A pesar de lo
extraño y dificil de aceptar de mi condición; ser nuévamente un
cigoto, aquel ambiente podía ser por momentos realmente cómodo y
acogedor. El problema principal resultaba ser el oficio de mi
contenedora. Constantemente despertaba de mi sueño plácido con el
desagradable e incesante golpeteo resbaloso de algún glande
impertinente. Comenzaba a desarrollar un sentido de pertenencia de
aquel lugar, aquellos glandes eran intrusos invasores. Pero como
cigoto, ¿qué podía hacer?

Quería arañarlos,
pero no tenía uñas, apenas si tenía manos. Quise morderlos pero
tampoco tenía dientes aún. Terminé resignándome. Ni siquiera
sabía a quién pertenecían estos glandes, todo mi contacto con
ellos era a través de una fina membrana, solo llegaban y golpeteaban
mi frente, apenas podía distinguirlos. A fin de cuentas uno de ellos
podría haber sido el mío. ¿Acaso no tenían el mismo derecho?





Unas semanas mas
tarde ya contaba con extremidades, y aunque en cuanto a comodidad ya
no era lo mismo, esto me permitía una mayor autonomía. Cuando las
cosas se ponían desagradables tenía con qué defenderme o mejor aún
me iba a dar un paseo.


Descubrí que aquel
lugar era mucho mas grande de lo que había imaginado. Estaba
descifrando en él un nuevo ecosistema con sus propias reglas de
organicidad, en realidad no era tan diferente a como era afuera. De
hecho en esencia, me ayudó a entender algunas cosas invariables. El
contacto con el exterior me había hecho perder la perspectiva.





En uno de mis
paseos, sumido en profundas reflexiones, me cayó encima otro ser,
con extrema violencia. Al principio lo confundí con otro de aquellos
glandes impertinentes “Están ganando terreno los malditos”
pensé. Pero luego entendí que era otro ser como yo. Intenté
defenderme pero no resultaba fácil, aquel cigoto era ya cási un
bebé, con extremidades bien formadas que le conferían un largo
rango de ataque. Incluso tenía unas uñitas afiladas de lo mas
cabronas. Me llenó de zarpazos el hijo de puta.

Por suerte varios
seres mas acudieron en mi ayuda y nos separaron. Era un grupete
considerable. Yo intentaba calmarme y entender la situación. Esto
quebraba en muchas formas mi concepción de aquel lugar y su
idiosincrasia. Ese día entendí que no estaba solo, no era el único
allí.





Al principio fué
duro de asimilar, pero finalmente entendí que mi existencia allá
era mucho mas llevadera no estando solo. Me enseñaron algunos trucos
y cómo conseguir algunas cosas.


Uno de los mejores
descubrimientos fué el acceso a las endorfinas y la dopamina,
realmente hacían mucho mas manejable aquella existencia. Había que
mantener cierto equilibrio y saber cuándo consumir cada sustancia.


Pero el mayor
aprendizaje fué sin duda la empatía, la toma de conciencia y la
capacidad de accionar al contenedor. No era cosa fácil. El primer
paso era ver y sentir y para ello había que enraizarse con el
contenedor tomar conexión con sus ojos, sus oídos, su boca, su
nariz, su piel, sus manos. Al principio era una sensación
profiláctica, pero con la práctica iba ganando viveza.


El siguiente paso
era entrar en el subconsciente, influir de algún modo en sus
impulsos, sus deseos. Esto era en verdad mucho mas complicado, la
mayoría de las veces uno se sentía atrapado. Ponías toda tu
energía en una acción y el contenedor hacía justo lo contrario:
Pedía el plato que mas odias en el restaurante, se duchaba con agua
fría para activar la circulación, acariciaba al maldito gato...

Un día logré que
Regina le mordiera la verga a un tipo lo que resultó en la
aclamación y el vítore de mis compañeros. Ella reía. Salimos a
celebrar, fiesta de dopamina, endorfinas para la bajada.


Al día siguiente
reconstruí el momento intentando entender qué era lo que había
hecho para lograrlo.


Recordé como un
chispazo, un deslizamiento eléctrico, debía de haber una especie de
flujo.

Conseguí ubicarlo,
era el pensamiento, ahora era consciente no solo de las acciones
sinto también de las intenciones, estaba llegando a la raíz.


Pasaba cáda vez mas
tiempo conectado.
El hecho de que pudiera “escuchar” sus pensamientos no quería decir, ni por
lejos, que pudiera entenderlos. Intentar comprender aquel cuerpo,
aquella mente, era como intentar entender la madre tierra en su
totalidad. Era un mundo arcano de sólidos pilares cuyo pié siquiera
podía atisbar, y a su vez, en su corteza, mareas incesantes y
caprichosas me azotaban como si mi voluntad fuera una cáscara de
nuez.

A veces sus pensamientos parecían inconexos, había una cantidad ingente de
información pululando y saltando malabarísticamente a través de
imposibles puentes invisibles que llevaban de una idea a otra. Me
resultaba muy difícil mantener la concentración, y aún cuando
conseguía seguir el hilo, me veía constantemente atrapado en
contradicciones, paradojas de acción y pensamiento.

Pensaba una cosa y acto seguido hacía lo contrario. Mas tarde entendí que esas
acciones aparentemente contradictorias a menudo la llevaban a
conseguir el objetivo marcado. Lograba influir en otros de un modo
que me fascinaba, mágico, a veces maravilloso, a veces terrible. Las
pequeñas acciones que lograba concretar a traves de Regina no eran
nada en comparación con lo que ella era capaz de accionar en otros,
sobretodo en los hombres. Podía volver loco a un hombre, o hacer que
su confianza creciera, o que cayera por el piso, podía lograr que le
diera enormes sumas de efectivo para luego darselo a otro...

En el trascurso de unos meses Regina había hecho desaparecer ya a varios,
algunos lograban escapar en mitad del siguiente acto sexual. En una sesión
intensa vi como una masa ectoplasmática se aferraba al pene de un
cliente y se precipitaba hacia el exterior. Al caer se recompuso en
una especie de sombra amorfa y reptó despavorido para esconderse
bajo la cama. Entonces recordé mi primera vez con ella, creí ver
algo parecido, me pareció una locura y deseché el pensamiento.

Este ser logró perseverar hasta convertirse en todo un fantasma de considerable
tamaño. Sobrevivió a varias limpiezas. Estas limpiezas eran
regulares, se hacían periodicamente una vez a la semana. Partían
como una mañana de aseo doméstico y terminaban convirtiendose en
una especie de ritual de santería.

Finalmente logró huir por la puerta, no sin antes dar un buen susto a otro incauto que
terminaría mas tarde formando parte del criadero de cigotos. Quise
prevenir a Regina, nos abalanzamos sobre él pero ya era tarde.
Había escapado.

Me di cuenta en
aquel momento de que mi empatía y compasión por aquel fantasma ( ya
no podía concebirlo como otra cosa) era apenas un cosquilleo dentro
del impulso de acusar su presencia. Mi voluntad estaba
intrínsecamente ligada a la de Ella. En la misma medida que
progresaba en mi capaz de influir en ella, mi voluntad se diluía en
la suya, hasta el punto en que por momentos no era capaz de
distinguirme a mi mismo.


Dejé de
relacionarme con los otros habitantes de aquel lugar, pasaba
conectado la mayor parte del tiempo. Podía sentir su molestia pero
no me decían nada. Para entonces yo ya tenía pelo y cuando tienes
pelo eres un veterano, nadie se mete contigo.

En el último tiempo
que pasé en su interior me setía conectado inexhorablemente a sus
pasiones, sus objetivos, sus vivencias. Fluíamos en una misma
dirección.