la joven princesita relata “la experiencia sexual más erótica y más intensa de su vida”, y el hombrón que la somete es nada menos que… ¡Un primo mayor! (en realidad era un primo de su papá). Lo que mi linda primita Claudia no sabía era que yo ya había leído este libro, en la misma biblioteca, ese verano que vine al sur después del verano con las Inglesitas…


    Busqué ese capítulo a propósito, y lo empecé a leer en voz alta.


    Para las que no la cachan, esta novela erótica se basa en el diario de vida de una princesita adolescente en tiempos de la Rusia Imperial (“Una preciosa niña rubia, tal vez la más hermosa de todo el Imperio”) y es considerado uno de los mayores clásicos eróticos de todos los tiempos, onda al mismo nivel que las novelas del Marqués de Sade. Lo curioso es que hay varias versiones de esta novela, y no todas incluyen el capítulo del primo. Pero en todas se describe a la bella y precoz princesita como una típica mocosa consentida y malcriada, descendiente de la más alta nobleza del Imperio Ruso, acostumbrada a una vida de lujos y a hacer lo que se le daba la gana, y que siempre conseguía todo lo que quería, especialmente… ¡Amantes!


    Según la novela, a pesar de tener apenas 13 años, con sus primitas y amiguitas nobles de la misma edad ya se habían tirado a cuanto esclavo y campesino musculoso había en la Hacienda de su padre. Para mis lectoras que sepan historia Europea, esto no debería ser ninguna sorpresa: la Rusia Imperial era famosa por la liberalidad sexual y precocidad de sus mujeres, y especialmente las nobles, que tenían amantes por docenas.


    En el capítulo que ponía nerviosa a mi primita, la princesa empieza diciendo algo así como:


    Me gusta seducir y dominar a los hombres y usarlos a mi antojo para mis placeres. Pero hay un hombre al que no pude dominar, él me dominó a mí totalmente, me subyugó, me sometió y me hizo sufrir y gozar como ningún otro hombre en mi vida...”


    “¡Ese es el capítulo!” dijo mi primita, y como que se arrepintió al toque... “Pucha oooh... no lo leái que me dá tanto nervio...” protestó la Claudia, pero yo seguí leyendo... y mi primita se retorcía y se mordía las uñas como si se fuera a hacer pipí de puro sustito... Pero igual seguía escuchando mientras yo leía...


    Para resumirles, en este capítulo la princesita cuenta que ella nunca había conocido personalmente a este primo de su papá, que era un alto oficial de caballería a cargo de la guardia del Zar, condecorado como héroe del Imperio por su valentía en numerosos combates con tropas enemigas. Pero cuando se supo en la Hacienda que vendría de visita, hubo rumores y cuchicheos por doquier entre las mujeres, porque se decía que era un moreno atlético y buenmozo que tenía “la lanza más monstruosa que jamás se había visto, con la que sometía a las mujeres de la manera más cruel…”


    Este primo lejano de la princesita venía por primera vez ese verano a pasar unas semanas en la Hacienda, para hacerse cargo de algunos negocios que estaban desarrollando con el papá de la princesa, que a su vez andaba de viaje. Y cuando llegó, quedó la cagada entre las mujeres, porque el tipo era tal como se había rumoreado, un morenazo muy macho, muy buenmozo, y con pinta de sádico y malvado.


    La princesa y sus amiguis también se volvieron loquitas, y lo único que querían era “conocer en carne propia los rigores de aquella famosa lanza, especialmente por la inquietud y excitación que les provocaban aquellos oscuros rumores respecto a la extrema crueldad y sadismo con que aquel hombrón sometía a sus amantes…”


    Y como la princesita era linda, coqueta y pizpireta como ninguna, no le costó nada atraer la atención de su famoso primo y seducirlo con sus encantos. Más pronto que tarde, el primo la invitó a sus aposentos y dio la orden de no ser interrumpidos bajo ninguna circunstancia, escucharan lo que escucharan desde afuera…


    Cuando la princesita vió el enorme miembro viril de aquel primo mayor, tuvo que ahogar un grito… ¡Los rumores eran absolutamente ciertos! Y cuando sintió todo su grosor abriendo al máximo su pequeño chochi, casi se desmayó…


    El tipo era dominante y fuerte como ningún otro hombre de los muchos que ya había conocido la pizpireta princesita, y tenía una resistencia increíble… Le dió duro con el mete-saca por el chochi en diferentes posiciones por más de cuarenta minutos, y cuando la princesita ya estaba totalmente exhausta, la puso en cuatro patitas, y comenzó a penetrarla por el chochi a lo perrito…


    Y de repente… Con un hábil movimiento… ¡Le sacó la estaca del chochi y le puso la enorme cabeza bien centrada en el rosado y tímido orificio entre las dos perfectas redondeces de su tierno popó...!


    El enorme miembro viril, perfectamente lubricado, duro y enhiesto como un heroico y cruel guerrero, estaba listo para penetrar sin piedad a la princesita por aquella entrada prohibida y virgen…


    Y antes que la pobre princesita alcanzara a reaccionar… ¡Le empezó a clavar aquella estaca monstruosa en el popó!


    La princesita trató de decir que no, pero como ella misma relata:


    “El “NOOO” desesperado que mis labios jamás alcanzaron a pronunciar, terminó confundiéndose con la lenta penetración del guerrero...”


    Al escuchar esta parte, a mi pobre primita le tiritó la mandíbula y emitió una especie de quejido... La pobre Claudita no quería más de nerviosa, y mientras yo seguía leyendo lo que la princesa relataba en su Diario, gemía y se mordía los labios casi como si la hubieran estado penetrando por el popín a ella...


    La princesa describía en su Diario con espeluznante realismo todo lo que iba sintiendo mientras aquel malvado hombrón la penetra más y más profundo por el popó… Hasta que de repente, el malvado se detiene… Y lentamente, comienza a retroceder…


    “Y al sentir el vacío que aquella monstruosa lanza dejaba en mis entrañas, perdí el control de mí misma, me volví loca de deseo y empujé hacia atrás con todas mis fuerzas, clavándome la cruel estaca al máximo...”


    Ahora sí que pensé que mi primita se iba a desmayar, cuando leí esta parte... la pobre hizo un puchero, emitió un gemido y un “¡¡¡Ayyyyy...!!!”, de nuevo como si la princesa fuera ella misma...


    Y yo, igual de malvado que el primo de la princesita, seguí leyendo la espeluznante descripción que hace ella en su Diario:


    “De mi garganta surgió un bramido atroz, gutural, animal… La cruel estaca entró entera en mi derriére… Hasta el fondo… Y gocé y disfruté frenéticamente con aquella empalada brutal, terrible… Y alcancé el clímax más intenso de mi vida…”


    Al escuchar esto, la pobre Claudita se tapó la boca con las manitos y como que le se le doblaron las rodillas… Por un momento pensé que iba a colapsar…


    La princesa cuenta que el malvado primo le siguió dando por el popín un largo rato con un lento y rítmico mete-saca, y describe con lujo de detalles todo lo que sentía con cada avance y retroceso de aquel monstruoso pene en su popó, y alcanza múltiples orgasmos, hasta que finalmente su primo acaba dentro de ella y ella tiene “un último y profundo orgasmo, tan intenso y tan poderoso que me sacudí con violentas convulsiones, y creí que moría de placer...”


    ¡Misterio resuelto! Por eso mi primita no había ofrecido ninguna resistencia, sino que se había quedado muy quietita mientras yo le metía el dedo en el poto... ¡estaba jugando a la Princesa Rusa!


    Cuando terminé de leer el capítulo, mi pobre primita estaba temblando enterita, le tiritaba la mandíbula y tenía gotitas de traspiración en la nariz y en la frente. Metí el libro de vuelta en el estante y tomé a mi primita de la mano. Tenía las manitos húmedas y heladas y le temblaban de puro nervio.


    “Ven conmigo” le dije, y la llevé de la mano a la misma pieza donde le había hecho cosquillas.


    “Oye… Pucha ooohhh... ¿Q-q-qué me vai a hacer...?” me dijo cuando entramos en la pieza, toda tiritona, como haciéndose la tonta, aunque sabía perfectamente pa' dónde iba la cosa, si hacía poco rato antes había dejado que le metiera el dedo en el potito ahí mismo, en esa cama... Pero igual, para ponerla más nerviosa, me acerqué y le dije al oído:


    “Vamos a jugar a la Princesa Rusa... Pero ahora de verdad...”


    Y antes que pudiera decir nada, le dí un beso en la boca, la dí vuelta y le ordené que se tendiera de guata en la cama. Estaba tiritando entera de puro nervio y susto, pero me obedeció. Me puse al lado, le levanté la faldita y le bajé los calzones. Le metí el dedo en la hendidura y le acaricié suavemente el ano. Dió un saltito y gimió, pero se quedó bien quieta.


    Me incorporé y le dije que se quedara ahí mismo, sin moverse. ¡Y me hizo caso! Ya estaba totalmente sumisa y obediente. Ver a mi primita así, tendida boca abajo en la cama, con la faldita levantada, los calzones abajo y a potito pelado, era absolutamente maravilloso. Y ella disimuladamente me miraba el paquete y se mordía los labios... A esa altura tenía un bulto que me dolía de tan duro que estaba.


    “¡Quédate quieta!” le ordené. Salí de la pieza y fuí a buscar algo que desde aquel famoso verano con la Inglesita, siempre andaba trayendo conmigo: Un pote de crema Nivea. También tomé una toalla limpia del baño que había al frente de la pieza, la empapé en agua caliente y la estrujé. ¡No te muevas! Le volví a ordenar desde el baño. Y cuando volví, la Claudita seguía en la misma posición, de guatita, a potito pelado, lista y dispuesta a jugar a la Princesa Rusa. Yo ya no podía más de caliente. Puse el pote de crema Nivea y la toalla húmeda a un lado de su popín.


    Cuando vió el pote de crema, se quejó e hizo un puchero... pero no dijo nada. Tal vez ella pensaba que iba a ser de nuevo sólo el dedito, pero cuando me vió abrir el pote y empezar a abrirme el cierre de los jeans, le quedó claro que la cosa iba en serio. No sé si ya se lo imaginaba desde que dejó que le metiera el dedo en el pompi, pero el asunto es que igual se quedó quieta y como esperando lo que yo le iba a hacer...


    Muy suavemente le acaricié el ano con crema, y después de lubricarle bien el hoyuelo, empecé a meterle un dedo. Se quejó y cerró los ojos, pero era obvio que con toda la excitación, estaba gozando y disfrutando intensamente. Jugué con el dedo estimulándole el primer esfínter y punzando el segundo para que se relajara, y cuando ya tenía el ano bien lubricado por dentro y por fuera, saqué mi instrumento y me eché crema en toda la cabeza y el tronco.


    Ella miraba de reojo y hacía pucheritos. Dejé que viera cómo me lubricaba el pene hasta la base, para que creyera que se lo iba a meter entero. Eso siempre hacía que las otras minitas se pusieran más nerviosas y se excitaran aún más, sintiendo entre miedo y deseo. Y la Claudita no fué una excepción: al ver cómo me lubricaba el pene hasta la base, hizo como un lloriqueo, le tembló la mandíbula y se le crisparon las manitos... Le pasé una almohada y le dije que la abrazara. Me obedeció sin decir nada.


    Me puse detrás, le terminé de sacar los calzones, hice que doblara las rodillas y separara las piernas para que quedara en cuatro patitas, con el pompi bien parado y expuesto, puse la toalla justo debajo de ella, me puse directamente detrás de su pompi y me preparé para penetrarla por el poto.


    Le abrí las nalgas con los dedos de una mano y con la otra dirigí la punta de mi pene hacia el rosado ano de mi preciosa primita. Al sentir la punta en su orificio, ella hundió la cabeza en la almohada y la apretó con sus manitos, como preparándose para la embestida. Pero en vez de penetrarla, jugué un buen rato con la cabeza de mi pene rozándole el ano, moviéndolo hacia arriba y hacia abajo por la hendidura, separándole las nalgas moviendo la cabeza hacia los lados, haciendo como que iba a empezar a entrar cada vez que la punta le rozaba el ano, pero sin penetrarla, haciendo pequeños círculos y afirmándola de una cadera con mi mano libre. Sentía cómo ella se desesperaba y temblaba de excitación. Ya estaba lista…


    Usando toda mi experiencia previa, la tomé firmemente de la cadera y le puse la punta bien centrada en el ano, y ella supo que el momento había llegado... Se aferró a la almohada, hundió la cara y se quedó expectante, casi sin respirar...


    Manteniendo la punta bien centrada en su hoyuelo, comencé a empujar. Sentí cómo el ano se le abría suavemente... mi pene comenzó a entrar leeeentameeeeente en el precioso popín de mi primita... Y ella hizo un tremendo puchero ahogado contra la almohada...


    Debo aclarar que a pesar de haber cumplido ya 17 años, mi pene todavía no alcanzaba el tamaño adulto, así que a pesar de lo poco laxa que era la Claudita, la cabeza le entró entera sin demasiado esfuerzo. Me detuve un momento. Retrocedí lentamente hasta casi salir, y volví a penetrarla sólo con la cabeza. Mi primita hizo otro tremendo puchero. Volví a retroceder, y la penetré de nuevo, avanzando un poco más, sin que se sintiera extremadamente apretado, pero lo suficiente para punzar ligeramente el segundo esfínter, así me aseguraba que ella lo sintiera casi como si hubiera entrado entero.


    Esta es la dosis perfecta de sexo anal para una principiante que es poco laxa, cuando el macho que la va a penetrar tiene un pene semi adulto o de frentón adulto: La estaca debe entrar sólo lo suficiente para que se sienta penetrada, subyugada y sometida, para hacerla gozar hasta el éxtasis, pero sin pasar mucho más allá del segundo esfínter, sino sólo punzándolo, abriéndolo y estimulándolo suavemente. Esa era la dosis exacta que le estaba aplicando a mi primita. Y a juzgar por los pucheros y gemidos, la pendex estaba gozando y disfrutando cada segundo...


    Seguí con el mete-saca suave y lento por mucho, mucho rato, ella haciendo sus pucheros de placer cada vez que sentía entrar la cabeza hasta punzar el segundo esfínter… Hasta que finalmente sentí que no podía retener más el orgasmo. Retrocedí una última vez, y antes de volver a penetrarla, hice que doblara un poco más las rodillas y quebrara las caderas, para que parara bien el potito y así el semen entrara profundo en su popín, aunque sólo tuviera un poco más de la cabeza de mi pene dentro de ella. De nuevo puse la punta en su hoyuelo, la penetré lentamente y cuando llegué al segundo esfínter, me puse a puntearla con rápidos avances. Se volvió loquita, pensé que se iba a desmayar. Aceleré los cortos avances, y sentí cómo subía mi orgasmo hasta explotar dentro de ella. Mi primita también lo sintió, y cuando empecé a lanzar chorro tras chorro, soltó un largo y agónico quejido y empujó para atrás, haciendo que la cabeza abriera el segundo esfínter, el que pareció relajarse con el clímax de excitación y placer de mi preciosa primita. Pero la contuve para evitar que ella misma se empalara hasta el fondo, eso habría sido demasiado para su primera vez. Ya aprendería a relajarse lo suficiente para poder metérselo entero.


    La mantuve con el popín bien parado y con la cabeza de mi pene dentro, para que el semen llegara hasta el fondo de sus entrañas. Con mucho cuidado, hice que estirara las rodillas hasta quedar completamente tendida de guata, conmigo encima y con mi pene todavía bien metido en su popín. Ella giró la cabeza y me dió un largo beso. La besé y le acaricié el pelo un buen rato, hasta sentir que mi pene se achicaba. Me incorporé un poco, tomé la toalla húmeda y la metí entre sus piernas y bajo mi pene. Retrocedí suavemente hasta salir de su popín, con cuidado para que mi pene no rozara su “chochi” (puede causar infecciones, y los restos de semen podrían causar un embarazo). El ano se le cerró y quedó como si nunca hubiera pasado nada. Le pasé la toalla húmeda desde abajo hacia arriba, para limpiarle bien la crema y posibles restos de semen, y me limpié bien el pirulón. Todas las huellas del “castigo” quedaron borradas.


    Ella se incorporó, se subió los calzones y se arregló la falda.


    “Oyeee... Que eres depravado túuuu...” me dijo, todavía temblando de excitación.


    “Pero te gustó... ¿O no?”


    Me miró, y trató de poner cara de enojada, pero no pudo evitar una sonrisa pícara... “Eres un malvado...” me dijo. Le dí un beso en la boca y me lo devolvió como con furia, súper apasionada. En eso estábamos, cuando sentimos las voces de las nanas y los cabros chicos que volvían del paseo. La Claudita me dió otro beso y me dijo que se iba al tiro a su pieza para que no nos cacharan la movida. Quedamos de jugar de nuevo a la Princesa Rusa apenas pudiéramos. Yo guardé la crema Nivea, enjuagué la toalla con agua bien caliente y la colgué en el baño de mi pieza, lista para la próxima sesión de tortura.


    Y tal como pensamos, al otro día de nuevo las nanas salieron con los mojones, y de nuevo le clavé la estaca a mi linda primita en su precioso popín, un poco más profundo que el día antes, pero todavía sin pasar mucho más allá del segundo esfínter. Y ella gozó y disfrutó incluso más que la primera vez.


    Pasaron un par de días en que los tíos nos llevaron a todos a distintos paseos por la zona, así que no pudimos volver a jugar con mi primita. Nos mirábamos con ojitos cómplices, pero nos hacíamos los tontos para que no nos fueran a pillar. Al tercer día los tíos tuvieron que volver al trabajo, y de nuevo nos quedamos solos en la casa. Y por supuesto, apenas nos quedamos solos, nos pusimos a jugar a la Princesa Rusa... mi linda primita, entre risitas nerviosas, se tendió ella solita en la cama y escondió la carita en la almohada... le hice cosquillas, le levanté la falda y le saqué los calzones, dejándola a potito pelado… la puse en cuatro patitas... y después de lubricar bien mi pirulo y su tierno y rosado ano, le puse la punta en el pequeño orificio y comencé a empujar...


    Oooohhh... qué sensación más deliciosaaa...


    Era nuestra tercera sesión, y ya estaba pasando el segundo esfínter con la cabeza entera de mi pene. Suavemente, con mucho cuidado, le estimulé el segundo esfínter pasando una y otra vez con la cabeza, pero sin penetrarla hasta el fondo. Mi primita casi se ahogaba en la almohada, entre quejidos y gemidos y unos interminables mmmfffff y mmmmggggg...


    En los siguientes días, sesión tras sesión, la Claudita aprendió a relajarse cada vez más, la fuí penetrando cada vez más profundo, hasta que finalmente logramos llegar hasta el fondo y la estaca le entró completa. Cuando la sintió entera adentro, se volvió loquita y empujó y se pegó contra mí con todas sus fuerzas. Qué manera de gozar la pendex. Y yo para qué decir. Ella aprendió tan bien a disfrutar por el popó, y a relajarlo y apretarlo a su gusto, que yo notaba que el hecho de ser poco laxa y que le entrara apretado incluso la hacía gozar más que si hubiese sido súper laxa como la Marce.


    Estuve todo ese verano dándole duro a mi linda primita por el pompi. Y al siguiente verano nos volvimos a encontrar en la casa de los tíos, y otra vez jugábamos a la Princesa Rusa cada vez que nos quedábamos solitos. Los tíos sospechaban que algo pasaba, pero pensaban que éramos primos con ventaja, onda besitos y nada más, así que no se urgieron para nada y nos dejaban andar juntos y nos dejaban solos sin que nadie nos vigilara ni nada. Si hubieran sabido lo que realmente le hacía a mi primita, les habría dado un ataque cardíaco.


    Lamentablemente, después de ese verano, perdí contacto con ella y nos dejamos de ver porque su familia cambió de lugar de veraneo. Mucho después, supe que se puso de novia con otro compadre, se casó, y a los dos años se separó.


    Y un buen día nos encontramos de nuevo, esta vez en un asado familiar en Santiago. Ella ya tenía 21 y seguía separada. Y estaba más rica que nunca, con unos jeans blancos bien apretados que realzaban su precioso popín. Se puso toda nerviosa cuando me vió, yo me acerqué y nos pusimos a conversar.


    Y por supuesto, al toque salió el tema de esos veranos y las sesiones jugando a la Princesa Rusa.


    “Fuiste un profanador de cunas conmigo... Me hiciste jugar a la Princesa Rusa y me desfloraste mi popó... ¡Y yo no había cumplido ni trece todavía...!”, me dijo entre risitas nerviosas.


    “Hey, pero tú fuiste la que leyó las Memorias de la Princesa Rusa... y yo también era menor de edad... claro que con un poco más de experiencia”


    “Saaaaale... tú eras un experto... y me convertiste en una adicta... ¡A los doce años! ¡Qué depravado!”


    “Pero lo pasaste bien conmigo... ¿O no?”


    “Oye... tú sigues igual... Pero no me puedo quejar, primito” me dijo toda coquetona... y lanzando disimuladas miradas a mi paquete. Le tiritaba la chela en la mano... estaba súper nerviosa, era obvio.


    “¿Y practicaste lo aprendido después de ese verano?”


    “Oyeee... que eres intruso túuu...”


    Me acerqué y le dije al oído:


    “¿Y no te gustaría que juguemos a la Princesa Rusa ahora?”


    Se rió y puso más nerviosa todavía. Ahora le tiritaba hasta la boquita. Y me dice en voz baja:


    “¿¿Aquíii?? Mmmmm... ¿Pero... dónde? No nos pueden cachar ni los grandes ni los chicos, mi hijo está allá jugando con sus primos...”


    Yo ya conocía esta casa, así que sabía cuál era el lugar perfecto.


    “Anda al baño que hay al final del corredor entrando por ese living. Pero mejor entra por la cocina, así no vas directo. Yo voy a entrar por otro lado para que no me vean.”


    Ella se quedó pensando un momento, evidentemente se retorcía entre el deseo y el susto de que nos pillaran en pleno acto.


    “Yo voy primero” le dije, antes que contestara.


    Dí la vuelta por otra parte y llegué al baño. Y a los pocos minutos, apareció mi preciosa primita.


    “¡Eres un loco...!” me dijo mientras entrábamos al baño. “Tuve que pedirle a la nana que viera a mi hijo... le dije que me iba a demorar un poco...”


    Una vez adentro, llave a la puerta, nos besamos apasionadamente, y de inmediato la dí vuelta y la puse contra el lavatorio. Abrí el agua caliente y puse una toalla de mano debajo del agua. Ella respiraba agitadamente y con una mano me manoseaba el paquete.


    Mientras se calentaba el agua, le desabroché los jeans blancos y se los bajé lentamente, con calzón y todo. Y mi primita una vez más quedó a poto pelado conmigo detrás…


    De un bolsillo, saqué una crema Nivea.


    La Claudia tuvo que ahogar una risita cuando vió el pote.


    “Ooooohhh... ¿Venías preparado? No puedo creerlo...”


    “Yo sabía que me iba a encontrar contigo en este asado... con mi linda primita…”


    “Y yo sabía que me iba a encontrar con mi primo malvado... venía súper nerviosa...”


    Claudia cerró los ojos, siempre acariciándome el paquete, y suspirando me dijo:


    “Qué bueno que pensaste en todo...”


    Le giré la cabeza y dí un beso cálido en la boca, acariciándole el potito y haciéndole cosquillitas en el orificio prohibido.


    Cerré la llave del agua, estrujé la toalla y la dejé a un lado. Abrí el pote de crema y comencé a lubricarle el hoyuelo del popín con suaves caricias. Ella gemía con cada roce. Yo me acordaba de lo poco laxa que era cuando la penetré por primera vez por el pompi, pero también me acordaba de lo bien que había aprendido a relajar y abrir y apretar su popó para disfrutar al máximo con mi pirulón clavado hasta el fondo, así que ahora veríamos cuánto recordaba de aquel aprendizaje.


    La besé en la boca, y lentamente le introduje un dedo en el poto. Hizo un puchero y gimió igual que cuando chica.


    “Shhhh... No hagas ruido” le dije, y asintió con la cabeza. Y pude sentir en mi dedo cómo abría y apretaba el primer esfínter a voluntad.


    Suavemente, le metí dos dedos en el poto hasta punzar el segundo esfínter, y con la otra mano le acaricié el clítoris. El primer esfínter se le abrió sin mayor dificultad, y el segundo respondió a mi estímulo de inmediato… La bella Claudita casi acaba ahí mismo… ¡El popó de mi preciosa primita no había olvidado las lecciones! Así que le acaricié el ano y el clítoris hasta que el orificio se le relajó lo suficiente para el “supositorio” que le iba a poner. Ella estaba con los ojos cerrados, gozando cada segundo.


    Me pareció que ya estaba lista, pero considerando lo poco laxa que era, por si acaso seguí con las caricias y metiéndole los dedos en el pompi muy suavemente, para asegurarme que estuviera absolutamente relajada antes de la terrible empalada a la que la iba a someter... Hasta que de repente no aguantó más, y me dijo:


    “Métemelo primito...” en un susurro casi desesperado.


    “¿Por dónde quieres que te lo meta, primita?”


    “Ay ooohhh... tú sabes...”


    “Dímelo...”


    “Ayy, que eres malo... si tú sabes...”


    “¿Quieres que te penetre como a la Princesa Rusa...?” le susurré en el oído


    “… Síiiiii…” respondió ella entre suspiros


    “Entonces dímelo: Primito, deseo que me penetres por el ano…”


    “… Primito… deseo... que me penetres… por el anoooo...” (ésto lo dijo en un susurro casi inaudible)


    Mientras teníamos este diálogo en voz baja para que no nos escucharan, yo me había echado crema en todo el pene hasta la base. Mi bella primita estaba cachonda y excitada al máximo, el popó se le abría y cerraba nerviosamente, preparándose para la embestida, y yo tenía mi estaca bien lubricada y lista para clavársela en el poto y ensartarla como pollita en un anticucho, igual que cuando era chica…


    Hice que apoyara las manos a los lados del lavatorio y que parara bien el potito. Y con la misma técnica que me había dado siempre tan buenos resultados, le abrí las nalgas y le puse la cabeza de mi pene en su pulsante ano. Al sentirlo, casi desfalleció de excitación. La tomé firme de la cadera con una mano, y centré bien la punta de la estaca en su orificio prohibido con la otra. Mi primita ya sabía lo que esto significaba: Había llegado el momento. Crispó las manos en el lavatorio y cerró los ojos, preparándose para gozar y sufrir con la más voluptuosa penetración a la que un primo malvado como yo puede someter a su linda primita...


    Lentamente, la atraje hacia mí, y simultáneamente empujé hacia adelante. Y la dura y cruel estaca comenzó a clavarse en su precioso popín...


    La pobre Claudia soltó un quejido, y tembló de excitación y placer... Le tapé la boca y le dije “¡Shhhh!”. La sujeté con fuerza y le mantuve la boca tapada. Ella temblaba entera, y a medida que le clavaba la cabeza de la estaca más y más adentro, se daba cuenta que el tamaño del “supositorio” ya no era el de ese adolescente de 17 años que la penetró por el popín cuando ella tenía 12. El ano se le abría más... Y más... Y más… Mucho más de lo que ella recordaba... “Mmmmfff.... Mmmmffff...” decía a través de la mano con la que le tenía tapada la boca…


    La cabeza entró entera, llegué hasta el segundo esfínter, y comencé a estimulárselo con pequeñas embestidas. Cuando sentí que se le relajaba, proseguí con el avance, y muy lentamente, la cabeza pasó completa el segundo esfínter…


    “¡¡Mmmmm…!!” gimió mi primita. Me mantuve ahí, con pequeños mete-saca, estimulándole los dos esfínteres al máximo, hasta que se le relajaron lo suficiente para proseguir con la penetración. Y empecé a avanzar de nuevo. Los “¡Mmmmffff...!” comenzaron a ser cada vez más desesperados, a medida que mi pene entraba más profundo en su pompi... Pero no detuve mi avance... Ya sabía que su popó recordaba bien lo aprendido…


    Sádicamente, le mantenía la boca tapada, y ella sabía que no podía hacer demasiado ruido... Seguí penetrándola milímetro a milímetro, exasperantemente lento, mientras con la mano libre le acariciaba suavemente el clítoris... Estaba totalmente mojada, y cuando llevaba más o menos un tercio del pene adentro, se estremeció con un primer clímax...


    Seguí empujando apenas lo suficiente para que mi pene no detuviera nunca su triunfal y cruel avance... ya estaba llegando a la mitad de la lanza... y mi primita se sacudía y temblaba entera... Sus manitos estaban blancas de apretar con tanta fuerza el lavatorio... respiraba en forma entrecortada a través de mi mano... le aparecieron gotitas de sudor en la frente... mientras yo seguía penetrándola por el pompi sin piedad...


    La estaca seguía avanzando, ahora dos tercios estaban adentro... “MMMMMMFFF... MMMMMMFFF...” seguía diciendo ahogadamente a través de mi mano... las piernas le temblaban y se le doblaban las rodillas... pero sus quejidos desesperados eran inútiles... yo seguía penetrándola más y más profundo, haciendo caso omiso de sus gemidos... ya casi sentía sus blancas y redondas nalgas rozar mi bajo vientre... mi pene ya había entrado tres cuartos... y seguía avanzando...


    Ahora mi primita temblaba descontroladamente, se le llenaron los ojos de lágrimas, y los “MMMMMMFFF... MMMMMMFFF” eran cada vez más agónicos y guturales...


    Mi pene ya estaba casi entero dentro de su pompi, y sus tersas nalgas comenzaban a apretarse contra mi vello púbico...


    Pero no me detuve, y la estaca siguió entrando más y más...


    Hasta que por fin...


    Por fin...


    Sus nalgas quedaron totalmente pegadas a mí...


    Mi dardo caliente había entrado entero en su precioso popín...


    Me pegué con fuerza a ella, la puntié y revolví suavemente la estaca para que sintiera bien todo el largo y grosor, hasta lo más profundo de su tierno popín... Mi primita se estremeció con convulsiones violentas, sus jugos vaginales mojaron mi mano... El ano le pulsaba rápidamente alrededor de la base de mi pene, confirmando un intenso y poderoso orgasmo...


    Le saqué la mano de la boca y ella respiró como un animalito salvaje... Le tomé el pelo por la nuca y le giré la cara para darle un beso... Me besó con furia, con lujuria, con pasión desenfrenada, con desesperación... Mi linda primita estaba empalada como nunca había estado antes, porque mi pene, cuando la inicié en el sexo anal aquel verano, era mucho más chico que ahora... Ahora tiene uno bastante más grande clavado en el poto hasta el fondo... Y a pesar de la crueldad de la penetración a la que la tengo sometida, está gozando como no había gozado desde aquel verano...


    La tuve así un largo rato, con el pene entero adentro, punteándola y apretándola contra mí, ella a su vez paraba el poto y empujaba para atrás y parecía que en cualquier momento se iba a desmayar…


    Hasta que no aguanté más, y un orgasmo tremendo subió por todo mi cuerpo, y le mandé chorro tras chorro tras chorro de semen en sus entrañas...


    Ella bajó la cabeza, le temblaron las piernas, se le doblaron las rodillas y se estremeció en un espasmo de placer... Empujó con toda su fuerza para atrás, y tuvo un último orgasmo diciendo en un susurro casi inentendible:


    “Aaaahhhhh... Me encantaaaaaa...”


    Seguí pegado a ella, acariciándole el chochi y besándola, mientras mi estaca disminuía lentamente de tamaño. Tomé la toalla húmeda, la metí por delante entre sus piernas y la puse bajo mi pene. Retrocedí suavemente hasta salir de su popín, cuidando que no goteara semen hasta su chochi, como siempre. Le limpié el popín hacia arriba con la toalla y me limpié el pirulón. Terminé de limpiarle el potito, y ella se dejaba querer, toda regalona. Se subió los calzones y los jeans y empezó a arreglarse la blusa.


    “Sal tú primero, yo me tengo que arreglar” me dijo, dándome un beso. “Te espero afuera” le dije. Ella me sonrió, me dió otro beso y me dijo “Eres un negro malvado... Sigues igual de sádico y depravado que cuando era chica... Pero me encanta...”


    Salí disimuladamente y me dí toda la vuelta, hasta llegar al otro patio. El asado seguía en lo mejor. Al rato llegó mi primita, más preciosa que nunca, maquillaje arreglado, bien peinadita y como si nada, pero con un rubor erótico en la cara que sólo yo sabía a qué se debía.


    Para disimular, se puso a conversar con otras minas mientras se tomaba una chela. Y yo también me puse a conversar con otros compadres, de fútbol o de economía o de cualquier weá. Pero no podía evitar mirarla, y ella también me lanzaba unas miradas apasionadas. Y me seguía mirando disimuladamente el paquete.


    No alcanzó a pasar ni un cuarto de hora, y ya se me estaba parando de nuevo. Ella lo notó al toque, me miró, bajó la vista hasta mi bulto y se mordió los labios lascivamente... Y con disimulo partió de nuevo para adentro. La invitación era obvia, estaba lista para jugar de nuevo a la Princesa Rusa…


    Dicho y hecho, a los pocos minutos estábamos encerrados en el mismo baño de nuevo... Y una vez más le clavé mi dura y gruesa estaca en su bello y tierno popó de niña… ¡Hasta el fondo…!
     
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